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Acaban de cumplirse 50 años de la muerte del profesor y escritor británico, de fe cristiana, C. S. Lewis, el autor de Las Crónicas de Narnia. Lewis había nacido en Belfast, Irlanda del Norte, el 29 de noviembre de 1898. Existe una película por la que podemos aproximarnos en parte a la figura de este académico británico. Se titula Shadowlands, Tierras de Penumbra, en castellano. Con la dirección de Richard Attenborough, el director de la gran cinta Gandhi, un gran Anthony Hopkins hace de C. S. Lewis y Debra Winger de su esposa Joy. La película no es completamente fiel a la vida de Lewis, pero refleja algo de lo que fue otro aspecto fundamental de la misma, su inesperada relación y matrimonio con Helen Joy Davidman Gresham. Su muerte, acaecida el 22 de noviembre de 1963, en su casa de Oxford, coincidió con el asesinato del presidente norteamericano John F. Kennedy. Y aunque los medios se hicieron eco de la noticia de su muerte, esta quedó sepultada en el alud de noticias que produjo la conmoción por el magnicidio de Kennedy. Muchos pensaron que esto sería una señal de lo que ocurriría también con la obra de Lewis. Lo curioso es que, lejos de disminuir, su influencia ha seguido creciendo hasta nuestros días, de tal manera que, 50 años después, los escritos de Lewis continúan mostrando una inusual pertinencia en muchas áreas. Así, en lo que se refiere a la fe cristiana, por ejemplo, son incontables las personas que, desde entonces, han venido a identificarse con el cristianismo por sus escritos. Valgan dos ejemplos como botón de muestra. En primer lugar, el de Chuck Colson, consejero especial de otro presidente norteamericano, Richard Nixon. Colson, que cumplía condena en una cárcel por el Watergate, se convirtió a Dios por medio de la lectura de uno de los libros más famosos de Lewis, Mero Cristianismo. Uno de los últimos testimonios es el de Francis S. Collins, el famoso director del Instituto Nacional para la Investigación del Genoma Humano, premio Príncipe de Asturias 2001, que fue nombrado por el presidente Barack Obama director de los Institutos Nacionales de Salud de EE.UU. Collins se convirtió al cristianismo evangélico leyendo ese mismo libro de C. S. Lewis, Mero Cristianismo. La trayectoria vital de Collins, así como su posición científica, se encuentran en su libro ¿Cómo Habla Dios? La Evidencia Científica de la Fe. Lewis, 50 años después de su muerte, no ha perdido su relevancia. Tenemos que plantearnos qué factores hacen que su pensamiento, plasmado en multitud de libros, tenga tanta pujanza. Es decir, estamos tratando de desentrañar su legado en pleno siglo XXI.

No hay duda alguna de que su legado está fundamentalmente ligado a Las Crónicas de Narnia. Colin Duriez, uno de los grandes expertos a nivel mundial en su obra nos dice que: “Cuando C. S. Lewis escribió las siete Crónicas de Narnia, se consagró por entero a su obra, tanto personal como intelectualmente”. Estos siete libros pertenecen a un género literario denominado cuento de hadas. Son, por orden de publicación, los siguientes: 1. El León, la Bruja y el Armario (1950), 2. El Príncipe Caspian (1951), 3. La Travesía del Viajero del Alba (1952), 4. La Silla de Plata (1953), 5. El Caballo y el Muchacho (1954), 6. El Sobrino del Mago (1955) y 7. La Última Batalla (1956). Las Crónicas de Narnia se han convertido ya en un clásico a la altura de libros como Alicia en el País de las Maravillas de L. Carroll, Peter Pan de J. M. Barrie, The Wind in the Willows de K. Grahame o El Hobbit y El Señor de los Anillos, otro gran clásico moderno, obra del amigo de C. S. Lewis, J. R. R. Tolkien. Se calcula que se han vendido 100 millones de ejemplares de Las Crónicas de Narnia, traducidos a 41 idiomas desde el comienzo de la publicación de los libros en la década de los 50 del siglo pasado. Las historias de Narnia se han difundido, aún más si cabe, por las últimas películas que se han hecho sobre algunas de las mismas, recientemente. Es curioso también apuntar aquí, en cuanto a la impronta de Lewis, como J. K. Rowling, la autora de la también famosísima saga de Harry Potter, es una ferviente admiradora de sus escritos a los que rinde homenaje en su propia obra. También es, aparentemente, cristiana de confesión protestante.

Las Crónicas de Narnia son un delicioso entretenimiento. Pero el género literario de estos libros, el cuento de hadas, permite también que, además de diversión, podamos reflexionar por medio de Las Crónicas de Narnia en otras realidades incluso más evidentes que las que llamamos la verdadera realidad. Entre estas podemos destacar la existencia de otro mundo espiritual y la realidad del mal y su poder. También, por medio del personaje principal de las mismas, un león parlante llamado Aslan, Las Crónicas de Narnia nos invitan a pensar en la persona y obra del personaje histórico y real más atractivo de la humanidad: Jesucristo. Y esa es la gran verdad detrás de la fantasía de Las Crónicas de Narnia, la atractiva y cautivadora realidad de Jesucristo, la auténtica realidad detrás de la fantasía, el legado de C. S. Lewis en Las Crónicas de Narnia.

