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Cómo es habitual en los libros de Keller, El Dios pródigo, basado en el pasaje de Lucas 15:11-32, lleva también un subtítulo que describe bien el contenido del material que se nos presenta: el redescubrimiento de la fe cristiana. Pero, en este caso, esta frase no solo resume el asunto que trata, sino que además nos proporciona una clave para entender al mismo Keller y su trayectoria vital. En la introducción, el predicador de Nueva York nos dice que fue un sermón que escuchó sobre este texto de Lucas 15 el que “transformó mi entendimiento del cristianismo. Casi me sentía como si hubiese descubierto el fundamento secreto del cristianismo”, p.12.  Ese mensaje fue predicado por el Doctor Edmund P. Clowney, que fue presidente y también profesor de Teología Práctica en el célebre Westminster Theological Seminary de Filadelfia. Curiosamente podemos leerlo también en castellano ahora, pues acaba de ser traducido el libro de Clowney que lo contiene: Predica a Cristo desde toda la Escritura. Este volumen forma parte de una nueva y fascinante serie de libros publicados por Andamio titulada Ágora.  Posteriormente, Keller desarrolló los argumentos básicos de ese mensaje, siendo este libro el resultado de su trabajo y que contó también con la aprobación del mismo Clowney.

Creo que acierta Keller al afirmar que la parábola que contiene Lucas 15:11-32 no debería llamarse la parábola del hijo pródigo, como se la conoce comúnmente, sino la parábola de los dos hijos o, más bien, la parábola de “los dos hijos perdidos”, p.13. Cada uno de ellos representa a uno de los dos grupos de oyentes que tenía Jesús, según Lucas 15:1-2. El hermano menor es una referencia a los “publicanos y pecadores”, v.1. Son aquellos que se habían rebelado contra Dios y su Ley, pero que ahora se volvían a Dios en arrepentimiento y fe por medio del ministerio de Jesús. Personas como Mateo, Zaqueo o la mujer que regó con lágrimas los pies de Jesús en casa de Simón el fariseo. El hermano mayor describe a “los fariseos y a los escribas que murmuraban”, v.2 contra Jesús por recibir y comer con los pecadores. Esta historia “revela el egocentrismo destructivo del hermano menor, pero también condena con firmeza la vida moralista del hermano mayor. Jesús está diciendo que tanto los irreligiosos como los religiosos están perdidos espiritualmente, ambos estilos de vida llevan a callejones sin salida y que todas las ideas que la humanidad han tenido acerca de cómo reconciliarse con Dios han sido erróneas”, p.21. Es más, el pastor de Manhattan cree que la enseñanza de Jesús que encontramos en esta parábola, tiene como objetivo central desafiar a los del segundo grupo, a los escribas y a los fariseos. Nuevamente en palabras del mismo Keller: “La parábola de los dos hijos considera ampliamente el alma del hermano mayor y encuentra su clímax en una persuasiva súplica para que cambie su corazón”, p.20. Este entendimiento de la parábola como sorprendente apelación amorosa a los fariseos y a los escribas para que también ellos entren a la fiesta, no es completamente nuevo. Ya el gran Benjamín B. Warfield, profesor de Teología Sistemática en Princeton Theological Seminary, Nueva Jersey, había afirmado, predicando sobre este mismo texto, que el episodio del hermano mayor era un elemento esencial de la parábola: “Su finalidad es levantar un espejo ante los objetantes farisaicos para que vean su conducta y su mentalidad verdaderas” (El Salvador del Mundo, Benjamín B. Warfield, Editorial Peregrino, p.23). Keller ve en el hermano mayor una forma más sutil de pecado, pero no por ello menos dañina: “Los hermanos mayores obedecen a Dios para conseguir cosas. No le obedecen para conseguir a Dios mismo, con el fin de parecerse a Él, amarle, conocerle y disfrutar de él. Así que, los religiosos y moralistas pueden evitar a Jesús como Salvador y Señor, tanto como los hermanos menores que no creen en Dios y definen por sí mismos lo que está bien o mal”, p.47. De hecho, Keller ve en la religiosidad incluso con un barniz cristiano, uno de los grandes problemas que debe atajar la iglesia hoy.

Pero Keller no solo amplía en este libro nuestro concepto del pecado y sus consecuencias, sino que, como es habitual en sus publicaciones, nos enseña profunda y provechosamente acerca del carácter de Dios y de la gran salvación que tenemos en el Señor Jesús. En realidad, todos sus libros nos enseñan las riquezas que hay en el evangelio. Creo que es esencial apreciar el hecho de que las obras del pastor de Nueva York son relevantes precisamente porque constantemente demuelen los falsos conceptos que de Dios y del evangelio tiene la gente en general, incluso los mismos cristianos. Esta posición suya me recuerda mucho a la repetida afirmación de C.S. Lewis de que Dios está constantemente haciendo añicos nuestras falsas ideas de Dios. Dios es el auténtico iconoclasta, pues no acepta que podamos sostener un concepto erróneo de su persona y obra. Con este fin, Dios usa su Palabra, la Biblia, para reconducirnos y mostrarnos quién es verdaderamente. Por eso Keller expone y nos expone constantemente el evangelio, pues es en el mismo donde encontramos la gloria de Dios en Cristo (2 Co. 4:4-6).

La parábola de los dos hijos revela, pues, el amor extravagante de Dios el Padre. La parábola nos muestra que, detrás de la figura del padre, hay literalmente un Dios pródigo: “La bienvenida del padre al hijo arrepentido es literalmente excesiva y un desperdicio, ya que se niega a tener en cuenta o calcular el pecado del hijo en contra suya o pedirle que le pague lo que le debe”, p.14. Dios el Padre tomó la iniciativa en cuanto a nuestra salvación y, para ello, entregó por sus hijos lo mejor que tenía, a su propio Hijo Unigénito. En Cristo nos dio a quién verdaderamente necesitábamos, a un auténtico hermano mayor: “Jesús, al incluir en la historia un hermano mayor imperfecto, nos invita a imaginar y desear uno de verdad”, afirma Keller, p.77. En Cristo tenemos un hermano mayor adecuado; uno que estuvo dispuesto a sufrir en la cruz en lugar nuestro, para que nosotros ahora podamos, por la fe en El, ser perdonados y reconciliados con Dios por gracia. Y así, de esta manera, regresar a nuestro verdadero hogar para disfrutar del banquete eterno que Dios ha preparado para su iglesia.

Estamos, pues, ante otro gran libro que nos reta a ahondar en el evangelio de Jesucristo y, de esta manera, encontrar la esencia misma de la fe cristiana: “la gracia desmesurada de Dios”, p.14 que constituye, como nos dice Keller, “nuestra mayor esperanza”, p.14.

