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(I can't get no) satisfaction

“Anda y come tu pan con gozo, y bebe tu vino con alegre corazón… goza de la vida con la mujer que amas… alégrate, joven, en tu juventud, y tome placer tu corazón en los días de tu adolescencia; y anda en los caminos de tu corazón y en la vista de tus ojos”. Puede que alguno se sorprenda al saber que estas, y otras frase similares que se podrían citar, están tomadas de uno de los libros de la Biblia, Eclesiastés. Algunos piensan que precisamente las Escrituras no pueden animarnos a pasarlo bien. Su idea de Dios es la de un perpetuo aguafiestas. Las religiones han contribuido a fabricar una imagen de la vida como una realidad triste y tenebrosa en todo momento y ocasión. Pero no hay nada más lejos de la realidad que la idea de que Dios es un ser taciturno. Muy al contrario, es Dios mismo el que nos proporciona la diversión: “No hay cosa mejor para el hombre sino que coma y beba, y que su alma se alegre en su trabajo. También he visto que esto es de la mano de Dios” (Libro de Eclesiastés 2:24) o “Yo he conocido que no hay para ellos cosa mejor que alegrarse, y hacer bien en su vida; y también que es don de Dios que todo hombre coma y beba, y goce el bien de toda su labor” (Libro de Eclesiastés 3:12-13). Eclesiastés, libro que nos instruye acerca de la sabiduría de Dios, celebra al Dios Creador que, en el principio, hizo y diseñó todas las cosas, creándolas buenas y reflejando así su propia gloria. Parte de ese esplendor divino incluye el deleite del ser humano en lo que Dios realiza. Disfrutar de la vida no es sino un mandamiento de Dios, pues consiste en usar de los dones del Dios alegre y generoso que creó el mundo.

Pero, al mismo tiempo, los seres humanos son conscientes, incluso en medio de sus placeres, de que éstos no proporcionan una felicidad completa y duradera. Como afirman, con conmovedora pasión, los Rolling Stones en su célebre canción (I can't get no) satisfaction:

No puedo obtener ninguna satisfacción,

no puedo obtener ninguna satisfacción

 

Este sentimiento de insatisfacción que experimenta el hombre moderno le une también al autor de Eclesiastés. La frase más conocida del libro es “vanidad de vanidades, todo es vanidad. ¿Qué provecho tiene el hombre de todo su trabajo con que se afana debajo del sol?” (Libro de Eclesiastés 1:2-3). Vanidad significa, literalmente, un soplo de aire, algo insustancial y fugaz como el aliento. Es pura o absurda ilusión. Algo que, finalmente, trae decepción y frustración: “Miré todas las obras que se hacen debajo del sol; y he aquí, todo ello es vanidad y aflicción de espíritu. Lo torcido no se puede enderezar, y lo incompleto no puede contarse” (Libro de Eclesiastés 1:14-15). Esta reflexión en torno a la vanidad le otorga a Eclesiastés un toque contemporáneo, algo muy apreciado por escritores como Juan Carlos Onetti o Antonio Muñoz Molina, entre otros. Eclesiastés, basado en textos que se remontan al mismo rey Salomón, usa el testimonio del rey sabio para mostrar la experiencia humana de descontento de todo. Los Rollings también se hacen eco de esa insaciable e insatisfecha búsqueda:

No puedo obtener ninguna satisfacción,

no puedo obtener ninguna satisfacción,

porque intento, e intento, e intento, e intento,

no puedo obtener ninguna, no puedo obtener ninguna.

 

El ser humano desea encontrar una trascendencia en lo que le rodea, pero no se sacia; el sentido final de las cosas le elude constantemente. Eclesiastés mismo explica la razón de ese desasosiego humano. Se encuentra en el hecho de que el hombre quiere hallar su identidad en los dones que Dios le ofrece y no en el Dios que da todas las cosas abundantemente. El hombre abusa de lo que tiene, queriendo obtener de ello una satisfacción continuada y plena, algo completamente imposible. En términos bíblicos esto es lo que se conoce como idolatría, pretender encontrar en lo creado, en el mundo o en otras criaturas, lo que solamente el Creador puede ser para el hombre. Lejos de lo que pudiera parecer, esta idolatría daña al ser humano y a toda la realidad creada. Los excesos humanos son una fuente constante de opresión e injusticia, evidencias palpables de que nos hemos alejado del Dios de justicia. Eclesiastés, atento observador de la realidad de la vida “bajo el sol” (otra de sus frases más características) no deja de notar constantemente nuestra inclinación a hacer lo malo (Libro de Eclesiastés 3:16, 4:1, 5:8, etc). Este libro nos alerta a reconocer también las palpables señales de la desaprobación divina de nuestra conducta, por medio de la constante denuncia por parte de Dios de la maldad del ser humano. Nuestros desmanes, enseña también Eclesiastés, nos colocan bajo el justo juicio de Dios, un juicio que está presente ya y que aparece en la frustración y alineación humanas y, finalmente, en la muerte misma (Libro de Eclesiastés 9:3).