Aunque son muchos los temas tratados en Las Crónicas de Narnia, la relevancia del legado de Lewis por medio de estos libros no puede explicarse adecuadamente sin tener en cuenta su conversión al cristianismo, entre finales de la década de los años 20 y principios de la de los años 30 del siglo pasado. Este aspecto de su vida merece especial atención por ser el más fundamental. Su experiencia está relatada en otro libro fascinante, titulado Sorprendido por la Alegría. Lewis, que había sido educado en la fe cristiana protestante, la abandonó paulatinamente en su juventud para abrazar el ateísmo y el materialismo como únicas explicaciones plausibles de la realidad. En otro libro suyo, El Regreso del Peregrino, Lewis relata en forma alegórica su conversión desde el punto de vista de las ideas. Allí nos dice que su propia evolución había ido “desde el realismo popular (por realismo popular Lewis quería decir que el mundo de los sentidos era la única realidad, es decir, el materialismo) al idealismo filosófico, del idealismo al panteísmo, del panteísmo al teísmo y del teísmo al cristianismo”. En este camino de vuelta a la fe, en sus propios términos, de Puritania a Puritania, jugó un papel fundamental la lectura del Nuevo Testamento. Al mismo tiempo ese viaje por esas distintas estaciones del pensamiento lo capacitó, de una manera admirable, para llegar a ser, como se le llegó a apodar, el apóstol de los escépticos. Lewis entiende perfectamente a los que no creen en Dios, pues él mismo transitó por esas mismas sendas de incredulidad durante muchos años. Por ello, toda su obra proporciona, con una maestría casi insuperable, respuestas coherentes a los que dudan de la existencia de Dios. Con un lenguaje llano y sugerente, Lewis presenta elegantemente (no en vano fue tutor y profesor, respectivamente, en las dos Universidades más prestigiosas de Inglaterra, Oxford y Cambridge) la verdad del mensaje de Cristo. Su legado es, pues, una apologética integral del cristianismo, es decir, una defensa de la fe cristiana de una manera global. En otras palabras, las evidencias cristianas apelan eficazmente a todas las facultades humanas, mente, sentimientos y voluntad. Lewis destaca la primacía de la razón y la imaginación a la hora de encontrarnos con Dios. Pero no haríamos justicia a Lewis si no dijéramos que es Dios el que, en realidad, sale a nuestro encuentro. En su gran libro sobre Los Milagros observa que: “nunca tuve la experiencia de buscar a Dios, fue exactamente a la inversa, Él fue el cazador (o eso me pareció) y yo la presa”. Y es que la experiencia de Lewis es la que Isaías mismo nos relata cuando afirma Dios que “fui buscado por los que no preguntaban por mí; fui hallado por los que no me buscaban. Dije a gente que no invocaba mi nombre: Heme aquí, heme aquí” (Isaías 65:1). Dios, para Lewis, es el Gran Interferidor, el que nos muestra lo que no nos gusta acerca de nosotros mismos. Dios nos confronta con lo que apenas sospechábamos que éramos, transgresores delante de Dios y de los hombres, y nos muestra la gloria del único que puede salvarnos, Jesucristo, el Hijo de Dios.

Por esto, el legado de C. S. Lewis por medio de Las Crónicas de Narnia consiste en una atenta mirada, sólidamente anclada en el Nuevo Testamento, a la persona de Jesús. Una reflexión expresada de una manera creativa, en un género, quizás sorprendente para muchos, pero siempre fruto de un encuentro personal con el Jesús que presentan las Escrituras.

Artículo escrito originalmente por José Moreno Berrocal, escritor, conferenciante y miembro del Ateneo de Alcázar de San Juan, para la revista del Ateneo, edición 2013. Publicado con diversos cambios.
 
 

Me alegro mucho de la concesión del premio Príncipe de Asturias de las Letras 2013 a Antonio Muñoz Molina. Nacido en Úbeda (Jaén) en 1956, este autor andaluz ha recibido ya otros premios. Entre otros galardones, obtuvo el premio Ícaro de literatura en 1986 por su primera novela Beatus Ille, y el Premio Nacional de Literatura y el de la Crítica en 1988 por El invierno en Lisboa. También recibió el Planeta en 1991 por El jinete polaco. Algunas de sus novelas han sido llevadas al cine, como Beltenebros por Pilar Miró o Plenilunio por Manuel Uribe. Otras novelas son Sefarad y Ventanas de Manhattan. Muñoz Molina también es articulista. Así, La vida por delante, publicado en 2002, es una colección de artículos que aparecieron en el dominical de El País desde 1997. Su última obra, publicada este mismo año, Todo lo que era sólido, se ocupa de analizar con acierto, rigor y amenidad los efectos de la crisis que padecemos ahora en España. Académico de la Lengua desde 1995, ha sido también director del Instituto Cervantes de Nueva York. A mí me encanta la colección de artículos y ensayos publicada bajo el nombre de Pura alegría, una auténtica joya en la que Muñoz Molina desvela algunas de las claves de su vocación literaria.