Reseña realizada por José Moreno Berrocal y publicada en la Revista Edificación Cristiana.

 
 

Cristo, el incomparable

John R.W. Stott, al que tuve el inmenso placer de conocer personalmente durante la celebración del VI Congreso Evangélico Español, nos tiene acostumbrados a muy buenos libros. De hecho, es difícil por no decir casi imposible, pensar en algún título del gran maestro británico que me haya dejado indiferente. Desde el primero que leí, siendo todavía un adolescente, Cristianismo básico, pasando por títulos tan impresionantes como La cruz de Cristo, uno de sus mejores títulos en mi opinión, u otros tan esenciales como La fe cristiana frente a los desafíos contemporáneos, o La predicación, puente entre dos mundos, o su Cuadro bíblico del predicador. Y eso sin olvidar sus comentarios bíblicos, por ejemplo, el que tiene a la epístola a los romanos, o a los efesios, titulado en castellano La nueva humanidad, e incluso su comentario a la segunda a Timoteo titulado Guarda el buen depósito, entre otros. Por no mencionar su excelente comentario sobre las cartas de Juan. Cristo, el incomparable no nos va a defraudar, tampoco. De hecho, creo que nos encontramos ante otra de sus grandes obras. Su contenido es una ampliación de las conferencias que impartió en el año 2000 para las conferencias de Cristianismo Contemporáneo de Londres. Resulta curioso constatar que, aunque fue el mismo Stott el que fundó estas conferencias en 1974, nunca hasta ese momento había sido ponente en las mismas. El comité de estas conferencias, a propósito de las celebraciones mileniales, invitó a Stott a tratar el tema de la persona de Jesús; en palabras de Stott, “el único apropiado para ese año”.

Cristo, el incomparable es, pues, una extraordinaria reflexión sobre la persona de Jesús y su influencia en el mundo durante estos 2000 años. En un sentido, es el fruto de una vida dedicada al estudio y a la enseñanza acerca de la persona de Jesús. Pocas personas pueden, en ese sentido, compararse con Stott en su dilatada y brillante trayectoria de exponente de Jesucristo y de su mensaje. Por ello, lo que se nos presenta aquí, puede muy bien ser considerado como una suerte de meditación final, por parte de Stott, sobre la gran pasión de su vida: predicar “a Jesucristo y a este crucificado”. Cristo, el incomparable es, pues, un libro sobre Jesús. Un libro sobre Jesús bajo cuatro perspectivas. Después de una excelente introducción, Stott nos presenta a Jesús desde cuatro ángulos distintos: “El Jesús original”, “El Jesús eclesiástico”, “El Jesús influyente” y finalmente “El Jesús eterno”. En la primera parte, “El Jesús original”, Stott nos presenta la base del conocimiento de Jesús, es decir, el testimonio del Nuevo Testamento sobre su tema principal, la persona de Jesús. En realidad, esta primera parte está constituida por una pequeña introducción a 26 de los 27 libros que componen el Nuevo Testamento. Es una exposición tan sucinta y lúcida que, sólo por esta parte, merece la pena adquirir el libro. Stott nos muestra cómo, en la multiplicidad de temas tratados, todos los libros del Nuevo Testamento buscan mostrarnos a Jesús, un Jesús tan grande y admirable que se necesitan todos esos libros para mostrar su gloria. Aunque el título de la segunda parte no parece muy afortunado, “El Jesús Eclesiástico”, su elección se basa en el hecho de que Stott ha pretendido mostrarnos en esta sección la manera en la que la Iglesia Cristiana ha presentado a Jesús a lo largo de estos 2000 años. Para ello, Stott ha seleccionado una serie de pensadores cristianos y la visión de Cristo que transmitieron. En la misma, Stott no deja de ser crítico con algunas de las visiones o deformaciones de Cristo que se han presentado a lo largo de la historia de la Iglesia. Particularmente interesantes para nosotros son las reflexiones que, sobre el Cristo de los países latinos, hace Stott a propósito de la gran obra del misionero escocés John Mackay en su extraordinario volumen titulado El otro Cristo español. En esencia, Mackay puso de manifiesto que el Cristo católico romano español y latinoamericano es el del viernes santo más que el del domingo de resurrección. Incluso la iconografía católica así lo demuestra. En la misma abundan los distintos motivos de la pasión, pero son pocos los que aluden a la resurrección. En la tercera parte, “El Jesús influyente”, Stott nos recuerda, nuevamente a través de algunos cristianos escogidos, la manera en la que Cristo ha inspirado su actuación cristiana. Esta sección muestra otra de las grandes preocupaciones que Stott ha tenido a lo largo de su ministerio: la traducción del mensaje bíblico en vidas que tengan un impacto en la sociedad en la que se mueve el cristiano. Esta sección me recuerda vivamente una de los libros anteriormente citados, La fe cristiana frente a los desafíos contemporáneos, pues Stott nos enseña en la misma cómo los cristianos, con más o menos acierto, han tratado de vivir a la luz de la persona de Jesucristo y las doctrinas que se desprenden de su obra. Particularmente interesante resulta el testimonio de Joni Eareckson Tada en esta sección. Joni, como se la conoce afectuosamente en el mundo evangélico, señala cómo es la doctrina de la resurrección la que le proporciona mucho consuelo en su vida. Nuevamente, un testimonio de cómo la resurrección es parte integral del mensaje cristiano, algo que Stott desarrolla magistralmente. Finalmente, el libro se cierra con una extensa meditación bíblica sobre el libro que culmina el Nuevo Testamento, el libro de Apocalipsis. Bajo el epígrafe de “El Jesús eterno”, Stott nos enseña que Jesús nos desafía, aún hoy, a vivir a la luz de su persona y obra. Puede parecer extraño que Stott dedique una parte entera de su libro a un solo libro del Nuevo Testamento, cuando ha dedicado otra parte, la primera, a los otros 26 restantes. El mismo Stott se hace eco de esa extrañeza y señala que el libro de Apocalipsis está lleno de sugerentes imágenes de Cristo. El significado de las mismas nos anima en la lucha cristiana, al mismo tiempo que garantizan la victoria final de la Iglesia del Señor sobre todos sus enemigos. Nuevamente, por sólo esta última sección vale la pena adquirir todo el libro. Representa un excelente broche de oro a una gran obra de exposición bíblica e histórica a partes iguales.