El Eclesiastés nos proporciona también la solución a nuestra falta de satisfacción permanente: reconocer a Dios en todos nuestros caminos. Es aquí donde se encuentra la sabiduría que nos transmite este libro. Resulta crucial notar como todas las exhortaciones, y son muchas, que contiene el libro de Eclesiastés a gozar de la vida, tienen como marco de referencia a Dios mismo: “He aquí, pues, el bien que yo he visto: que lo bueno es comer y beber, y gozar uno del bien de todo su trabajo con que se fatiga debajo del sol, todos los días de su vida que Dios le ha dado; porque esta es su parte. Asimismo, a todo hombre a quien Dios da riquezas y bienes, y le da también facultad para que coma de ellas, y tome su parte, y goce de su trabajo, esto es don de Dios. Porque no se acordará mucho de los días de su vida; pues Dios le llenará de alegría el corazón” (Libro de Eclesiastés 5:18-20). Y es que los dones de Dios deben ser vistos como señales de su presencia, como Pablo enseñó a los habitantes de Listra en Hechos de los Apóstoles14:17; indicios de su bondad y amor que deben conducirnos al Creador, según dijo Pablo también a los atenienses en Hechos de los Apóstoles 7:25-27. Aún los mejores regalos de Dios, nos dirá Salomón en el capítulo 2 del libro de Eclesiastés: la educación, el placer o el trabajo, traerán frustración y desengaño si dejamos a Dios a un lado. Y es que Dios ha puesto “el anhelo por la eternidad en nuestro corazón” (Libro de Eclesiastés 3:11), algo que sólo el Eterno puede colmar. Como dijo Agustín de Hipona en oración: “Nos has hecho para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en Ti”.

Por ello, para esta disertación bíblica sobre la sabiduría, el sentido final de la vida sólo se encuentra en Dios, cuando aceptamos con alegría su presencia en todo momento y ocasión. La esencia de ese reconocimiento de Dios consiste en hacer su voluntad: “El fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre. Porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala” (Libro de Eclesiastés 12:13-14). Siglos después, los judíos le preguntarán a otro gran maestro de sabiduría acerca de lo que Dios pide de nosotros. Jesús les recordará que lo primero que Dios requiere de nosotros es que creamos en Aquél que Dios ha enviado, en Cristo mismo (Evangelio de Juan 6:28-29). Y esto porque, como dijo Pablo, en Cristo “están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento” (Epístola a los Colosenses 2:3). Por consiguiente, el significado más profundo de nuestra existencia sólo se alcanza cuando recibimos a Cristo “poder de Dios y sabiduría de Dios” (1ª Epístola a los Corintios 1:24). Si hemos conocido la sabiduría de hay en el mensaje de la cruz de Cristo, podremos vivir con alegría: “Anda, y come tu pan con gozo, y bebe tu vino con alegre corazón; porque tus obras ya son agradables a Dios. En todo tiempo sean blancos tus vestidos, y nunca falte ungüento sobre tu cabeza. Goza de la vida con la mujer que amas, todos los días de la vida de tu vanidad que te son dados debajo del sol, todos los días de tu vanidad; porque esta es tu parte en la vida, y en tu trabajo con que te afanas debajo del sol. Todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas...” (Libro de Eclesiastés 9:7-10).

Es loable disfrutar con gratitud de todo lo bueno que Dios nos da. Diviértete, pues, pásalo bien en aquellos momentos y ocasiones en que así sea conveniente, pero pon a Dios como testigo de tu vida, ya que algún día darás cuenta de tus actos ante su presencia (Libro de Eclesiastés 12:1-8). Como también enseña Pablo a Timoteo al recordarle que el matrimonio y cualquier alimento es lícito: “Porque todo lo que Dios creó es bueno, y nada es de desecharse, si se toma con acción de gracias; porque por la palabra de Dios y por la oración es santificado” (1ª Epístola a Timoteo 4:4-5). Pero acuérdate de que la vida en plenitud de gozo sólo se halla en Cristo, “el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención” (1ª Epístola a los Corintios 1:30). Como el mismo Cristo dijo: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Evangelio de Juan 10:10). En Cristo si puedes obtener satisfacción, ahora y por toda la eternidad.

Artículo escrito por José Moreno Berrocal y publicado originalmente en el periódico "El Semanal de La Mancha" el viernes 29 de agosto de 2014. Publicado con ligeros cambios y con permiso.
 
 

El pasado 15 de enero fallecía en Barcelona, después de una larga enfermedad, José Grau Balcels. De su muerte se han echo eco periódicos nacionales como El País o La Vanguardia. También revistas extranjeras, como la prestigiosa The Banner of Truth con un emocionado tributo de James E. Adams. Por supuesto los diarios digitales de ámbito evangélico le han dedicado numerosos artículos. Para los que lo conocíamos personalmente, y le considerábamos uno de nuestros maestros, es una muy sensible pérdida. Nos deja un valioso legado de libros, artículos y predicaciones online que serán siempre un tesoro de reflexión bíblica y teológica de primer nivel. Un pensamiento realizado desde nuestra cultura evangélica española, teniendo en cuenta mucho de lo bueno que apareció en el mundo evangélico nacional e internacional de finales del siglo XX. De entrada, debemos mencionar su fructífera relación y colaboración con José Mª Martínez. Este está entre los primeros en apreciar los dones que Dios ha dado a José Grau. Así, es José Grau el que introduce en España al gran Francis Schaeffer con cuidadas traducciones de muchas de sus obras (sobre este autor se puede consultar el siguiente artículo: http://www.edificacioncristiana.com/portada/3.php). También nos presenta a John W. Stott, Leon Morris, R.V.G. Tasker, G.C. Berkouwer y Ernest Kevan, entre otros. Grau fue también un atento observador de la teología evangélica que viene de América latina, llamando nuestra atención sobre la interesante obra de Pedro Arana, René Padilla y Samuel Escobar. Intervino en el crucial Congreso de Evangelización del Mundo que tuvo lugar en Lausana en 1974, donde participó con una conferencia titulada El Reino de Dios entre los Reinos de la Tierra. Los escritos del señor Grau muestran siempre una inusitada pertinencia. Su anclaje bíblico es siempre considerable. Así, por ejemplo, su tratamiento del aborto, de tan rabiosa actualidad en estas fechas (en este sentido os recomiendo el último documento de la Alianza Evangélica Española sobre el proyecto de la ley del ministro Gallardón). Nuestro consuelo es que ahora está con el Señor, lo cual es muchísimo mejor (Epístola a los Filipenses 1:21).