Pero mi interés en su persona y obra se debe a varios factores. De entrada, me identifico con algunos de los escritores y libros que señala como de cierta importancia en su formación como escritor, por ejemplo el olvidado pero genial Benito Pérez Galdós o Julio Verne. Al igual que Muñoz Molina, disfruté mucho leyendo los libros de Verne. La combinación de misterio, viaje y compañerismo me resultaba y resulta muy atractiva. También me gusta mucho, como a él, el poeta T.S. Eliot. El primer capítulo de su novela Beatus Ille comienza con una cita de Eliot: mixing memory and desire, es decir, mezclando la memoria y el deseo. Aprecio su incesante desafío a que conozcamos a los grandes escritores y que anime a todos a leer y releer las grandes obras de la literatura. Indudablemente, me impresiona su poder de descripción de la España de su infancia, que aparece en muchas de sus obras y que me hace rememorar, vívidamente, lo que también experimentamos muchos en nuestra juventud. Pero, particularmente, me complace su admisión de que la Biblia y el Quijote tienen para él “una íntima relevancia personal”. Me encanta que confiese la deuda de gratitud que tiene para con dos de los libros que han conformado nuestra civilización occidental, la Biblia y el Quijote. Pocos son los intelectuales que se expresan con esa franqueza en cuanto a la Biblia. Yo no podría entenderme sin estos dos libros, igualmente.

En concreto, valoro su reconocimiento a la influencia de la Biblia en la creación de muchos de los principios que hoy damos por sentado como sociedades avanzadas, sin que apenas unos pocos lo reconozcan o se aperciban de ello. Por otro lado, me conmueve su sincero homenaje a la Biblia y, en particular, a la versión de la Biblia conocida como Reina Valera. Esta es la versión que maneja Don Mercurio, el médico de Mágina, en El jinete polaco. Dejo ahora la pluma a nuestro flamante Príncipe de Asturias: “Leer la Biblia en privado y en el propio idioma, sin la mediación policial del clero, es uno de los actos que establecen la modernidad de la conciencia europea. El libre examen es la base de la libertad del pensamiento, y hasta del modo cotidiano y solidario en el que ahora leemos cualquier libro. Por nuestra feroz tradición católica y contrarreformista, los españoles no nos hemos educado leyendo la Biblia, y cuando esta empezó a difundirse de verdad en España, cuando se puso de moda entre las familias de clase media tener una Biblia con tapas repujadas en el comedor, la traducción que se publicaba estaba escrita en un castellano sin color ni sabor, sin ninguna belleza y con grandes dosis de pudibundez... pero existía una Biblia en español desde el último tercio del siglo XVI, en un español que tiene toda la furia y toda la poesía del español de La Celestina, toda la abundancia selvática del idioma en el que están escritas las crónicas de Indias, el descaro del Lazarillo, la solemnidad temible de la gran arquitectura y de la música religiosa de entonces. Me estoy refiriendo a la traducción de la Biblia de Casiodoro de Reina, completada por Cipriano de Valera y publicada en Amberes en 1576. Publicada, claro, en el destierro, por un fraile hereje, y leída clandestinamente a lo largo de los siglos por los protestantes españoles, pero inaccesible para casi todos...”. Y es que es una lástima que se desconozca, o se quiera ignorar, que España posee una Biblia que está a la altura, en calidad literaria, a las que han conformado la literatura de otros países, como es la Biblia de Lutero en cuanto al alemán, o la versión del Rey Jaime con respecto al inglés.

Por lo que respecta al Quijote, me identifico perfectamente con Muñoz Molina cuando afirma que, a pesar de todas las apariencias, es un libro poco leído: “Así que puede decirse que el Quijote en España, ha sido un libro tan secreto como la Biblia erasmista del siglo XVI, y que la ironía de Cervantes y su invención radical de eso que llamamos la novela pertenecen más a la tradición inglesa que a la española. Cervantes, como habría dicho su enemigo, Lope, resulta ser un peregrino en su patria. Pero es que algunos de los mejores españoles han sido peregrinos y expulsados, traidores a España”. Curiosamente, Cervantes es también un gran conocedor de la Biblia, a la que cita y alude, con frecuencia, en su Quijote, algo a lo que, precisamente por el desconocimiento de la Biblia entre nosotros, pocos han prestado atención o incluso notado.