Cristo, el incomparable nos presenta, pues, una visión integral de la persona y obra del Señor. Esa visión no es otra que la que presenta la Palabra de Dios, concretamente en este caso: el Nuevo Testamento. Sobre este fundamento, vemos cómo a lo largo de la historia de la Iglesia, hombres como Lutero o Wilberforce y mujeres como Joni, iglesias y el mundo en general, han tratado de entender a Jesús y pensar y actuar como Él enseñó. Algunos se acercaron más que otros al único Cristo que hay, el que presenta la Biblia. Pero lo que queda muy claro para la Biblia y para muchos en la historia de la Iglesia es que verdaderamente Jesucristo es incomparable. Este libro nos ayudará a apreciar nuevamente que no hay otro como Jesús y que, por tanto, solo Él puede ser nuestro único Señor y Salvador.

Artículo de José Moreno Berrocal y publicado originalmente en la revista Edificación Cristiana.
 
 

Recientemente, concretamente el 25 de noviembre, se representaba en el Auditorio Municipal de Alcázar de San Juan La sesión final de Freud (Freud vs C.S. Lewis). Esta obra teatral, del neoyorquino Mark St. Germain, ha cosechado numerosos éxitos de público y crítica en América. Así, El New York Times dice que “es un discurso vitalista y agudo. Los miembros del público que busquen un debate comprometido saldrán encantados. El texto es sagaz y lleno de humor inteligente”. Aquí en España, asimismo, ha sido muy bien valorada en una versión traducida por Ignacio García May. Incluso el programa La tarde en 24 horas en La hora cultural realizó una entrevista el pasado 2 de febrero a su directora, la británica Tamzim Townsend, y a Helio Pedregal, que interpreta al padre del psicoanálisis y ateo confeso Sigmund Freud. Este actor, junto con Eleazar Ortiz, interpretando a C.S. Lewis, el autor de Las crónicas de Narnia y cristiano convencido, son los que nos acercan, magistralmente, a dos de las grandes figuras intelectuales del siglo pasado. Recuerdo haber intentado, sin éxito, conseguir entradas para la representación en Madrid, en el Teatro Fígaro. Había habido otra, anteriormente, en el Teatro Español. Por tanto, fue una muy agradable sorpresa que nuestro Patronato de Cultura incluyera en su programa de otoño una representación de esta obra de la Fundación UNIR, la productora teatral de la Universidad Internacional de La Rioja. La imponente escenografía con, entre otros detalles, una magnífica librería y un muy cuidado vestuario, hizo de marco adecuado a los dos magníficos actores y únicos protagonistas de esta obra. De hecho, la interpretación es tan buena que la representación pasa como un suspiro, no se hace larga. Muy al contrario, uno desearía que pudieran seguir por más tiempo debatiendo.

La influencia de Freud sigue siendo muy importante en nuestra sociedad occidental. Seguimos usando vocabulario que él puso de moda, términos como represión, complejo y neurosis entre otros. Algunos, incluso, nos acordamos del primer libro que leímos de Freud. En mi caso fue La interpretación de los sueños. El ánalisis de su vida y pensamiento no cesa. De hecho, acaba de publicarse una biografía titulada Freud, en su tiempo y en el nuestro que se basa en papeles no consultados hasta 2010 de Freud. Su autora es Elisabeth Roudinesco y destaca que la ascendencia del psiquiatra austriaco aún hoy se debe a que éste “impuso a la subjetividad moderna una pasmosa mitología de los orígenes cuyo poderío parece más vivo que nunca cuando más se intenta erradicarlo”. Esto no quiere decir que las ideas del llamado padre del psicoanálisis no hayan sido profundamente cuestionadas y revisadas. C.S. Lewis tampoco ha perdido un ápice de actualidad. Después de 50 de su muerte en Oxford en 1963, su impronta, por medio de sus libros, sigue más viva que nunca. Y, como ocurre con la obra de Freud, la suya también ha generado muchos y penetrantes análisis que enriquecen nuestra percepción de la profundidad que hay en la fe cristiana. Hasta donde sabemos, Freud y Lewis nunca se encontraron. La ocasión de la que trata la obra es, pues, pura ficción. Pero, como dice el profesor de filología clásica de la Complutense, Miguel Herrero de Jáuregui, la obra está imaginada “al hilo de una anotación en el diario del vienés, según la cual tenía previsto verse con un profesor anónimo de Oxford”. La representación asume, como punto de partida, que bien pudo Freud haber oído de Lewis a través de un amigo, el doctor Eric Larson. Éste habría hecho partícipe a su colega de las críticas que le hizo Lewis en su obra autobiográfica El regreso del peregrino. En ésta Lewis relata, por medio de una alegoría al estilo de la del puritano John Bunyan, El progreso del peregrino, su conversión al cristianismo desde un punto de vista intelectual. El libro tiene un subtítulo bastante sugerente: Una apología alegórica del cristianismo, la razón y el romanticismo. Lewis se hace eco de la influencia que tenía el pensamiento de Freud en su época por medio de uno de los personajes que aparecen en su obra: Segismundo Ilustración. La referencia no puede ser más clara. El nombre de Freud es Sigmund. Ilustración alude al hecho de que Lewis considera que las ideas de Freud son hijas de la Ilustració, aunque, como dice Segismundo Ilustración en el libro, “hace mucho tiempo que estoy peleado con mi padre” (se refiere a la Ilustración). El guión de St. Germain nos dice que Freud sí que leyó el ensayo de Lewis sobre El paraíso perdido de John Milton, el gran poeta puritano. Freud y Lewis aparecen, pues, juntos en la casa de Freud en Londres, el 3 de septiembre de 1939, el mismo día en el que el Reino Unido declara la guerra a la Alemania nazi que acaba de invadir Polonia. La fecha permite contextualizar el debate en un período convulso y que éste quede suspendido por las alarmas de las sirenas o por los boletines radiofónicos que anuncian el comienzo de las hostilidades.