Pero, para algunos de nosotros, además de su obra, nos deja la huella imborrable de su amistad y testimonio cristiano. No puedo olvidar aquellas conversaciones durante las Conferencias Cipriano de Valera a las que José Grau asistía como ponente. Era también un hombre con un talante afable y humilde, imitando a su Maestro, el Señor Jesús (Evangelio de Mateo 11:29). También atesoro el recuerdo de la última vez que le vi, en su piso de Barcelona. Todavía vivía entonces María Beltrán, su muy querida esposa, que falleció también recientemente y que fue un apoyo esencial para José Grau. Tuvieron la amabilidad de pasar unas horas conmigo en una amena conversación. Hablamos, como se suele decir, de lo divino y de lo humano, como era característico del señor Grau. De la ciudad de Barcelona, que amaba y cuyo amor comparto. De hecho, unos de los recuerdos más vívidos que atesoro de mi infancia es mi primera visita a Barcelona. Ya entonces me cautivó. En este sentido, me identifico plenamente con las palabras de Don Quijote a Don Álvaro Tarfe con respecto a la ciudad condal: “...Barcelona, archivo de la cortesía, albergue de los extranjeros, hospital de los pobres, patria de los valientes, venganza de los ofendidos y correspondencia grata de firmes amistades, y en sitio y en belleza, única; y aunque los sucesos que en ella me han sucedido no son de mucho gusto, sino de mucha pesadumbre, los llevo sin ella, sólo por haberla visto”. Sobre todo, ahora, cuando habla Don Quijote de la “correspondencia grata de firmes amistades, y en sitio y en belleza, única”. Barcelona para mí representa también la belleza del mar que, por otro lado, tanto amaba el señor Grau. Incluso hablamos del crecimiento de las iglesias en Barcelona en la época de la represión franquista, y a pesar de la misma. También me hace ilusión pensar que mi primer libro en colaboración con otros autores, Una Fe para el Tercer Milenio, contiene un excelente capítulo de José Grau sobre las raíces de nuestra fe. Estas se encuentran en las grandes doctrinas de la Reforma del siglo XVI, solo la Escritura, solo la gracia y solo la fe que, en palabras de Grau, se resumen en el "solo Cristo” y que concluyen en el triunfante soli Deo gloria, solo la gloria a Dios. Este fue el tema que desarrolló y expuso magistralmente en su ponencia en el VI Congreso Evangélico Español titulada Nuestra Identidad Evangélica.

José Grau nació justamente el 1 de enero de 1931. No descendía de una familia particularmente religiosa. Aun así, citando sus propias palabras “desde muy joven me planteaba cuestiones fundamentales: ¿cuál es el sentido de la vida?, ¿estamos aquí por casualidad, fruto del azar o existe un Dios creador con propósitos y planes para nuestras vidas? Pasé por diversas etapas. Primero fui ateo y luego desemboqué en una especie de agnosticismo. Leí muchos libros y contrasté muchas opiniones hasta encontrar en Jesucristo la respuesta a mis interrogantes”. Su conversión ocurrió en 1953. Como nos pasó a muchos, fue la lectura del texto bíblico directamente lo que nos cambió pues, por medio de su Palabra, Dios, por su Espíritu, vino a nosotros mostrándonos la gloria del Señor Jesús. Con el tiempo, Grau llegó a ser un gran pensador, escritor y editor evangélico. Como tantos otros que vivieron parte de su fe durante la dictadura franquista, Grau experimentó persecución. La policía llegó incluso a destruir 4.000 libros y 60.000 folletos que le fueron requisados el viernes santo de 1960. Al año siguiente, concretamente el 13 de diciembre, el diario británico The Times publicaba la noticia de que José Grau y el impresor Salvador Salvadó habían sido sentenciados a un mes y un día de cárcel acusados de “actividades subversivas contra la religión oficial”. No llegaron a ingresar en prisión pero tuvieron que pagar una gran multa para evitar la cárcel. Reflexionando sobre esos días, Grau dice que “así que hubo juicio, confiscación y condena por la acción conjunta de ambas censuras, la franquista y la católica”.

José Grau fue un gran maestro de las Escrituras, reconocido en España y en el extranjero. Su pensamiento gira alrededor de, por lo menos, tres ejes fundamentales que recorren toda su obra. En primer lugar, la importancia de reconocer el verdadero cimiento de todo conocimiento salvador de Dios en Cristo, que no es otro que la Escritura. Lo que bien podemos llamar una teología de la Palabra de Dios. Frente a la pregunta: ¿existe Dios?, Grau nos dirá que la respuesta está en plantearse otra pregunta: ¿ha hablado Dios? Efectivamente, Dios ha hablado y el registro infalible, y por ello veraz de su voz, se encuentra en las páginas de la Biblia. Esta es el único fundamento de la Iglesia (Epístola a los Efesios 2:20, Libro de Apocalipsis 21:14), como argumenta Grau en unos de sus mejores libros titulado El Fundamento Apostólico, un auténtico clásico de la literatura evangélica. Al mismo tiempo, en sus dos volúmenes sobre Catolicismo Romano, Grau demuestra, apelando a las fuentes históricas, como el catolicismo romano actual es el fruto del alejamiento y rechazo de la suficiencia y suprema autoridad de las Escrituras en cuanto a todo lo que debemos creer o practicar.