Finalmente, me resulta fascinante lo que Muñoz Molina denomina “nuestro derecho al pasado”. Entiendo esta afirmación como advertencia a no olvidar, o dejar que “nos lo olviden”, si se me permite la expresión. Pero también como nuestro derecho a conocerlo mejor, y darlo a los cuatro vientos, y esto para que enriquezca nuestro presente y nuestro porvenir. Es lo que podríamos denominar la memoria recuperada y asimilada o, en las palabras de T.S. Eliot que tanto gustan a nuestro autor, “not the pastness of the past, but its presence”, algo así como “no lo que tiene de pasado el pasado, sino lo que tiene de presente”. En Muñoz Molina esta presencia del pasado es esencial, a mi modo de ver, en el sentido, entre otros que se pudieran hallar, de no olvidar lo tenebroso del mismo para que no se vuelva a caer en la tentación de repetirlo. En las palabras de una gran frase de Milan Kundera, que cita Muñoz Molina: “la lucha de la memoria contra el olvido es la lucha de la libertad contra la tiranía”. Rescatar algunas de las páginas más desdeñadas de nuestro pasado será una de las maneras de contribuir a construir un presente, y un futuro más esperanzador para nuestra gran nación española. Dejo, nuevamente, la palabra a Antonio Muñoz Molina: “En la escuela franquista nos enseñaban un pasado de reconquistas, glorias militares y heroicidades religiosas, y borraban cualquier posibilidad de que conociéramos otro pasado, el que ahora podría ser más fértil para nuestro presente, el de una tradición literaria de cosmopolitismo, tolerancia y verdad, que va desde la obra de Ibn Hazm al Arcipreste de Hita, a Fernando de Rojas, a Cervantes, a Casiodoro de Reina, a Blanco White, a don Manuel Azaña, a tantos rebeldes y tantos desterrados que yacen ahora en el limbo absoluto del desconocimiento y que podrían alimentar no solo nuestra imaginación literaria sino nuestra dignidad civil”. Y es que conviene la recuperación de lo mejor de nuestro pasado pues, entre otras cosas, nos ayudará también a aceptar la pluralidad de nuestra nación española. En otras palabras, a abandonar la mítica creencia de que ser español es sólo lo que a unos españoles, en particular, les parece que significa ser español. Lo que afirma Florencio, uno de los personajes de El jinete polaco, cuando le dice a otro, llamado Chamorro, que él, Florencio, es: “Católico, Chamorro, católico, apostólico y romano, a fuer de buen español". El teniente Chamorro dio un golpe con los nudillos en la mesa: "Ya empezamos, hombre. Y yo entonces, porque no voy a misa, ¿soy turco?”.

Artículo escrito por José Moreno Berrocal y publicado originalmente en el periódico "El Semanal de La Mancha" el viernes 1 de noviembre de 2013. Publicado con permiso.
 
 

Resulta fascinante observar el contexto en el que aparece la palabra fiesta en el evangelio. Aparece en una de las parábolas más conocidas de Jesús, la parábola que conocemos como del hijo pródigo, que se encuentra en el capítulo 15 del evangelio de Lucas: “11 También dijo: Un hombre tenía dos hijos; 12 y el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde; y les repartió los bienes. 13 No muchos días después, juntándolo todo el hijo menor, se fue lejos a una provincia apartada; y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente. 14 Y cuando todo lo hubo malgastado, vino una gran hambre en aquella provincia, y comenzó a faltarle. 15 Y fue y se arrimó a uno de los ciudadanos de aquella tierra, el cual le envió a su hacienda para que apacentase cerdos. 16 Y deseaba llenar su vientre de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba. 17 Y volviendo en sí, dijo: !!Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! 18 Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. 19 Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros. 20 Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó. 21 Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo. 22 Pero el padre dijo a sus siervos: Sacad el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies. 23 Y traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta; 24 porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado. Y comenzaron a regocijarse. 25 Y su hijo mayor estaba en el campo; y cuando vino, y llegó cerca de la casa, oyó la música y las danzas; 26 y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. 27 Él le dijo: Tu hermano ha venido; y tu padre ha hecho matar el becerro gordo, por haberle recibido bueno y sano. 28 Entonces se enojó, y no quería entrar. Salió por tanto su padre, y le rogaba que entrase. 29 Mas él, respondiendo, dijo al padre: He aquí, tantos años te sirvo, no habiéndote desobedecido jamás, y nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos. 30 Pero cuando vino este tu hijo, que ha consumido tus bienes con rameras, has hecho matar para él el becerro gordo. 31 Él entonces le dijo: Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas. 32 Mas era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano era muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado” (Evangelio de Lucas 15:11-32).