La obra sintetiza el pensamiento de Freud y de Lewis. Es una maravillosa presentación del punto de vista contrapuesto de ambos autores sobre muchos aspectos de la existencia humana: el amor, el sexo, el dolor, la muerte, el humor, la música, el sentido de la vida y, particularmente, la existencia de Dios. No en vano el guionista se inspira en un libro titulado La cuestión de Dios del psiquiatra Armand M. Nicholi, profesor en Harvard, que ha tratado a fondo durante años estos temas que se desglosan en la función. La representación se ocupa, fundamentalmente y a mi modo de ver, de algunos de los argumentos de Lewis a favor de la existencia de Dios. Es interesante notar que C.S. Lewis los desarrolló a la luz de las ideas de Freud, entre otros. En la obra, Lewis admite el influjo que las ideas de Freud tuvieron en su juventud cuando aún era ateo. Por ejemplo, Freud postulaba que Dios no existía pero que el ser humano desea que exista, como una especie de figura paternal celestial que todos deseamos que nos cuide. Pero Lewis argumentará diciendo que, en su caso particular, ¡él no deseaba que Dios existiera! Asimismo, afirmó que ¡fue el converso más reacio de toda Inglaterra! Lewis dice en el guion: “Durante la mayor parte de mi vida he deseado que no existiese ningún Dios. No quería otro padre”. Y posteriormente añade: “Nada odiaba tanto como que me dijeran lo que tenía que hacer. En eso consistió la maravillosa atracción del ateísmo. Satisfacía mi deseo de que me dejaran en paz. El Dios de la Biblia es un matón entrometido”. Pablo, en la Epístola a los Romanos 1:18 sostiene que el ser humano detiene, es decir, suprime o reprime, usando una palabra de sabor freudiano, el conocimiento de Dios que todos llevamos en nosotros, y esto sencillamente porque ¡no nos gusta el Dios que presentan las Escrituras! Eso nos lleva a rechazarlo, dice el apóstol de los gentiles. Lewis le da, pues, la vuelta al argumento freudiano. Es imposible razonar a favor de algo por el mero deseo de que queramos o no que exista.

Otra cosa distinta es que haya una realidad objetiva que pueda satisfacer nuestros deseos. Esto sería una muy seria indicación de la existencia de aquello que puede satisfacerlos. Como dice Lewis en el guion: “Un recién nacido siente hambre; pues bien, para eso existe la comida. Un patito quiere nadar; el agua existe para que lo haga. Así que, si encuentro en mí un deseo que ninguna experiencia de este mundo logra satisfacer, la explicación más probable es que estoy hecho para un mundo distinto”. Este argumento de Lewis es muy célebre y ha sido, incluso, el tema de una preciosa canción titulada C.S. Lewis Song y que compuso la cantante neozelandesa Brooke Fraser basándose en las palabras de Lewis en otro de los libros más conocidos del profesor de Oxford y Cambridge: Mero Cristianismo.

Otro argumento que aparece también en la obra y que desarrolla el profesor de Oxford en sus escritos es el del mundo injusto. Así es como lo plantea: “Mi argumento en contra de Dios era que el universo parecía tan injusto y cruel. ¿Pero cómo había yo adquirido esta idea de lo que era justo y lo que era injusto? Un hombre no dice que una línea está torcida a menos que tenga una idea de lo que es una línea recta. ¿Con qué estaba yo comparando este universo cuando lo llamaba injusto? Si todo el tinglado era malo y sin sentido de la A a la Z, por así decirlo, ¿por qué yo, que supuestamente formaba parte de ese tinglado, me encontraba reaccionando tan violentamente en su contra? Un hombre se siente mojado cuando cae el agua porque el hombre no es un animal acuático: un pez no se sentirá mojado. Por supuesto que yo podía haber renunciado a mi idea de la justicia diciendo que ésta no era más que una idea privada mía. Pero si lo hacía, mi argumento en contra de Dios se derrumbaba también..., ya que el argumento dependía de decir que el mundo era realmente injusto, y no simplemente que no satisfacía mis fantasías privadas. Así, en el acto mismo de intentar demostrar que Dios no existía —en otras palabras, que toda la realidad carecía de sentido— descubrí que me veía forzado a asumir que una parte de la realidad —específicamente mi idea de la justicia— estaba llena de sentido. En consecuencia, el ateísmo resulta ser demasiado simple. Si todo el universo carece de significado, jamás nos habríamos dado cuenta de que carece de significado, del mismo modo que, si no hubiera luz en el universo, y por lo tanto ninguna criatura tuviese ojos, jamás habríamos sabido que el universo estaba a oscuras. La palabra oscuridad no tendría significado”. El psiquiatra austriaco alude al mismo calificándolo de “moralidad geométrica”, aunque no hace nada por rebatirlo.

La obra insinúa la curiosidad de Freud frente al hecho de la conversión cristiana de Lewis. ¿Cómo se puede explicar, finalmente, la conversión de un ateo tan brillante intelectualmente como Lewis, y que tanto sorprende a un descreído como Freud? Lewis se hace eco de que fue un cambio gradual, como se patentiza en El regreso del peregrino pero que encontró su punto álgido en la confrontación con la figura de Jesús de Nazaret, tal y como aparece en el Nuevo Testamento. Armand M. Nicholi afirma que “el intelecto de Lewis jugó un papel significativo en su conversión. Se daba cuenta de que su falta de conocimiento formaba la base de su incredulidad. Como explicaba en una carta escrita después de su transición, ‘lo que me ha estado reteniendo… no ha sido tanto una dificultad para creer como una dificultad para conocer… tú no puedes creer en una cosa mientras ignoras lo que es esa cosa’. Solo después de leer el Nuevo Testamento adquirió el conocimiento y empezó a comprender lo que llegó a formar la base de su fe”. Es curioso cuantas ideas preconcebidas tenemos de Dios o de Jesús y cómo un poco de conocimiento puede hacernos más humildes y receptivos. Abundando en esta cuestión, el guion recoge igualmente el célebre argumento de Lewis acerca de las únicas tres opciones que tenemos al considerar la figura de Jesús de Nazaret; a saber, que era un loco, un impostor o verdaderamente quién dijo ser, el Hijo de Dios. Lewis argumenta brillantemente que la única opción posible es la que él tomó una tarde, de camino al zoológico, aceptar a Jesucristo como su Señor y Salvador. En ese sentido, la persona de Jesús aparece como alguien ante el que no podemos quedar indiferentes, nos dice Lewis. Nos interpela y nos lleva a tener que tomar una decisión sobre su Persona. El cristianismo es, esencialmente, una relación con esa persona única, como Señor y Salvador.

La sesión final de Freud (Freud vs C.S. Lewis) pone de manifiesto que las inquietudes acerca de las realidades troncales de la vida no desaparecen fácilmente de nuestra sociedad. Los grandes interrogantes de la vida no pueden, ni quieren, dejar de estas presentes. Y es que existe un Dios que no dejará de intervenir en nuestro mundo, irrumpiendo en el mismo para mostrarnos su presencia. Y esa manifestación suya es lo que conocemos como la gracia de Dios en Cristo. ¡Damos gracias a Dios porque no nos deja tranquilos!

Artículo escrito por José Moreno Berrocal y publicado originalmente en esta página web el lunes 4 de enero de 2016. 
 