En segundo lugar, Grau subrayó la trascendencia de los primeros tres capítulos del Génesis, el primer libro de la Biblia. En ellos se nos narra la creación por el Dios eterno y todopoderoso, de los cielos y la tierra, de todo lo que hay. Pero también se nos revela la caída del hombre en el pecado. La enseñanza de estos capítulos es el trasfondo de toda la Escritura. En ellos tenemos la única explicación coherente de la realidad que observamos a nuestro alrededor. Y, precisamente por eso, son esenciales para enfocar adecuadamente nuestra vida en este mundo. Grau desarrolla, con una atractiva claridad, una teología de la creación y de la caída. Esta aparece en una pequeña joya, como es su librito titulado Goza de la Vida. Pero es principalmente expuesta en sus comentarios a Eclesiastés y al Cantar de los Cantares. Estos libros nos instruyen sobre el arte de vivir sabiamente en un mundo creado por Dios, pero sumido al mismo tiempo en el pecado. La vida es un regalo de Dios. Es Dios el que también nos invita a disfrutar de los dones que encierra la vida. Pero el fin último de nuestra existencia no se alcanza sino tenemos en cuenta a Dios mismo: “El fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre. Porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala” (Libro de Eclesiastés 12:13-14). Solo Dios puede otorgar auténtico sentido a nuestra vida. Y este solo se encuentra en una relación salvadora con Dios mismo.

Y es precisamente a la luz de las doctrinas de la creación y de la caída que podemos entender otro de los énfasis de José Grau, la doctrina del reino de Dios en Cristo. En la línea de pensadores tan reconocidos como Geerhardus Vos, Herman Ridderbos y Oscar Cullmann, José Grau desarrollará una teología del reino de Dios. Por medio de este concepto, Grau no está simplemente diciéndonos que Dios gobierna sobre todo y sobre todos. Está más bien indicando la voluntad y presencia salvadora de Dios en Cristo. Grau sostiene que hay un aspecto presente del reino: “Esto es así porque el reino viene con el Rey; Cristo ha llegado y, por consiguiente, el reino con él”. Pero hay también otra realidad del reino que debemos apreciar para hacer justicia a esta noción en las Escrituras, el aspecto futuro del reino: “El reino vino con Cristo, pero queda todavía un cumplimiento final del mismo que se halla igualmente ligado a la venida de Cristo otra vez, en gloria”. Grau añade que existe, pues, una triple dimensión del reino: “vino, está viniendo y vendrá”. El pensador de Barcelona añade otra verdad capital: “el reino vino por la cruz”. La centralidad de la cruz estriba en el hecho de que esta es, básicamente, la victoria del Rey Jesús sobre Satanás y el pecado. Un triunfo que aparece ya en la resurrección del mismo Cristo, pero que será revelado en toda su plenitud con la aparición visible de Cristo en su segunda venida, para destruir al postrer enemigo, que es la muerte (1ª Epístola a los Corintios 15:24-26). Una venida que traerá la recreación del mundo por el Señor Jesús, tal y como aparece en la 2ª Epístola de Pedro 3:13: “Pero nosotros esperamos, según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia”. Este versículo era muy querido por el señor Grau. Como también solía decir, en el Génesis todo empezó en un paraíso. En el Apocalipsis termina en una ciudad. Al mismo tiempo Grau subrayaba que el reino de Dios es una realidad dinámica que deja su impacto en la Iglesia que son “todos los que han aceptado el evangelio del reino con fe salvadora”, pero también en la Historia “ya que el reino abarca más que la Iglesia”. Sus consideraciones sobre el reino de Dios aparecen en muchos de sus libros, aunque las desarrolla más pormenorizadamente en su volumen sobre Escatología.

Creo que su vigoroso pensamiento no dejará de influir en nuestro mundo evangélico de habla hispana. De hecho, José Grau quedará cómo uno de los mejores referentes de la teología evangélica y reformada española y europea. El mejor homenaje que le podemos hacer es el de leer sus escritos y escuchar sus predicaciones online. Así, en todo momento, podremos continuar aprendiendo provechosamente sobre las riquezas que encierran las Escrituras. Siempre habrá mucho en lo que enseña, que nos animará a seguir en los pasos de Jesús de Nazaret para la gloria de Dios.

Artículo escrito por José Moreno Berrocal y publicado originalmente en esta página web el sábado 28 de junio de 2014.
 
 

Una de las enseñanzas más claras del Nuevo Testamento es la que señala a Jesucristo como el único y sumo sacerdote de su Iglesia, es decir, como el único mediador entre Dios y los hombres. Aunque existen indicaciones del oficio sacerdotal de Cristo en los evangelios (Evangelio de Mateo 22:41-46, 26:63-64, Evangelio de Marcos 14:61-62), es particularmente la epístola a los Hebreos la que presenta a Jesucristo, el Hijo de Dios, como ese definitivo sumo sacerdote. Esto no puede sorprendernos en modo alguno ya que el propósito del autor de la epístola a los Hebreos es demostrar la superioridad de Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios, sobre todo y todos. Así, la epístola incide en su excelencia sobre los ángeles. La gloria de Cristo es mayor que la de Moisés e, incluso, su sacerdocio pone fin al orden sacerdotal de Aarón y sus descendientes, al constituir su decisivo cumplimiento.