La fiesta es descrita en la parábola con todo lujo de detalles: incluye el mejor ajuar: “Sacad el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies” (v.22). También el más exquisito de los platos: “Y traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta” (v.23), junto con música y danzas de la que disfrutan o deben disfrutar todos los habitantes del hogar del padre: “hagamos fiesta” (v.23), dice el padre. La fiesta no sería fiesta sin que todos juntos compartan la alegría. Asimismo es significativo que la palabra fiesta aparezca dos veces en esta breve parábola. En ambas ocasiones, manifiesta la satisfacción del padre de la parábola por el regreso de su hijo al hogar. En primer lugar, delante de los siervos de la casa y, posteriormente, ante su otro hijo que, enfadado, no quería participar de la fiesta. Pero, sin duda alguna, lo fundamental de la parábola estriba en la razón que esgrime el padre para celebrar la fiesta. Hasta dos veces nos lo cuenta Jesús: “porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado” (v.24), o como se lo expresa ante el recalcitrante hermano: “Mas era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano era muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado” (v.32). El corazón del padre, pues, busca celebrar la vuelta de su hijo a casa. Aquel que estaba perdido y muerto, ahora ha sido hallado y ha revivido. Esa transición de un estado de perdición a otro de salvación comenzó con un cambio en la manera de pensar: “Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros” (v.17-19). Una nueva forma de ver las cosas que le movió a regresar a su padre: “Y levantándose, vino a su padre” (v.20). Esto es lo que conocemos con la palabra arrepentimiento. Un reconocimiento de nuestro pecado y un abandono del mismo. El arrepentimiento es, también, el nexo de unión de las otras dos parábolas que Lucas nos trae en el capítulo 15 de su evangelio. La de la oveja perdida termina así: “Os digo que así habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan de arrepentimiento” (Evangelio de Lucas 15:7). La de la moneda perdida concluye así: “Así os digo que hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente” (Evangelio de Lucas 15:10). Según el maestro de Nazaret, hay una conexión inevitable entre el arrepentimiento y el gozo, ya sea en ¡la tierra o en el cielo! ya sea ¡entre los hombres o entre los ángeles!

El padre de esta parábola claramente presenta al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. Este padre es descrito como “movido a misericordia”, lo cual refleja perfectamente al Dios del Antiguo Testamento, el Dios que revela su gloria a Moisés como el único Dios que es grande en misericordia y clemencia, (Libro de Éxodo 34:6-7). Y es que la misión de Cristo es la de mostrarnos el corazón paternal del Padre, algo que alcanza un punto culminante en esta parábola. Este Dios es el Dios cuya misericordia le lleva a perdonar el pecado de los que, sin ningún tipo de excusas, lo confiesan avergonzados y se apartan del mal camino. Esto es lo que hace el hijo pródigo cuando regresa a su hogar: “Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo…” (v.21).

De la misma manera, nosotros hoy también podemos estar seguros de que, por muchos que hayan sido nuestros pecados y ofensas contra Dios y contra nuestro prójimo, tenemos siempre un camino de vuelta al Padre por medio de la obra de Jesucristo en la cruz. Un regreso que implica el reconocimiento de nuestra rebelión contra Dios y del daño causado a otros. Lo sorprendente es que, al igual que el padre de la parábola, nuestro Dios y Padre nos recibirá también a nosotros si nos volvemos a Él. Es más, ¡habrá una fiesta! Toda fiesta, pues, debe recordarnos la fiesta a la que todos deberíamos querer asistir, ¡la que celebra nuestro arrepentimiento y, sobre todo, la sorprendente misericordia de Dios para los que acuden a Él por medio de la sangre de Jesucristo derramada para borrar nuestro pecado! Que estas fiestas te muevan a no olvidar que con Dios siempre hay esperanza y una fiesta eterna preparada para los que acuden a Él arrepentidos en Cristo.

Artículo escrito por José Moreno Berrocal y publicado originalmente en el periódico "El Semanal de La Mancha" el viernes 30 de agosto de 2013. Publicado con permiso.
 
   

El Hobbit: cuando lo inesperado nos encuentra

Creo que somos muchos los que estábamos aguardando con mucha ilusión el estreno de la última película del Peter Jackson, El Hobbit: Un viaje inesperado. Había disfrutado tanto con las películas anteriores sobre la saga de El Señor de los Anillos: La Comunidad del Anillo, Las Dos Torres y El Retorno del Rey, que estaba seguro de que esta película sobre El Hobbit no me dejaría indiferente tampoco. Es verdad que, comparada con las anteriores, es, sin duda alguna, inferior. También es cierto que este cuento de El Hobbit se presentará en tres películas y que, por ello, solo podremos valorarlas de verdad al final. Pero en cualquier caso, esta película me recordó un período feliz de mi vida, cuando mis hijas eran pequeñas y les leía cuentos. Entre otros recuerdo especialmente Alicia en el País de las Maravillas, de Lewis Carroll y The Wind in The Willows, de Kenneth Grahame, con Mole, Ratty y Toad. Otro de esos cuentos fue El Hobbit, de J.R.R. Tolkien (1892-1973). Posteriormente pasamos a leer, ya cada uno por su cuenta, El Señor de los Anillos y juntos vimos las otras películas de Peter Jackson.