   

Recientemente (a finales del pasado mes de octubre) se celebraba en la Universidad Complutense de Madrid el V Congreso sobre Reforma Protestante Española. Este congreso está representando una contribución excepcional a la recuperación de la memoria histórica del protestantismo español. En esta ocasión estuvo dedicado a la figura del filólogo y filántropo español Luis de Usoz y Río: Luis de Usoz y Río: Persona y Circunstancias. El Congreso fue precedido por una mesa redonda en la Biblioteca Nacional de España donde se conserva la inmensa biblioteca personal de Usoz, que consta de 12.000 volúmenes aproximadamente, donada por su viuda María Sandalia de Acebal en 1874, siete años después de la muerte de Usoz, hace ahora justamente 150 años.

Me resulta siempre entrañable regresar a mi antigua universidad. Hay siempre un poso de nostalgia al volver a un lugar tan familiar y, ya también, un poco lejano en el tiempo. Visitaba de nuevo la Complutense para asistir a este congreso y poder también participar en el mismo con una contribución desde nuestra tierra manchega y alcazareña. Se trata de la relación de colaboración y amistad entre Luis Usoz y Río y nuestro querido Juan Calderón Espadero. El hebraísta, articulista, poeta, ateneísta y editor Luis Usoz y Río (Chuquisaca, actual Bolivia, 1805 – Madrid, 1865) es una figura fundamental en la recuperación de los escritos de lo que se vino a conocer como la colección de los Reformistas Antiguos Españoles, labor a la que dedicó los últimos 25 años de su vida. Esta colección de libros, (Usoz llegó a editar 20 títulos) contiene obras de protestantes españoles como Juan de Valdés, Constantino Ponce de la Fuente, Cipriano de Valera, Juan Pérez de Pineda o Antonio del Corro, por citar a algunos autores. Estas obras estuvieron prohibidas y fueron quemadas en España durante siglos, ¡algunas de ellas estuvieron prohibidas incluso hasta 1966! Los pocos ejemplares que se salvaron de la furia y locura inquisitorial estaban perdidos y dispersos por innumerables bibliotecas europeas.

En esa labor de recuperación de estos textos es donde Usoz encontró un colaborador excepcional en la persona de nuestro paisano Juan Calderón Espadero. Aunque más conocido entre nosotros, no viene mal recordar brevemente su biografía. El filólogo y helenista Juan Calderón Espadero (Villafranca de los Caballeros, 1791 – Londres, 1854) fue un sacerdote católico romano convertido a la fe evangélica en Bayona (Francia) en 1825, donde se encontraba exiliado por motivos políticos. Su madre era de Alcázar de San Juan y su padre fue médico en nuestra ciudad. Calderón comparte con Usoz el amor por los escritores clásicos españoles de los siglos XVI y XVII, especialmente por Juan de Valdés y, en particular, por el más grande de todos ellos, nuestro hijo predilecto, Miguel de Cervantes Saavedra. Para Ángel Romera Valero, autor de la edición crítica de la Autobiografía de Juan Calderón y de su comentario al Quijote, Cervantes Vindicado, (ambas obras publicadas por nuestro Ayuntamiento) es nuestro Calderón “la primera figura que abre verdaderamente el cervantismo en la misma patria de Don Quijote”.

Esta colaboración se sostuvo por la extraordinaria competencia lingüística de Juan Calderón para esta empresa, algo que solo una persona tan exigente y literariamente competente como Usoz podía apreciar en toda su plenitud. Esta labor consistió en copiar los manuscritos que de los reformadores españoles se encontraban en la Biblioteca del Museo Británico de Londres. Estos libros copiados formarían, posteriormente, parte de la colección de los Reformistas Antiguos Españoles que editó Usoz; libros que se tuvieron que editar con muchas precauciones y cautelas por la falta de libertades que había entonces en España. Por su parte, Usoz pagó generosamente a Calderón por su trabajo y, a la muerte de este en 1854, se encargó de editar su Autobiografía y su Cervantes Vindicado para entregar todos los ejemplares gratuitamente a la viuda de Calderón, Marguerite, para que, por medio de la venta de los mismos, ésta pudiera tener más recursos económicos. Podemos apreciar aquí la generosidad de Usoz para el que llegó a considerar, en palabras de la profesora Mar Vilar, "su experto preferido".

Interesante es también apreciar las motivaciones que animaron a Usoz y Calderón a esta empresa. Ambos eran auténticos amantes de la libertad en todos los ámbitos: de conciencia, religiosa, de reunión, de prensa… Se identificaban perfectamente con las palabras de nuestro Quijote: "La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida". La recuperación de los escritos de los reformistas españoles era la recuperación de la memoria de los que habían luchado por la libertad en el pasado. Mucha de esta memoria es, en el caso de los protestantes españoles y en palabras de la novelista Eva Díaz Pérez, una "memoria de cenizas". En este sentido, resulta significativo que en la portada del primer volumen que encabeza la colección de los Reformistas Antiguos Españoles, el Carrascón, Usoz insertara estas palabras: “para bien de España”. Lo mejor que le podría pasar a España, sostenían nuestros autores, es que tuviéramos libertad. España gemía entonces bajo un régimen de intolerancia religiosa. Incluso los llamados liberales de la época fueron inconsistentes al apoyar la esclavitud en América. De hecho, la Constitución de Cádiz no contemplaba ninguna medida contra la misma. La lucha contra la esclavitud distinguió también a Usoz. Recordemos, igualmente, como Calderón murió como un exiliado en Londres.

Hoy, con nuestras recuperadas libertades, todos sabemos que Usoz y Calderón tenían razón. Hemos respirado el aire de la libertad y es el más puro que hay. Lo mejor de nuestra Historia, como nación, lo hemos vivido al amparo de la Constitución de 1978 que, bajo el imperio de la Ley, garantiza nuestras libertades democráticas. Ahora podemos recordar a Usoz y Calderón como luchadores por la libertad y sentirnos orgullosos de su trayectoria. Esas cenizas antes aludidas siguen hoy dando su fruto. Se reconoce a Usoz en la Universidad y en la Biblioteca Nacional de España. Y, además, la labor que dejaron inacabada se concluye gracias a CIMPE (Centro de Investigación y Memoria del Protestantismo Español) en pleno siglo XXI, con la publicación de todas las obras de los reformadores españoles, algunas de ellas por primera vez en nuestro idioma. Aparecen ya sin miedo a que sean incautadas. Esperemos que también, en estos días de libertad, no haya nadie que tema leerlas.

Artículo escrito por José Moreno Berrocal y publicado originalmente en esta página web el martes 17 de noviembre de 2015.
 