Esa primacía del oficio sacerdotal del Hijo de Dios se asienta, de entrada, en la unión de sus dos naturalezas en una sola persona. La epístola a los Hebreos detalla minuciosamente su doble naturaleza, divina y humana. Jesucristo era verdadero hombre. Al comienzo de esta carta se nos dice: “Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, Él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre. Porque ciertamente no socorrió a los ángeles, sino que socorrió a la descendencia de Abraham. Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo” (Epístola a los Hebreos 2:14-17). La Escritura, además, subraya su cercanía a nosotros al elegir hacerse hombre para ser afligido y sometido a prueba. Y por eso mismo, Jesús puede compadecerse de nuestras debilidades y socorrernos cuando somos tentados. Un hombre que, aunque “padeció siendo tentado” (Epístola a los Hebreos 2:18), no pecó jamás. Fue siempre “santo, inocente y sin mancha” (Epístola a los Hebreos 7:26). Al mismo tiempo, la epístola a los Hebreos, en armonía con el resto del Nuevo Testamento, revela con precisión que Jesucristo era Dios mismo. El autor de esta carta, citando el Antiguo Testamento, llama a Cristo Dios: “Mas del Hijo dice: Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo; cetro de equidad es el cetro de tu reino” (Epístola a los Hebreos 1:8). Además, el Hijo es aquel por quien Dios ha hecho el universo (Epístola a los Hebreos 1:2). En las palabras del Salmo 102, que Hebreos refiere al Hijo: “Y: Tú, oh Señor, en el principio fundaste la tierra, y los cielos son obra de tus manos. Ellos perecerán, mas Tú permaneces; y todos ellos se envejecerán como una vestidura, y como un vestido los envolverás, y serán mudados; pero Tú eres el mismo, y tus años no acabarán” (Epístola a los Hebreos 1:10-12). Cristo es, por tanto, verdadero Dios y hombre. Y es precisamente por la permanente posesión de ambas naturalezas que puede ser nuestro único y final sumo sacerdote (Epístola a los Hebreos 5:4-5).

Pero, en segundo lugar, la epístola a los Hebreos no sólo asienta la preeminencia de Jesucristo como sumo sacerdote sobre la unión de sus dos naturalezas; incide también sobre el hecho de que Cristo no es un sacerdote cualquiera, sino aquel al que el Dios de paz resucitó de los muertos (Epístola a los Hebreos 13:20). Esto lo hace único. El autor de Hebreos nos explica las implicaciones de esa resurrección de entre los muertos de nuestro Señor Jesucristo. Cristo está, de entrada, dotado del “poder de una vida indestructible” (Epístola a los Hebreos 7:16). Y es que Cristo, a diferencia de los sacerdotes judíos, ha vencido a la muerte y por ello permanece para siempre, por lo que su sacerdocio es un sacerdocio inmutable (Epístola a los Hebreos 7:24). Es más, el Cristo resucitado traspasó los cielos (Epístola a los Hebreos 4:14) y ahora está sentado “a la diestra del trono de la Majestad en los cielos” (Epístola a los Hebreos 8:1). Esta posición de máximo honor la ocupa el Señor para nuestro beneficio. Podemos acercarnos con seguridad ante el trono de la gracia de Dios “para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Epístola a los Hebreos 4:16). Y, además, podemos estar convencidos de gozar, en todo momento, del favor divino, ya que Cristo puede “salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos” (Epístola a los Hebreos 7:25).

Finalmente, los sacerdotes del Antiguo Testamento eran los encargados de presentar “ofrendas y sacrificios por los pecados” (Epístola a los Hebreos 5:1). Era así como llevaban a cabo su obra de mediación entre Dios y los hombres. En este sentido, también, podemos apreciar la superioridad de Jesucristo sobre los sacerdotes levíticos, ya que Jesús es el sacrificador y el sacrificio mismo. No sólo es el único y sumo sacerdote de la Iglesia, es también, y al mismo tiempo, el sacrificio mismo que se ofrece (Epístola a los Hebreos 7:27). Es por medio de la ofrenda del cuerpo y de la sangre de Jesucristo, es decir, por su muerte, que somos verdaderamente reconciliados con Dios (Epístola a los Hebreos 9:14, 10:10, Epístola a los Romanos 5:10). Cristo llevó sobre sí el castigo de nuestros delitos y pecados. Como ya enseñó el profeta Isaías: “Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados. Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas el Señor cargó en él el pecado de todos nosotros” (Profecía de Isaías 53:4-6). A la luz de este y otros muchos pasajes, debemos entender la obra de Cristo como la de un sacrificio sustitutivo. Es decir, Cristo puso su vida en lugar de la nuestra. Y lo hizo para llevar sobre sí la justa pena o castigo que merecen nuestros propios pecados. Nuevamente en palabras de Isaías, Cristo “puso su vida en expiación por el pecado” (Profecía de Isaías 53:10). Su muerte, penal y sustitutoria, garantiza ahora nuestra vida, ya que por medio de la fe en su sangre recibimos el perdón de todos nuestros pecados y podemos, por ello, estar persuadidos de nuestra salvación.

