La sesión final de Freud (Freud vs C.S. Lewis)

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Recientemente, concretamente el 25 de noviembre, se representaba en el Auditorio Municipal de Alcázar de San Juan La sesión final de Freud (Freud vs C.S. Lewis). Esta obra teatral, del neoyorquino Mark St. Germain, ha cosechado numerosos éxitos de público y crítica en América. Así, El New York Times dice que “es un discurso vitalista y agudo. Los miembros del público que busquen un debate comprometido saldrán encantados. El texto es sagaz y lleno de humor inteligente”. Aquí en España, asimismo, ha sido muy bien valorada en una versión traducida por Ignacio García May. Incluso el programa La tarde en 24 horas en La hora cultural realizó una entrevista el pasado 2 de febrero a su directora, la británica Tamzim Townsend, y a Helio Pedregal, que interpreta al padre del psicoanálisis y ateo confeso Sigmund Freud. Este actor, junto con Eleazar Ortiz, interpretando a C.S. Lewis, el autor de Las crónicas de Narnia y cristiano convencido, son los que nos acercan, magistralmente, a dos de las grandes figuras intelectuales del siglo pasado. Recuerdo haber intentado, sin éxito, conseguir entradas para la representación en Madrid, en el Teatro Fígaro. Había habido otra, anteriormente, en el Teatro Español. Por tanto, fue una muy agradable sorpresa que nuestro Patronato de Cultura incluyera en su programa de otoño una representación de esta obra de la Fundación UNIR, la productora teatral de la Universidad Internacional de La Rioja. La imponente escenografía con, entre otros detalles, una magnífica librería y un muy cuidado vestuario, hizo de marco adecuado a los dos magníficos actores y únicos protagonistas de esta obra. De hecho, la interpretación es tan buena que la representación pasa como un suspiro, no se hace larga. Muy al contrario, uno desearía que pudieran seguir por más tiempo debatiendo.

La influencia de Freud sigue siendo muy importante en nuestra sociedad occidental. Seguimos usando vocabulario que él puso de moda, términos como represión, complejo y neurosis entre otros. Algunos, incluso, nos acordamos del primer libro que leímos de Freud. En mi caso fue La interpretación de los sueños. El ánalisis de su vida y pensamiento no cesa. De hecho, acaba de publicarse una biografía titulada Freud, en su tiempo y en el nuestro que se basa en papeles no consultados hasta 2010 de Freud. Su autora es Elisabeth Roudinesco y destaca que la ascendencia del psiquiatra austriaco aún hoy se debe a que éste “impuso a la subjetividad moderna una pasmosa mitología de los orígenes cuyo poderío parece más vivo que nunca cuando más se intenta erradicarlo”. Esto no quiere decir que las ideas del llamado padre del psicoanálisis no hayan sido profundamente cuestionadas y revisadas. C.S. Lewis tampoco ha perdido un ápice de actualidad. Después de 50 de su muerte en Oxford en 1963, su impronta, por medio de sus libros, sigue más viva que nunca. Y, como ocurre con la obra de Freud, la suya también ha generado muchos y penetrantes análisis que enriquecen nuestra percepción de la profundidad que hay en la fe cristiana. Hasta donde sabemos, Freud y Lewis nunca se encontraron. La ocasión de la que trata la obra es, pues, pura ficción. Pero, como dice el profesor de filología clásica de la Complutense, Miguel Herrero de Jáuregui, la obra está imaginada “al hilo de una anotación en el diario del vienés, según la cual tenía previsto verse con un profesor anónimo de Oxford”. La representación asume, como punto de partida, que bien pudo Freud haber oído de Lewis a través de un amigo, el doctor Eric Larson. Éste habría hecho partícipe a su colega de las críticas que le hizo Lewis en su obra autobiográfica El regreso del peregrino. En ésta Lewis relata, por medio de una alegoría al estilo de la del puritano John Bunyan, El progreso del peregrino, su conversión al cristianismo desde un punto de vista intelectual. El libro tiene un subtítulo bastante sugerente: Una apología alegórica del cristianismo, la razón y el romanticismo. Lewis se hace eco de la influencia que tenía el pensamiento de Freud en su época por medio de uno de los personajes que aparecen en su obra: Segismundo Ilustración. La referencia no puede ser más clara. El nombre de Freud es Sigmund. Ilustración alude al hecho de que Lewis considera que las ideas de Freud son hijas de la Ilustració, aunque, como dice Segismundo Ilustración en el libro, “hace mucho tiempo que estoy peleado con mi padre” (se refiere a la Ilustración). El guión de St. Germain nos dice que Freud sí que leyó el ensayo de Lewis sobre El paraíso perdido de John Milton, el gran poeta puritano. Freud y Lewis aparecen, pues, juntos en la casa de Freud en Londres, el 3 de septiembre de 1939, el mismo día en el que el Reino Unido declara la guerra a la Alemania nazi que acaba de invadir Polonia. La fecha permite contextualizar el debate en un período convulso y que éste quede suspendido por las alarmas de las sirenas o por los boletines radiofónicos que anuncian el comienzo de las hostilidades.