 

Hace justamente 100 años, concretamente el 30 de enero de 1912, nació en Germantown (Pennsylvania, EE.UU.) uno de los pensadores evangélicos más acreditados del siglo XX: Francis A. Schaeffer. Su influencia, que perdura con gran vigor hasta nuestros días, está a la altura de la de otras figuras del movimiento evangélico moderno como Martyn Lloyd-Jones, Jim I. Packer, Billy Graham o el recientemente fallecido John R. Stott.

Convertido a los 18 años, estudió para ser pastor en varios colegios bíblicos norteamericanos. Entre sus profesores más conocidos están el gran teólogo J. Gresham Machen y Cornelio Van Til. Schaeffer se casó con Edith Seville en 1935. Edith era hija de misioneros evangélicos que habían trabajado en China con la Misión fundada por Hudson Taylor. Tuvieron varios hijos: Priscila, Susana, Débora y Franky. Schaeffer era reformado en teología, sosteniendo una posición premilenial clásica con respecto a la segunda venida de Cristo. Después de varios pastorados en América realizó en 1947 un viaje a Europa que habría de cambiar su vida. Al examinar las condiciones de la iglesia evangélica en el viejo continente, los Schaeffer tomaron la decisión de mudarse a Europa definitivamente. Allí se instalaron en Suiza, en los alrededores de los Alpes, en Huemoz, en el cantón de Vaud. En 1948 conoció en Holanda al que llegaría a ser uno de sus mejores amigos, Hans Rookmaaker. Su amistad fue muy fructífera para ambos. En 1951 Francis Schaeffer experimentó una crisis espiritual que le llevó a cuestionarse las bases de su fe cristiana. De la misma salió muy fortalecido y, como una de las consecuencias de la misma, fundó L’Abri (El refugio) en 1955, la obra por la que sería conocido y recordado. En L’Abri los Schaeffer recibieron las visitas de incontables hombres y mujeres de todo el mundo, y de todo tipo de trasfondos, que buscaban respuestas a sus inquietudes espirituales. Schaeffer fue también un reconocido conferenciante internacional. Recorrió muchas universidades del mundo impartiendo charlas. Su gran legado a la iglesia actual fueron sus muchos libros y películas en los que mostraba la relevancia de la fe cristiana para el mundo actual. Su figura fue muy popular en el mundo evangélico y sobre todo en los EE.UU, donde su influencia ha perdurado más, incluso en ámbitos políticos. Schaeffer llamó a la iglesia a vivir la realidad de la verdad de su fe en el momento histórico concreto en el que se encontraba, en una entrega diaria al Señor, sirviendo en la sociedad, como sal y luz, con amor y fidelidad a la revelación de Dios en las Escrituras. Schaeffer falleció el 15 de mayo de 1984 en Rochester (Minnesota, EE.UU.) después de una larga enfermedad.

La obra de Schaeffer perdura también por medio del testimonio de los distintos centros que, a imitación del primer L’Abri, hay diseminados por todo el mundo. Entre sus discípulos se puede destacar a Ranald Macaulay, casado con Susan Schaeffer, fundador y director de un instituto llamado Christian Heritage establecido en Cambridge (Inglaterra); Jerram Barrs, que dirige el instituto Francis A. Schaeffer en EE.UU y el alemán Udo Middelmann, casado con otra de las hijas de los Schaeffer, Débora. También su influencia continúa en el ministerio de conferenciantes como Os Guinness, que también estudió con los Schaeffer. En su reciente visita a España, Guinness me dijo que al recordar la importancia de la figura de Schaeffer, no debíamos nunca olvidar que su mujer Edith, persona de gran espiritualidad, fue esencial para su vida y el testimonio detrás de lo que representa L’Abri. Autores como D.A. Carson también acusan alguna impronta de Schaeffer, como se puede ver en libros como Amordazando a Dios. La introducción de Schaeffer en España fue temprana y se debió a la obra de José Grau y Ediciones Evangélicas Europeas. Aunque sea a modo de mero esbozo, se puede analizar el pensamiento de Schaeffer bajo cuatro epígrafes:

El señorío de Cristo.

Schaeffer declaró que si había un tema que daba coherencia a todo su obra era este: “el Señorío de Cristo sobre la totalidad de la vida humana”. Lo que dice sobre este tema es extraordinariamente relevante para nosotros hoy. Siguiendo al mismo Schaeffer, debemos empezar a abordar este asunto desde la misma creación. Debido a la imagen de Dios que lleva todo ser humano, le fue dada autoridad sobre toda la creación para cuidarla (Libro de Génesis 1:27-28, 2:15). Después de la caída del hombre, ese dominio fue estropeado (Libro de Génesis 3:17-19). En Cristo, el segundo Adán, ha habido una restauración, en principio, de ese dominio que es ahora el del Señor sobre toda la realidad. Cristo, el único Mediador, es Señor de todo ahora (Libro de los Salmos 8:6, 1ª Epístola a los Corintios 15:25-27, Epístola a los Hebreos 2:5-9, Libro de los Salmos 110). Esa renovación no es, por ahora, completa. La creación anhela, sin embargo, la prometida y completa restauración de todas las cosas en Cristo. Algo que ciertamente acontecerá (Epístola a los Romanos 8:18-23).

A la luz de este señorío de Cristo hay un llamamiento a someterse al señorío de Cristo que se debe extender a todo hombre, conforme a los términos de la gran comisión (Evangelio de Mateo 28:18). Pero el hecho es que esta restauración del señorío de Dios tiene lugar parcialmente ahora en todos aquellos que, arrepentidos de sus pecados, reciben a Cristo como su Señor y Salvador. Esto capacita al cristiano para someterse al señorío de Cristo aquí y ahora. Esta sumisión al Señor recupera algo del orden de la creación. Schaeffer subrayaba el hecho de que debe abarcar a todo lo que es el hombre. En la práctica significa que todo el que es de Cristo, aquí y ahora, puede entregar a Dios todo su ser: cuerpo, mente, sentimientos y voluntad (Evangelio de Marcos 12:28-34). En palabras de Abraham Kuyper “no hay ni siquiera un palmo en el ámbito de nuestra vida humana del que Cristo, que es soberano sobre todo, no proclame esto es mío”. Esta entrega no es perfecta, claro, pero por la presencia del Espíritu de Cristo en la vida del creyente debe ser, de alguna manera, evidente en cada aspecto de nuestra vida. En la práctica significa que el dominio de Cristo sobre nuestras vidas, su señorío, se extiende sobre todas las áreas de nuestra vida, no solo sobre las consideradas “espirituales”, sino sobre todas. Y es que no hay áreas espirituales y otras que no lo sean. Y esto por la unidad de la vida que nos ha dado Dios. En palabras del mismo Schaeffer: “todo es espiritual porque el Señor hizo todo, y Cristo murió para redimir todo. Y aunque la completa restauración no vendrá hasta que Cristo vuelva, es nuestro deber, con la ayuda de Cristo, el tratar de introducir una restauración substancial en todas las áreas de la vida”. Por ello debe existir una espiritualidad verdadera en cada aspecto de nuestra vida. Como dice Pablo en la 1ª Epístola a los Corintios 10:31 “Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios”. Todo es importante y por ello el cristiano está interesado en todo, ¡no solo sobre lo que canta sino también sobre su deber de reciclar! Por ello, la relación del cristiano con el mundo no es solo negativa sino también positiva. Y esto porque todo es del cristiano, como enseña Pablo en la 1ª Epístola a los Corintios 3:21-23.

