Celebrando la creación y la redención

Resulta fascinante observar el propósito por el que Dios instituyó varias fiestas para su pueblo en el período que comprende el Antiguo Testamento. La fiesta llamada de los tabernáculos tenía lugar, más o menos, a finales de septiembre o principios de octubre, de acuerdo a nuestros propios calendarios actuales. Era una de las tres grandes fiestas de Israel. De la misma el gran historiador Flavio Josefo nos dice en sus Antigüedades de los Judíos que era la más santa y la más grande de las festividades hebreas. Así explica esta fiesta el texto de Levítico: “Habla a los hijos de Israel y diles: A los quince días de este mes séptimo será la fiesta solemne de los tabernáculos al Señor por siete días. El primer día habrá santa convocación; ningún trabajo de siervos haréis. Siete días ofreceréis ofrenda encendida al Señor; el octavo día tendréis santa convocación, y ofreceréis ofrenda encendida al Señor; es fiesta, ningún trabajo de siervos haréis. Estas son las fiestas solemnes del Señor, a las que convocaréis santas reuniones, para ofrecer ofrenda encendida al Señor, holocausto y ofrenda, sacrificio y libaciones, cada cosa en su tiempo, además de los días de reposo del Señor, de vuestros dones, de todos vuestros votos, y de todas vuestras ofrendas voluntarias que acostumbráis dar al Señor. Pero a los quince días del mes séptimo, cuando hayáis recogido el fruto de la tierra, haréis fiesta al Señor por siete días; el primer día será de reposo, y el octavo día será también día de reposo. Y tomaréis el primer día ramas con fruto de árbol hermoso, ramas de palmeras, ramas de árboles frondosos, y sauces de los arroyos, y os regocijaréis delante del Señor vuestro Dios por siete días. Y le haréis fiesta al Señor por siete días cada año; será estatuto perpetuo por vuestras generaciones; en el mes séptimo la haréis. En tabernáculos habitaréis siete días; todo natural de Israel habitará en tabernáculos, para que sepan vuestros descendientes que en tabernáculos hice yo habitar a los hijos de Israel cuando los saqué de la tierra de Egipto. Yo el Señor vuestro Dios” (Libro de Levítico 23:34-43).

Esta fiesta albergaba muchos significados pero, obviamente, me referiré solo a algunos de ellos. De entrada, la fiesta era un reconocimiento de la bondad divina en la creación, pues tenía lugar después de la recogida del fruto de la tierra. “Del Señor es la tierra y su plenitud”, afirma David en el Salmo 24:1. O como Pablo les recuerda también a los paganos de Listra: “En las edades pasadas Él ha dejado a todas las gentes andar en sus propios caminos; si bien no se dejó a sí mismo sin testimonio, haciendo bien, dándonos lluvias del cielo y tiempos fructíferos, llenando de sustento y de alegría nuestros corazones”, (Libro de los Hechos de los Apóstoles 14:16-17). La fiesta debe llevarnos a dar gracias a Dios por su provisión diaria y abundante, la cual demuestra la liberalidad divina.

Por otro lado, esta fiesta recordaba un acontecimiento histórico fundamental para el pueblo de Dios en el Antiguo Testamento: la salida de Egipto. El éxodo de Egipto no se debió a la habilidad de Israel, pues eran débiles e insignificantes, sino al gran poder del Señor. Dios redimió a su pueblo de la cruel esclavitud de Egipto. Por ello debían regocijarse, celebrando una fiesta. El significado, pues, de la fiesta de los tabernáculos era rememorar las grandes obras del Dios del pacto a favor de los que habían depositado su confianza en el Señor. La liberación de Egipto, a la luz del Nuevo Testamento, es emblema de la emancipación del pecado y de la condenación, obra que llevó a cabo nuestro Señor Jesucristo a favor de su iglesia por medio de su muerte en la cruz.

Pero, al mismo tiempo, las palabras acentuaban que la fiesta debería hacerse morando en tabernáculos, es decir, en tiendas. Este es, posiblemente, el aspecto más enigmático y curioso de esta fiesta. El propósito era recordar, a cada sucesiva generación, cómo habían vivido sus padres después de la salida de Egipto hasta que llegaron a la tierra prometida. En ese sentido, la fiesta manifestaba la realidad de que, para el pueblo de Dios, este mundo es un lugar de paso, de peregrinaje, en el que no se puede ni se debe poner todo el corazón, pues no es permanente. La existencia aquí, en esta tierra, es efímera en comparación con la eternidad. Cómo dirá, posteriormente, el autor de la epístola a los Hebreos, describiendo al pueblo de Dios de todas las épocas, que vive por fe y sigue a Cristo, a pesar de ser vituperados como lo fue el mismo Señor Jesús: “... porque no tenemos aquí ciudad permanente, sino que buscamos la por venir” (Epístola a los Hebreos 13:13-14).

Finalmente, la fiesta adquiere su significado más profundo, de entrada, por el hecho de que el apóstol Juan introduce al Señor Jesús en su evangelio con una palabra que, aparentemente, nos induce también a pensar en esa fiesta: “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad”, (Evangelio de Juan 1:14). La palabra “habitó” es, literalmente, “puso su tienda”, o como la traduce la Biblia Textual, “tabernaculizó”. Al mismo tiempo es significativo que Juan resalte la participación de Jesús en la fiesta de los tabernáculos, en el capítulo 7 y versículos 2 y 14 de su evangelio. El alcance de este incidente es subrayado por Juan al decirnos que “en el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado”, (Evangelio de Juan 7:37-39). Estas palabras de Jesús cumplen la profecía de Zacarías cuando dijo: “Acontecerá también en aquel día, que saldrán de Jerusalén aguas vivas”, (Profecía de Zacarías 14:8). Y es que este profeta conecta estas aguas vivas con la celebración de la fiesta de los tabernáculos (véanse los versículos 16, 18 y 19). Por ello, vemos cómo Jesús es consciente de que en su persona encuentra su cumplimiento el mensaje que había detrás de la fiesta de los tabernáculos. Es por la fe en Jesús que recibimos el perdón de los pecados y al Espíritu Santo. Es por eso que en el Nuevo Testamento la fiesta sería, pues, metáfora de la recepción de Cristo por la fe. No hay alegría como la que trae el Espíritu Santo al corazón del creyente. Es más, el fruto del Espíritu Santo es gozo (Epístola a los Gálatas 5:22). Pero también dominio propio o templanza en el uso de las cosas con las que Dios nos provee ampliamente (Epístola a los Gálatas 5:23).

Este es el auténtico valor que tiene para nosotros hoy la fiesta de los tabernáculos. Por un lado, un recuerdo de la generosidad de Dios en la creación, pues todo buen don proviene de su mano. Pero, y al mismo tiempo, una referencia a Jesucristo, a Aquél que vino a vivir en medio nuestro, como en un tabernáculo, es decir, en un cuerpo auténticamente humano, para que así pudiéramos ser salvos por la fe en Él. Él es el único que puede darnos justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo (Epístola a los Romanos 14:17).

Artículo escrito por José Moreno Berrocal y publicado originalmente en el periódico "El Semanal de La Mancha" el viernes 2 de septiembre de 2015. Publicado con permiso con algunos cambios.
 

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