La obra sintetiza el pensamiento de Freud y de Lewis. Es una maravillosa presentación del punto de vista contrapuesto de ambos autores sobre muchos aspectos de la existencia humana: el amor, el sexo, el dolor, la muerte, el humor, la música, el sentido de la vida y, particularmente, la existencia de Dios. No en vano el guionista se inspira en un libro titulado La cuestión de Dios del psiquiatra Armand M. Nicholi, profesor en Harvard, que ha tratado a fondo durante años estos temas que se desglosan en la función. La representación se ocupa, fundamentalmente y a mi modo de ver, de algunos de los argumentos de Lewis a favor de la existencia de Dios. Es interesante notar que C.S. Lewis los desarrolló a la luz de las ideas de Freud, entre otros. En la obra, Lewis admite el influjo que las ideas de Freud tuvieron en su juventud cuando aún era ateo. Por ejemplo, Freud postulaba que Dios no existía pero que el ser humano desea que exista, como una especie de figura paternal celestial que todos deseamos que nos cuide. Pero Lewis argumentará diciendo que, en su caso particular, ¡él no deseaba que Dios existiera! Asimismo, afirmó que ¡fue el converso más reacio de toda Inglaterra! Lewis dice en el guion: “Durante la mayor parte de mi vida he deseado que no existiese ningún Dios. No quería otro padre”. Y posteriormente añade: “Nada odiaba tanto como que me dijeran lo que tenía que hacer. En eso consistió la maravillosa atracción del ateísmo. Satisfacía mi deseo de que me dejaran en paz. El Dios de la Biblia es un matón entrometido”. Pablo, en la Epístola a los Romanos 1:18 sostiene que el ser humano detiene, es decir, suprime o reprime, usando una palabra de sabor freudiano, el conocimiento de Dios que todos llevamos en nosotros, y esto sencillamente porque ¡no nos gusta el Dios que presentan las Escrituras! Eso nos lleva a rechazarlo, dice el apóstol de los gentiles. Lewis le da, pues, la vuelta al argumento freudiano. Es imposible razonar a favor de algo por el mero deseo de que queramos o no que exista.

Otra cosa distinta es que haya una realidad objetiva que pueda satisfacer nuestros deseos. Esto sería una muy seria indicación de la existencia de aquello que puede satisfacerlos. Como dice Lewis en el guion: “Un recién nacido siente hambre; pues bien, para eso existe la comida. Un patito quiere nadar; el agua existe para que lo haga. Así que, si encuentro en mí un deseo que ninguna experiencia de este mundo logra satisfacer, la explicación más probable es que estoy hecho para un mundo distinto”. Este argumento de Lewis es muy célebre y ha sido, incluso, el tema de una preciosa canción titulada C.S. Lewis Song y que compuso la cantante neozelandesa Brooke Fraser basándose en las palabras de Lewis en otro de los libros más conocidos del profesor de Oxford y Cambridge: Mero Cristianismo.