La verdadera espiritualidad.

Es bajo ese señorío que podemos hablar de una auténtica vida cristiana, lo que Schaeffer llamó una verdadera espiritualidad. Esta se encuentra anclada en la realidad de la existencia de un Dios personal. En palabras de Schaeffer: que Dios está ahí (Libro de Génesis 1:1, 26, Libro de Éxodo 3:14), y que se ha revelado a sí mismo, infaliblemente, en su Palabra, la Biblia, es decir, que Dios ha hablado (Epístola a los Hebreos 1:1-3). En la Escritura encontramos un verdadero análisis de nuestra condición espiritual de perdición y del único remedio para esa situación, la obra de Cristo a nuestro favor en la cruz (Epístola a los Romanos 1, 2 y 3). Una vez justificados por la fe en Cristo, el cristiano comienza una vida de relación personal, momento a momento, en expresión de Schaeffer, con Dios por medio del Espíritu del Señor (Epístola a los Romanos 6 y 8). Este proceso de santificación tiene lugar al vivir bajo a la luz de las realidades sobrenaturales que nos rodean y que son tan ciertas como las naturales (2º Libro de Reyes 6:8-23). Por la fe, como afirma Pablo (Epístola a los Gálatas 2:20), hacemos nuestras, en todo momento, las promesas de Dios que nos llevan a vivir a la luz de lo que ya somos en Cristo Jesús. Lo hacemos en comunidad, como iglesia delante de un mundo que nos observa. Para Schaeffer, nuestra principal característica debe ser la de sostener la verdad en amor (1ª Epístola a Timoteo 1:3-5 y 2ª y 3ª Epístola de Juan). La verdad centrada en la realidad de Dios, en Cristo, por el Espíritu y revelada en las Escrituras; y el amor, que es el fin de todas las cosas, pues Dios es amor. Esta será la base fundamental para nuestro testimonio en el mundo.

Hablando a nuestro mundo moderno.

Y es que en realidad el aspecto más conocido de Francis Schaeffer es el que tiene que ver con su obra en relación al testimonio a nuestro mundo moderno. Schaeffer era un evangelista. Todos sus libros buscan, finalmente, que podamos, como iglesia, llevar el evangelio a un mundo perdido. Schaeffer es un auténtico maestro en este tema y, por tanto, mucho podemos aprender de su contribución a la evangelización hoy. Pero no es solo el contenido de sus libros lo relevante. Su estilo debe ser destacado igualmente. Es llano y sencillo. Tiene la gran virtud de tratar temas complejos y hacerlos, sin embargo, completamente accesibles a todos. Esto es un don más bien escaso, pero esencial para dar testimonio con eficacia.

De entrada, solo se puede dar testimonio desde una rotunda posición cristiana. Es decir desde una experiencia real y verdadera de conversión cristiana. En una época de confusión como la nuestra es necesario aclarar y declarar lo que verdaderamente significa ser cristiano según el testimonio de las Sagradas Escrituras. La conversión nos coloca en la única posición posible para hablar y actuar con pertinencia en este mundo. Nuestro testimonio es, en pocas palabras, el de la realidad de la eficacia de la verdad. Esta produce un cambio de vida que nos lleva a un amor verdadero por el perdido. Verdad y amor son los dos polos sobre los que gira la apologética de Schaeffer. ¿Cómo debemos vivir entonces?, se pregunta Schaeffer. “Siguiendo y aplicando en nuestros actos y pensamientos los absolutos que la Biblia proporciona. Haciendo esto no caeremos jamás”, remacha el mismo Schaeffer.

1. La verdad implica confesar la realidad del testimonio bíblico acerca de Dios, el hombre y Cristo. De entrada, un Dios personal y santo que se revela en su creación y en su Palabra, la Biblia. En cuanto al hombre, la verdad significa reconocer nuestra dignidad como creados a la imagen y semejanza de Dios; pero por otro, nuestro estado de criaturas caídas y perdidas, en palabras de otro libro de Schaeffer que expone algunos pasajes de Jeremías, Lamentaciones y Romanos, que hay Muerte en la ciudad... (Libro de Lamentaciones 1:1, Epístola a los Romanos 1:18-33). En cuanto a Cristo, es confesar una salvación que se encuentra exclusivamente en su obra a nuestro favor (1ª Epístola de Pedro 2:24, 3:18). La única autoridad es, pues, la Biblia y la única salvación la llevada a cabo por Cristo en la cruz. Esto es algo completamente ajeno a la manera de pensar de nuestro mundo. Schaeffer exhibe con claridad el abismo que separa ambas cosmovisiones en un libro como La fe de los humanistas.

Conocer la verdad de verdad necesariamente implica también instrucción (1ª Epístola a los Corintios 15:1-8). El contenido de lo que presentamos es esencial si queremos que la gente se convierta al Dios de las Escrituras y no simplemente tenga una experiencia religiosa que puede tener en muchos lugares y que, por eso mismo, ¡no necesariamente es cristiana! Esto nos lleva a esforzarnos por definir con precisión lo que decimos y estar seguros de que nuestro interlocutor lo entiende bien. La base de la fe es la enseñanza de la Palabra de Dios (Epístola a los Romanos 10:16-17). El Espíritu Santo usa el conocimiento impartido para llevar a la verdad al hombre, como vemos en el caso de Lidia (Libro de Hechos de los Apóstoles16:14). Este aspecto es también básico hoy.