Tal sacrificio tiene un carácter único y es, por ello, irrepetible: “pero ahora, en la consumación de los siglos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado: Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio, así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan” (Epístola a los Hebreos 9:26-28). A diferencia de lo que ocurría con los sacrificios de los sacerdotes judíos que se ofrecían, día tras día, de pie ante el altar, el de Cristo sólo se hizo una vez en el Calvario. Los sacrificios prescritos en la ley de Moisés se repetían incesantemente porque esos sacrificios no podían quitar, de verdad, los pecados (Epístola a los Hebreos 10.11). El de Cristo sólo se hizo una vez “porque” Cristo “con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados” (Epístola a los Hebreos 10:14). Es decir, el sacrificio de Cristo sí ha borrado verdaderamente los pecados de su pueblo delante de Dios. No necesitamos ofrecer ningún otro sacrificio, “pues donde hay remisión de estos, no hay más ofrenda por el pecado”, dice la Escritura en la epístola a los Hebreos 10:18. Por ello, el sacrificio de la cruz no necesita ser repetido, perpetuado o actualizado. De hecho, el sacrificio de Cristo es la consumación irreversible de los sacrificios del Antiguo Testamento. Cristo es el verdadero Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Evangelio de Juan 1:29). La prueba de la eficacia incesante del sacrificio del Hijo para perdonar nuestros pecados y acercarnos a Dios es, precisamente, el hecho de que Cristo se ha sentado a la diestra de Dios (Epístola a los Hebreos 10:12). Esto significa que ya no hay necesidad de ningún otro sacrificio. Sólo el de Cristo nos salva por la fe en Él.

Por tanto, según la epístola a los Hebreos tenemos a “un gran sacerdote sobre la casa de Dios” (Epístola a los Hebreos 10:21). Para venir con confianza delante de Dios no necesitamos de ningún otro sumo sacerdote. Sólo Jesucristo es, y será, nuestro sumo sacerdote para siempre. Sólo es Él el único mediador entre Dios y los hombres (1ª Epístola a Timoteo 1:15).

Artículo escrito por José Moreno Berrocal y publicado originalmente en el periódico "El Semanal de La Mancha" el viernes 22 de marzo de 2013. Publicado con permiso.
 
   

La Ladrona de Libros

Acaba de estrenarse en nuestros cines la película titulada La Ladrona de Libros. Esta cinta se basa en una novela del mismo nombre que la película, publicada en 2005, y que tuvo mucho éxito, obra del escritor australiano de madre alemana Markus Zusak. La novela, que me había regalado hace años un buen amigo mío, Daniel Webber, me había conmovido profundamente. Lo mismo le ocurrió a mi hija mayor. Por ello, estábamos deseando ver la película para ver que tal se había adaptado al cine. Sabemos que no siempre se logra que un buen libro resulta también atractivo en forma de película. Pero en este caso, creo que se ha conseguido hacer un buen trabajo con esta cinta. El director es Brian Percival, que ha hecho la premiada serie Downtown Abbey. El guionista, Michael Petroni, es el de la también exitosa La Travesía del Viajero del Alba, la última adaptación al cine de otro de los cuentos de Las Crónicas de Narnia. La música es del gran compositor John Williams. Destaca la interpretación de Geoffrey Rush, como Hans, y de Emily Watson, como su esposa Rosa.

La novela refleja los recuerdos de la madre de Markus Zusak en su mas tierna infancia en la Alemania nazi. La acción tiene lugar antes y durante la Segunda Guerra Mundial, en un pequeño pueblecito de ficción denominado Molching, cerca de Munich, en Alemania. Nos narra la vida de una niña, llamada Liesel, que es adoptada por una familia, los Hubermann, Hans y Rosa, que no simpatizan con los nazis. De hecho, tienen a un judío llamado Max escondido en casa. La película gira en torno al amor de Liesel por los libros y las palabras. Hans, su padre adoptivo, enseña a Liesel a leer y Max le enseña a ver el mundo por medio de las palabras que se encuentran en los libros. La novela tiene varios recursos para comunicarnos la importancia del significado de las palabras. Uno de ellos es el de conservar algunas palabras claves en el alemán original, algo que también han respetado acertadamente en la cinta. Liesel se convierte en una voraz lectora de todo tipo de libros. Al final, incluso, puede expresar sus pensamientos y sentimientos por medio de palabras, llegando a convertirse también en una consumada narradora y escritora. Así, una historia de Liesel proporcionará consuelo a los que se se refugian bajo tierra durante uno de los bombardeos que sufre Molching. Y es que las las palabras son vida, como le dice Max a Liesel. Una de las estrofas del poema Madrigal del recientemente fallecido gran poeta de Tomelloso, Félix Grande, podría expresar lo que representa la palabra para este personaje de Liesel: 

“Palabra, me acompañas, me das la mano, eres

maroma en la cintura cada vez que me hundo;

cuando te llamo veo que vienes, que me quieres,

que intentas construirme un mundo en este mundo”

 

No es la primera vez que el cine trata el horror del nazismo, desde el punto de vista de los niños. Tenemos la también conmovedora La vida es Bella de 1997 o, más recientemente, El Niño con el Pijama de Rayas de 2008. La Ladrona de Libros aporta frescura y originalidad a un tema muy tratado, el horror nazi. Hay varios aspectos que me gustaría apuntar. De entrada, que el mal comienza con la quema de los libros. Hay una escena en la película en la que los nazis queman libros, que refleja su odio contra los libros que consideraban subversivos. Como destaca la novela igualmente, la quema de libros es una clara indicación de lo que se avecina, de la locura de los nazis contra los judíos y su sed de guerra. La película se rodó en Berlín. Uno de los recuerdos más vívidos que guardo de mi reciente visita a Berlín, es el lugar en el que los nazis, el 10 de mayo de 1933, quemaron 40.000 libros, justo enfrente de la Universidad, en el mismo corazón de la ciudad, en la Bebelplatz. Actualmente, un suelo de cristal recuerda ese ominoso acontecimiento. Allí mismo, hay igualmente una placa con una cita del gran poeta alemán Heinrich Heine, con una frase de 1817 que dice:

 

“Das war ein Vorspiel nur, dort wo man Bücher verbrennt, verbrennt man am Ende auch Menschen”

“Eso sólo fue un preludio, ahí en donde se queman libros, se terminan quemando también personas”

 

Resulta sobrecogedor pensar que, el lugar por donde han pasado y estudiado algunas de las mentes más prodigiosas de la humanidad (poetas como el mismo Heine, músicos como Félix Mendelssohn, científicos como Albert Einstein o Max Planck, filósofos como Georg Hegel, arquitectos como Walter Gropius, nacido en Berlín por cierto, o actrices como Marlene Dietrich, también berlinesa) pudiera asimismo ser el escenario pirómano que ya presagiaba uno de los fenómenos más irracionales y crueles de la historia de la humanidad, el nazismo.