Otro argumento que aparece también en la obra y que desarrolla el profesor de Oxford en sus escritos es el del mundo injusto. Así es como lo plantea: “Mi argumento en contra de Dios era que el universo parecía tan injusto y cruel. ¿Pero cómo había yo adquirido esta idea de lo que era justo y lo que era injusto? Un hombre no dice que una línea está torcida a menos que tenga una idea de lo que es una línea recta. ¿Con qué estaba yo comparando este universo cuando lo llamaba injusto? Si todo el tinglado era malo y sin sentido de la A a la Z, por así decirlo, ¿por qué yo, que supuestamente formaba parte de ese tinglado, me encontraba reaccionando tan violentamente en su contra? Un hombre se siente mojado cuando cae el agua porque el hombre no es un animal acuático: un pez no se sentirá mojado. Por supuesto que yo podía haber renunciado a mi idea de la justicia diciendo que ésta no era más que una idea privada mía. Pero si lo hacía, mi argumento en contra de Dios se derrumbaba también..., ya que el argumento dependía de decir que el mundo era realmente injusto, y no simplemente que no satisfacía mis fantasías privadas. Así, en el acto mismo de intentar demostrar que Dios no existía —en otras palabras, que toda la realidad carecía de sentido— descubrí que me veía forzado a asumir que una parte de la realidad —específicamente mi idea de la justicia— estaba llena de sentido. En consecuencia, el ateísmo resulta ser demasiado simple. Si todo el universo carece de significado, jamás nos habríamos dado cuenta de que carece de significado, del mismo modo que, si no hubiera luz en el universo, y por lo tanto ninguna criatura tuviese ojos, jamás habríamos sabido que el universo estaba a oscuras. La palabra oscuridad no tendría significado”. El psiquiatra austriaco alude al mismo calificándolo de “moralidad geométrica”, aunque no hace nada por rebatirlo.

La obra insinúa la curiosidad de Freud frente al hecho de la conversión cristiana de Lewis. ¿Cómo se puede explicar, finalmente, la conversión de un ateo tan brillante intelectualmente como Lewis, y que tanto sorprende a un descreído como Freud? Lewis se hace eco de que fue un cambio gradual, como se patentiza en El regreso del peregrino pero que encontró su punto álgido en la confrontación con la figura de Jesús de Nazaret, tal y como aparece en el Nuevo Testamento. Armand M. Nicholi afirma que “el intelecto de Lewis jugó un papel significativo en su conversión. Se daba cuenta de que su falta de conocimiento formaba la base de su incredulidad. Como explicaba en una carta escrita después de su transición, ‘lo que me ha estado reteniendo… no ha sido tanto una dificultad para creer como una dificultad para conocer… tú no puedes creer en una cosa mientras ignoras lo que es esa cosa’. Solo después de leer el Nuevo Testamento adquirió el conocimiento y empezó a comprender lo que llegó a formar la base de su fe”. Es curioso cuantas ideas preconcebidas tenemos de Dios o de Jesús y cómo un poco de conocimiento puede hacernos más humildes y receptivos. Abundando en esta cuestión, el guion recoge igualmente el célebre argumento de Lewis acerca de las únicas tres opciones que tenemos al considerar la figura de Jesús de Nazaret; a saber, que era un loco, un impostor o verdaderamente quién dijo ser, el Hijo de Dios. Lewis argumenta brillantemente que la única opción posible es la que él tomó una tarde, de camino al zoológico, aceptar a Jesucristo como su Señor y Salvador. En ese sentido, la persona de Jesús aparece como alguien ante el que no podemos quedar indiferentes, nos dice Lewis. Nos interpela y nos lleva a tener que tomar una decisión sobre su Persona. El cristianismo es, esencialmente, una relación con esa persona única, como Señor y Salvador.

La sesión final de Freud (Freud vs C.S. Lewis) pone de manifiesto que las inquietudes acerca de las realidades troncales de la vida no desaparecen fácilmente de nuestra sociedad. Los grandes interrogantes de la vida no pueden, ni quieren, dejar de estas presentes. Y es que existe un Dios que no dejará de intervenir en nuestro mundo, irrumpiendo en el mismo para mostrarnos su presencia. Y esa manifestación suya es lo que conocemos como la gracia de Dios en Cristo. ¡Damos gracias a Dios porque no nos deja tranquilos!

Artículo escrito por José Moreno Berrocal y publicado originalmente en esta página web el lunes 4 de enero de 2016. 
 

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