2. El amor implica tratar a nuestro prójimo adecuadamente. Como alguien que, aunque apartado de Dios, retiene aún la imagen de Dios en sí mismo (Libro de Génesis 1:26-27, 4:9-16). El hombre es todavía una criatura moral y racional aunque actúe inmoral e irracionalmente. El hombre es alguien que no puede ser tratado mecánicamente, sino como persona, aunque sea inconsistente consigo misma y sea culpable a los ojos de Dios por su pecado (notemos como en el evangelio cada persona es tratada por el Señor según sus circunstancias: Evangelio de Juan 4:7-26, Evangelio de Marcos 10:17-22, Evangelio de Lucas 19:1-10, Evangelio de Marcos 11:27-33, etc.). No puede haber, por tanto, clichés que aplicar indiscriminadamente a todos, sino empatía para descubrir cómo podemos ayudar a la persona a nuestro lado. Debemos manifestar respeto, creatividad y compasión en nuestra presentación del evangelio a cada persona que es, por otro lado, única e irrepetible.

La apologética, finalmente, solamente será creíble y eficaz si el mundo ve en nosotros amor individual y corporativo. La paciencia y la amabilidad para con todos, en un contexto de ayuda mutua y familiaridad, es lo que gana, humanamente hablando, el oído de muchos. Al mismo tiempo, es obligación cristiana el estudiar y conocer bien las Escrituras y el mundo en el que vivimos porque “es falta de amor y compasión el eludir la dura tarea de comprender los problemas del hombre sin intentar darles respuestas honestas”, afirma nuestro autor en Los caminos de la juventud hoy. Un conjunto de hombres y mujeres unidos sobre la base de la verdadera doctrina acerca de Dios y Cristo y cimentados en amor (Evangelio de Juan 13:31-35) es el reto que tiene por delante La iglesia al final del siglo XX y también hoy.

El cristiano en la sociedad.

A la luz de lo que hemos visto con respecto al pensamiento de Francis A. Schaeffer, no puede sorprendernos que sus últimas inquietudes tuvieran como objetivo el definir la influencia que el cristiano debe tratar de tener en la sociedad en la que le ha tocado vivir. Es una aplicación directa de la realidad del señorío de Cristo sobre todas las cosas. Esto aparece claramente delimitado en las Escrituras (Evangelio de Mateo 5:13-16, Epístola a los Filipenses 2:15-16, por ejemplo). La relación con el hombre moderno debe ser integral. Debemos preocuparnos por el alma y por el cuerpo de todo ser humano.

Para Schaeffer, lo fundamental, en primer lugar, es comprender la sociedad en la que vive. Esto es lo que ya hicieron los primeros cristianos antes de llevar el Evangelio a otros (Libro de los Hechos de los Apóstoles 17:22-28). De esta manera, Schaeffer busca vivir a la luz de lo que es la sociedad occidental moderna y actual. Schaeffer manifiesta su enciclopédico conocimiento de la cultura occidental en sus muchos libros pero, también y muy particularmente, en la serie de programas y en el libro titulado ¿Cómo debemos vivir entonces? Esta serie contiene un análisis muy pormenorizado de la historia de las ideas y de las artes en las que se plasman esos mismos pensamientos, y que han constituido lo que llamamos la cultura occidental. Pero al mismo tiempo, le sirven a Schaeffer para descubrir cuál es el estado del hombre en la actualidad y cómo debemos presentar el evangelio teniendo en cuenta su situación actual.

Para Schaeffer, el hombre de hoy es fruto de varias influencias. Entre ellas debemos destacar el humanismo. Básicamente, el humanismo enseña que el hombre es la medida de todas las cosas. El hombre hoy se ve a sí mismo como meramente animal o como una máquina, y esto explicaría sus actitudes sociales también. Para Schaeffer, las ideas siempre tienen consecuencias. En su libro ¿Qué le pasó a la raza humana? escrito junto con su amigo, el cirujano Everett Koop, Schaeffer muestra algunas de las terribles consecuencias de este humanismo actual. El cristiano debe hacer ver a su oyente las conclusiones a las que le lleva su postura y también la inconsistencia de sus ideas en este mundo. Así lo hicieron, igualmente, los apóstoles en su contexto (Libro de Hechos de los Apóstoles 17:19-34). Schaeffer recupera también una apologética que apela al testimonio de la creación. Algo en lo que abunda con igual brillantez y eficacia C.S. Lewis.

A la luz de la comprensión del estado de la sociedad, Schaeffer incide también en la responsabilidad cristiana integral hacia esa misma sociedad en la que se encuentra. Aunque los cristianos sean una minoría, deben pensar y actuar con la confianza de saber que Dios les puede usar para su gloria. La historia enseña, fuera de toda duda razonable, que el cristiano puede influir política y socialmente para bien en donde se encuentre. Esa es la realidad que demuestra, por ejemplo, el grupo de Clapham, que con William Wilberforce a la cabeza, luchó y consiguió acabar con la esclavitud.

Los cristianos deben, de entrada, participar en la sociedad en la que viven. En esta sociedad deben vivir la vida cristiana, y al hacerlo, indicar indirectamente, por su estilo de vida, que hay un alternativa creíble para todos (Evangelio de Lucas 6:27-49, 1ª Epístola de Pedro 2:11-12). Después, Schaeffer anima a usar la persuasión, que para Schaeffer implica mostrar que el punto de vista cristiano sobre las cosas es bueno, en sí mismo, para todos. Finalmente, el creyente debe estar dispuesto a la cobeligerancia con otros seres humanos, en aquellas cuestiones que afectan a la sociedad como un todo.

Todavía hoy podemos beneficiarnos enormemente de la obra de Schaeffer. No es ninguna pérdida de tiempo el estudiar su obra. Puede constituir una revolución en nuestras propias vidas.

Literatura recomendada en castellano:

De Francis A. Schaeffer:

  • 25 estudios bíblicos básicos
  • Arte y Biblia
  • ¿Cómo debemos vivir entonces?
  • Génesis en el tiempo y en el espacio
  • Huyendo de la razón
  • La fe de los humanistas
  • La iglesia al final del siglo XX
  • Los caminos de la juventud hoy
  • Muerte en la ciudad
  • ¿Qué le pasó a la raza humana?
  • Retorno a la libertad y a la dignidad

De José Grau:

  • Buenas noticias
  • Eclesiastés
  • Goza de la vida
  • ¿Ha hablado Dios?

De Hans Rookmaaker:

  • Arte moderno y la muerte de una cultura
  • El arte no necesita justificación

De J. Gresham Machen:

  • Cristianismo y cultura

De Os Guinness:

  • Amarás a Dios con toda tu mente
  • La hora de la verdad

De Don A. Carson:

  • Amordazando a Dios

De Bryan A. Follis:

  • La verdad con amor

Artículo escrito por José Moreno Berrocal y publicado originalmente en el nº 256 de la revista Edificación Cristiana (noviembre-diciembre de 2012). Publicado con permiso.

 
   
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