 

Pero mientras unos queman libros, otros encuentran esperanza en las palabras de los libros y, por ello, aman los libros ¡hasta el punto de buscar rescatarlos de las hogueras! Liesel valora los libros como si fueran un tesoro. El título de la novela y de la película, La Ladrona de Libros, hace referencia, en realidad, al anhelo de Liesel por los libros. Es otro niño, que es su mejor amigo, Rudy, el que la llama ladrona de libros, aunque ella ¡sólo los toma prestados para leerlos! Me encanta. Necesitamos amar los libros. Creo que la película comunica bien este aspecto. Aún así, no solo se trata de tenerlos, sino de leerlos, ya sea en formato tradicional o digital. Debemos hacer de la lectura una prioridad de nuestras vidas, entre otras cosas porque, solo leyendo ampliamente, podemos desarrollar un espíritu inquieto y crítico, pero también justo y cabal. Es verdad que las palabras pueden manipular y engañar, pero, por otro lado, podemos dar sentido a la vida por medio de las palabras, y alcanzar a ver la realidad y la verdad de las cosas. Y este es el gran mensaje de la novela y de la película.

 

Con todos los libros que se han escrito, debemos leer los mejores. El libro de los libros es la Biblia, que contiene toda una biblioteca en sí misma, ¡66 libros! Es un solo libro porque contiene un solo tema que los unifica, Jesucristo. Liesel comienza a leer con ¡el manual de un sepulturero! Cuando lo termina, quiere volver a leerlo. ¡Cuanto más debemos releer la Biblia! Existen muchos libros, pero ninguno como la Biblia. Hay muchas palabras en este mundo, ahora bien, ninguna como la palabra de Cristo. Es el apóstol Juan el que presenta a Cristo como el eterno Verbo de Dios, es decir, la Palabra de Dios (Evangelio de Juan 1:1), que es Dios mismo. La Palabra por medio de la cual Dios ha creado el mundo y que es, por tanto, la estructura esencial detrás de toda la realidad. La Palabra por la que la Dios nos proporciona el significado objetivo de la vida. Cristo es el que por su palabra nos introduce al auténtico sentido de las cosas. Jesús es la verdad, la palabra encarnada de Dios. Solo podemos entender este mundo por la luz que ilumina a todo lo creado, el resplandor de la Palabra que ha tomado carne y que se comunica por la palabra. Hay una ocasión que relata el evangelio de Juan, en la que muchos de los discípulos de Cristo se ofenden por la enseñanza que estaba dando Jesús. Jesucristo, entonces, se dirige a su círculo más íntimo, los doce, y les pregunta si ellos también le abandonarán. Entonces, Pedro le dice a Cristo: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Evangelio de Juan 6:68). Sólo la palabra de Jesús proporciona vida duradera y en abundancia (Evangelio de Juan 10:10). Las palabras pueden dar esperanza, pero no hay esperanza como la que trae la palabra del Verbo de Dios.

Artículo escrito por José Moreno Berrocal y publicado originalmente en el periódico "El Semanal de La Mancha" el viernes 14 de febrero de 2014. Publicado con permiso.
 
 