En mi caso, curiosamente, llegué a Tolkien por medio de C.S. Lewis, el autor de Las Crónicas de Narnia. Lewis profesaba una profunda admiración por Tolkien y su obra. De hecho, fue una conversación con Tolkien mismo y con Hugo Dyson, el 19 de septiembre de 1931, y que duró ¡hasta las cuatro de la mañana!, lo que puso a Lewis en un viaje de vuelta al cristianismo en el que había sido educado durante su infancia. Lewis fue también el primer lector de El Hobbit y aquél que animó a Tolkien a publicarlo. Se dice que, si no hubiera sido por Lewis, Tolkien nunca se habría atrevido a publicar este cuento. Parece que Tolkien lo escribió, originalmente, para entretener a sus propios hijos. El Hobbit es un cuento que pertenece a un género literario conocido como literatura fantástica. El Hobbit nos cuenta la historia de unos seres creados por Tolkien llamados hobbits, pequeños, pero no tanto como los habitantes de Liliput, con pelos en los pies, sigilosos, se pueden mover sin hacer ruido, y que viven en agujeros en la tierra, pero limpios y bien cuidados y abastecidos. Parece que el hobbit representa al inglés medio que Tolkien conoció en las trincheras de la 1ª Guerra Mundial. Está excelentemente escrito y es un auténtico placer el poder leerlo o releerlo, como aconsejaba Lewis. Muchos desechan este tipo de literatura, como si el hecho de ser, aparentemente, para niños la hiciera incompatible para los adultos, pero esto es un grave error. Como decía C.S. Lewis a Lucy Barfield, en las palabras introductorias a su famoso cuento El León, la Bruja y Armario que le dedicó: "algún día serás lo bastante mayor como para volver a leer cuentos de hadas”. Por medio de esta afirmación, Lewis quiere mostrar la relevancia de este género literario para todos. Recientemente veíamos en el ciclo de cine del Ateneo, hábilmente dirigido por Álvaro Tejero, un corto del japonés Osamu Tezuka, considerado el padre del “manga”, titulado Sirena. Tezuka insiste, igualmente, en la hostilidad y resistencia que despierta la fantasía en muchos. Es evidente que los cuentos de hadas deben, ante todo, divertirnos y entretenernos. Pero es que, además, nos hacen ver la auténtica realidad ¡de nuestro propio mundo! Esto lo hacen al presentarnos un mundo paralelo con claridad, sencillez y nítidos perfiles que hacen inconfundibles los grandes temas trascendentales que son, verdaderamente, los que también debemos afrontar en nuestro mundo, pero que queremos ignorar o evadir cuidadosamente. En particular, en la literatura de Tolkien hay un elemento central, a mi modo de ver: la realidad de un mundo esclavizado al poder corruptor del mal. Ese poder siniestro está representado en la obra de Tolkien por medio del anillo de poder. En esta obra de El Hobbit aparece en la codicia representada por Smaug, el avaricioso dragón. La codicia tienta a todos, incluidos los personajes más buenos del cuento, los enanos e, incluso, al mismo hobbit Bilbo Bolsón. Releyendo El Hobbit uno puede ver certeramente delineada también lo que todos ya sabemos sobre la actual crisis mundial, que no es otra cosa sino una pavorosa expresión de la codicia humana. Como dice el apóstol Pablo, “porque raíz de todos los males es el amor al dinero” (1ª Epístola a Timoteo 6:10).

Pero, concretamente, en cuanto a la película El Hobbit: Un viaje inesperado, la idea que se nos comunica es la de las sorpresas que puede depararnos la existencia. La vida puede traer maravillas insospechadas, ya que puede salir a nuestro encuentro lo inimaginable. Lo inesperado puede invadirnos y trastocar nuestra ansiada quietud. Bilbo Bolsón es un hobbit que lleva una vida tranquila y sin sobresaltos. Esa existencia callada y placentera se verá alterada por la venida de un mago llamado Gandalf y una serie de enanos que irrumpen en su vida y le acabarán dando otro sentido a su propia existencia. Bilbo emprenderá con los enanos un viaje inesperado. En su compañía correrá muchas aventuras raras y peligrosas. Pero siempre salen adelante pues reciben, en todo momento, una ayuda inopinada para completar su misión. Bilbo Bolsón ya no será el mismo después de esta aventura. Tolkien, aparentemente y a diferencia de Lewis, era más bien reticente a ver significados cristianos en su obra. Aún así, resulta evidente que su literatura puede ilustrar algunos temas de la fe cristiana. Por ejemplo, El Hobbit puede así aludir a la intervención de Dios en nuestras vidas: el encuentro con Dios. Muchos tenemos esa experiencia. No fuimos nosotros los que buscamos a Dios, sino que fue Dios mismo el que nos salió al encuentro. Esto es lo que la Biblia llama también la gracia de Dios. El hecho de que Dios no nos salva por merecerlo. Como dice el profeta Isaías 65:1 “Fui buscado por los que no preguntaban por mí; fui hallado por los que no me buscaban. Dije a gente que no invocaba mi nombre: Heme aquí, heme aquí”. El testimonio de muchos de nosotros es el de haber sido encontrados por un Dios que nos mostró su gloria en Cristo y nos atrajo así eficazmente a Él. Y esto para llevar a cabo una misión en la vida que es como una aventura. Como dice la Biblia acerca de Abraham y Sara, todo discípulo de Cristo es como un extranjero y un peregrino sobre la tierra, epístola a los Hebreos 11:13 “Conforme a la fe murieron todos éstos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra”, o epístola a los Hebreos 13:12-14 “Por lo cual también Jesús, para santificar al pueblo mediante su propia sangre, padeció fuera de la puerta. Salgamos, pues, a él, fuera del campamento, llevando su vituperio; porque no tenemos aquí ciudad permanente, sino que buscamos la por venir”. En esta peregrinación Dios nos preserva, en todo momento, para un propósito que no entendemos totalmente por medio de una ayuda inesperada. Esta visión providencial de la existencia, en la que Dios sale siempre a nuestro encuentro para protegernos, incluso cuando nosotros no nos damos cuenta de su ayuda y no podemos encontrar un patrón lógico en lo que nos sucede, es lo que puede ilustrar, finalmente, El Hobbit. Dios puede usarnos para alguna misión (aunque esto resulte inesperado y sorprendente) y conducirnos de vuelta a nuestro hogar. Y aunque, obviamente, no aparece hasta la conclusión del cuento, Tolkien parece señalar a una especie de "guía" en El Hobbit. Así es como concluye la obra:

-¡Entonces las profecías de las viejas canciones se han cumplido de alguna manera! -dijo Bilbo.

-¡Claro! -dijo Gandalf- ¿Y por qué no tendrían que cumplirse? ¿No dejarás de creer en las profecías solo porque ayudaste a que se cumplieran? No supondrás, ¿verdad?, que todas tus aventuras y escapadas fueron producto de la mera suerte, para tu beneficio exclusivo. Te considero una gran persona, señor Bolsón, y te aprecio mucho; pero en última instancia ¡eres solo un simple individuo en un mundo enorme!

-!Gracias al cielo! -dijo Bilbo riendo, y le pasó el pote de tabaco.

Artículo escrito por José Moreno Berrocal y publicado originalmente en esta página web el lunes 25 de febrero de 2013. 
 
 

La Biblia, el Quijote y la Semana Santa

Hay dos libros que han marcado intensamente la Historia de la Humanidad. El que ha dejado huella más profunda es La Biblia, la Palabra de Dios. El otro es la más grande novela jamás inventada, El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Para cuando Cervantes escribe la primera parte del Quijote en 1605, la Biblia ya ha dejado una honda impronta en el mundo. En su justamente encomiable discurso sobre las armas y las letras, Don Quijote mismo se hace eco de la suprema importancia de las letras divinas cuando afirma “que tienen por blanco llevar y encaminar las almas al cielo; que a un fin tan sin fin como este ninguno otro se le puede igualar”, primera parte, capítulo XXXVII. Cervantes refleja aquí la misma opinión que San Pablo tenía de las Sagradas Escrituras, “las cuales”, decía el apóstol de los gentiles escribiendo a Timoteo desde una prisión en Roma, “te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús” (2ª Epístola a Timoteo 3:16). El Quijote, pues, es también testigo del gran valor que posee la Biblia. No hay libro que se le iguale pues su finalidad es la mejor de todas, la salvación de nuestras almas. ¿Lees la Biblia?, ¿conoces sus contenidos? En este año en el que estamos celebrando el cuarto centenario de la publicación de la primera parte del Quijote todos debemos leer o releer el Quijote. Pero el Quijote mismo nos invita a leer la Biblia. ¿Lo harás también? Es la mejor lectura que puedes hacer. Y la lectura de la Biblia es, por cierto, la mejor manera de acordarnos de los acontecimientos que se celebran en la Semana Santa.

Ahora bien, ¿cómo nos llevan y encaminan las letras divinas, la Biblia, al cielo? ¿Es la mera lectura de las Sagradas Escrituras lo que Dios pide para salvarnos? Es evidente que no, que no es por leer por lo que iremos al cielo. Lo que hace la Biblia es revelarnos el único camino de salvación que Dios ha dejado a los seres humanos. Para ser salvos necesitamos, como decía San Pablo, y afirma toda la Biblia, fe en Cristo Jesús: “concluimos pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley”, (Epístola a los Romanos 3:28). O como dice en su carta a los Efesios: “Por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto, no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras para que nadie se gloríe”, (Epístola a los Efesios 2:8-9). Al leer esto, muchos bien seguro que se escandalizarán. “No puede ser tan fácil”, dirán. Pero lo cierto y verdad es que esto es lo que afirman taxativamente todos los escritores bíblicos. Debemos, pues, preguntarnos ¿qué hay en la fe, que salva?, ¿qué virtud o mérito encierra? La respuesta es que la fe no encierra mérito o virtud alguna. Es precisamente lo que no hay en la fe lo que nos salva. En la fe no hay nada nuestro, es solo confianza en recibirlo todo de Dios. La fe es una mano desnuda que recibe todo del dador. La fe no aporta nada, lo recoge todo. Es por fe, porque la fe es confianza en Jesucristo y no en nosotros. La fe es esperanza de salvación, no por lo que yo soy y hago, sino por lo que Cristo Jesús es y hace. Y lo que Jesús hizo para nuestra salvación fue vivir, morir y resucitar en nuestro lugar. Como dice el apóstol Pedro: “Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios”, (1ª Epístola de Pedro 3:18). La fe nos invita a salir de nosotros mismos, de nuestras miserias y maldades, y a depositar nuestra confianza en aquel que “llevó el mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros, estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia; y por cuya herida fuisteis sanados”, (1ª Epístola de Pedro 2:24). Es por fe para que el Hijo del Hombre, Jesús, sea glorificado. Y es glorificado porque la salvación es una obra que solo Cristo puede realizar. La fe glorifica a Dios, pues es un reconocimiento de que solo la obra de Jesús puede salvarnos. La mejor manera de celebrar la Semana Santa estriba en reflexionar sobre lo que la Biblia enseña acerca del significado de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Y hacerlo de tal manera que la fe pueda brotar en nuestros corazones por el poder del Espíritu Santo para que esos acontecimientos no sean solo Historia sino también la única base de nuestra propia salvación hoy.