La Navidad debe servirnos, fundamentalmente, para recordar la encarnación del Hijo de Dios. Es una ocasión más para profundizar en el significado y en el propósito de la venida del Hijo del Altísimo al mundo. Hay, por lo menos, cinco elementos esenciales que, juntos, nos dan una imagen adecuada de lo que hay detrás de la encarnación de Jesucristo. En primer lugar, que el eterno Hijo de Dios bajó del cielo a la tierra. Hay una condescendencia divina en tal acción. Pero para poder apreciarla es necesario darnos cuenta de que esta afirmación implica, obviamente, la preexistencia de Cristo Jesús. La Escritura, incluso, va más allá y nos dice que el que descendió a la tierra es Dios mismo. En segundo lugar, hemos de notar que este Hijo eterno de Dios fue concebido por el poder del Espíritu Santo en el vientre de María, sin intervención de varón (Evangelio de Lucas 1:31). En palabras del ángel Gabriel a María: “Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre JESÚS”. Estamos ante un hecho portentoso, sin igual en la historia de la humanidad. Algunos dudan de este milagro y sostienen que las gentes de aquella época eran muy crédulas. Pero nosotros, sin embargo, añaden los hombres y mujeres del siglo XXI, no podemos dejarnos llevar por semejante suposición. Aparte del hecho de que esta afirmación revela nuestra propia soberbia, al sentirnos superiores a otros que vivieron en otras épocas, no está tampoco reflejando, ni de lejos, la verdad. La misma Virgen sabe que concebir sin varón es imposible y, por eso, le dijo al ángel: “¿Cómo será esto? pues no conozco varón” (Evangelio de Lucas 1:34). La respuesta de Gabriel muestra que sólo Dios mismo puede realizar semejante prodigio: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios” (Evangelio de Lucas 1:35). Ante semejante milagro, otros añaden que no lo creen porque ese tipo de concepción no tiene lugar ahora. La respuesta es sencilla, estamos ante el nacimiento de un Santo Ser, del Hijo eterno de Dios, y esto sólo ocurrió una vez. Además, si milagros como este sucedieran todos los días, de una manera cotidiana, no habría manera de saber que estamos ante una señal sobrenatural que apunta a una intervención directa de Dios en este mundo con un propósito salvador. Otros argumentan que los cristianos debieron tomar esta historia de la mitología pagana, pues en ellas se afirma que Hércules y Perseo eran hijos de los dioses. O quizás a imitación de las leyendas acerca de los nacimientos de Platón y Alejandro Magno. Pero hay una diferencia capital. La idea de los paganos contiene el elemento de las relaciones sexuales o algún tipo de relación carnal o material. Es decir, ellos creían que había una relación sexual entre los dioses y los humanos. Hay un elemento de amor erótico del dios para con la mortal. En el caso de Jesús no hay tal cosa en absoluto. Pero, en tercer lugar, Cristo nació de una mujer virgen. Precisamente porque Cristo fue concebido por el Espíritu Santo en el vientre de su madre, pudo nacer de una virgen. Este hecho ya había sido anunciado siglos antes por el profeta Isaías: “He aquí, una virgen concebirá y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros” (Libro del profeta Isaías 7:14 citado en el Evangelio de Mateo 1:23). Los evangelios tienen mucho cuidado de apuntar que Jesús nació antes de que José y María consumasen su matrimonio. Así Mateo nos dice que: “El nacimiento de Jesucristo fue así: Estando desposada María su madre con José, antes que se juntasen, se halló que había concebido del Espíritu Santo” (Evangelio de Mateo 1:18). Cristo no es el fruto de la unión de José y María. De hecho, Mateo nos dice que José “no tuvo relaciones conyugales con María hasta que dio a luz un hijo, a quien puso por nombre Jesús” (Evangelio de Mateo 1:25). Volviendo a las supuestas similitudes con el paganismo en la historia del nacimiento de Jesús, debemos percatarnos de que las historias paganas no contienen ninguna noción de nacimiento virginal como tal. Son relaciones de dioses y de mortales, y el fruto de las mismas no nacía de una virgen precisamente. El nacimiento virginal de Cristo es una de las doctrinas distintivas de la fe cristiana. En cuarto lugar, debemos notar que Jesucristo era sin pecado, era un Santo Ser. Por ello, Cristo pudo retar posteriormente a sus enemigos diciéndoles: “¿Quién de vosotros puede probar que soy culpable de pecado?” (Evangelio de Juan 8:46). Sólo ha habido uno sin pecado, y este es Jesús. Sólo así podía ser nuestro Salvador del pecado: “De modo que Jesús es precisamente el sumo sacerdote que necesitábamos. Él es santo, sin maldad, y sin mancha, apartado de los pecadores y puesto más alto que el cielo” (Epístola a los Hebreos 7:26). Finalmente, es necesario darse cuenta de que, como resultado de la encarnación, Jesucristo no deja de ser Dios por ser hombre. Es ahora Dios verdadero y hombre perfecto. Es una sola persona, el Hijo del Altísimo, en dos naturalezas, una divina y otra humana (Evangelio de Juan 1:1-3, 14, 18).

El propósito de la encarnación del Hijo de Dios está igualmente revelado en las Escrituras. Tiene que ver con nuestra salvación. Como lo enseña el apóstol Pablo: “Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero” (1ª Epístola a Timoteo 1:15). Para salvarnos, el Hijo de Dios se encarnó con el objetivo de identificarse con la humanidad perdida en el pecado. Como dice el autor de la Epístola a los Hebreos: “Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo... Porque ciertamente no socorrió a los ángeles, sino que socorrió a la descendencia de Abraham. Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos...” (Epístola a los Hebreos 2:14a, 16, 17). Jesús creció hasta llegar a ser un hombre adulto. Y como tal, voluntariamente, sufrió la muerte de cruz para que, por medio de su sacrificio, nuestros pecados pudieran ser perdonados. Como dice el apóstol Pedro: “Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos para llevarnos a Dios” (1ª Epístola de Pedro 3:18). También las Escrituras nos enseñan que Dios es glorificado en la exhibición de su propósito salvador en Cristo. Y es que la encarnación del Hijo de Dios muestra el gran amor de Dios: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Evangelio de Juan 3:16).

Pero recordar el mensaje de la Navidad debe llevarnos a apropiarnos personalmente del significado y propósito de la encarnación del Hijo de Dios. Cuando Pablo escribe que Cristo vino al mundo a salvar a los pecadores, se reconoce pecador, incluso dice que es el primer pecador. Cristo afirma que ha venido, no a llamar a los justos, sino a los pecadores al arrepentimiento (Evangelio de Lucas 5:32). Cristo nos invita a abandonar el pecado porque Él se encarnó para acabar con el pecado, su culpa, tiranía y consecuencias. Jesús asentó un golpe mortal y definitivo al pecado en la cruz. Como asevera el apóstol Pedro “Cristo llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero” (1ª Epístola de Pedro 2:24). Ahora, por la fe en Cristo, recibimos el perdón de todos los pecados y la seguridad de la vida eterna. Deja, pues, a un lado el pecado y cree que el Eterno Hijo de Dios se encarnó para dar su vida en la cruz en rescate por pecadores como nosotros. Así estarás haciendo tuyo el mensaje de la Navidad.

Artículo escrito por José Moreno Berrocal y publicado originalmente en el periódico "El Semanal de La Mancha" el viernes 20 de diciembre de 2013. Publicado con permiso.
 
   

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