Pero si te sigue pareciendo tan sencillo el salvarse por creer, ¿no estarás haciendo mentiroso a Jesucristo? Jesús dijo “De cierto, de cierto os digo: el que cree en mí tiene vida eterna”, (Evangelio de Juan 6:47). Dice Don Quijote en el capítulo XXVII de la segunda parte: “porque Jesucristo, Dios y hombre verdadero, que nunca mintió, ni puede mentir, siendo legislador nuestro, dijo que su yugo era suave y su carga liviana”. Creer es una carga suave. Cervantes cita aquí las palabras de Jesús que se encuentran en el Evangelio de Mateo 11:30, donde el Señor trae un contraste entre las fastidiosas y pesadas cargas impuestas por los fariseos a los judíos, y el yugo fácil y ligero que trae Jesús. Creer es una carga suave y de hecho, incluso los mandamientos que Jesús deja a los que ya han creído, son más fáciles de cumplir que las ordenanzas que requerían los fariseos. Ciertamente, para el que tiene fe verdadera, guardar los mandamientos divinos no es un agobio. Por eso Cervantes dice que aún los mandamientos que nos parecen más difíciles de observar como el hacer “bien a nuestros enemigos y que amemos a los que nos aborrecen” no son dificultosos “sino para aquellos que tienen menos de Dios que del mundo, y más de carne que de espíritu”, segunda parte, capítulo XXVII, es decir, para los que no creen de verdad. Y es que la fe verdadera, la fe que salva porque se apoya solo en Jesucristo para salvación, se muestra como verdadera en la realización de buenas obras: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas”, (Epístola a los Efesios 2:10). Al hombre de fe que se apoya en Jesucristo para salvación, Dios le concede el Espíritu Santo por el que puede hacer el bien como muestra de gratitud a aquel que le ha regalado la vida eterna en el sacrificio de la Cruz de su Hijo Jesucristo.

Si todavía te sigue resultando tan sencillo ser salvo por la fe sola en Jesucristo solo, permíteme que te haga una pregunta ¿qué imagen tienes de Dios? Dios no es un fariseo, ni un ogro sino que es bueno, manso y humilde y que no exige a los seres humanos lo que estos no pueden darle. Nuestros pecados nos impiden salvarnos a nosotros mismos por nosotros mismos. Esto Dios lo sabe y por eso envío a su Hijo Jesús, el cual vino para liberarnos y no para hundirnos con cargas que no podemos llevar.

Tener fe verdadera, sin embargo, lleva aparejado un costo, pues como dijo Jesús a sus contemporáneos: “¿Cómo podéis vosotros creer, pues recibís gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que viene del Dios único?”, (Evangelio de Juan 5:44). La fe salva por la virtud de otro, Jesucristo, pero no puede salvar al que está lleno de sí mismo, de sus pretendidas virtudes y logros, y que busca que otros las sepan y las reconozcan. La fe sola para salvación humilla al ser humano y por eso a los seres humanos les incomoda y molesta este evangelio. Se prefiere una religión en la que el protagonismo y la gloria la reciba el ser humano antes que Dios. Si la salvación es sólo por fe, entonces la gloria es sólo a Dios.

Celebrar, pues, la Semana Santa a la luz de la Biblia y del Quijote es recibir el testimonio de la Biblia y del Quijote acerca del único libro donde encontramos revelado el camino de la salvación, la Biblia. Es recibir el testimonio de la Biblia acerca del hecho de que solo Jesús nos puede salvar porque solo Jesús murió en la cruz del Calvario, y solo su sangre derramada tiene poder para perdonar nuestros pecados. Y esa salvación es una salvación que se recibe sólo por fe. Recordemos, pues, los sucesos que se celebran en la Semana Santa con una tan atenta reflexión del texto bíblico que pueda engendrar fe viva en Jesucristo.

Artículo escrito por José Moreno Berrocal y publicado originalmente en el periódico "Canfali" el viernes 18 de marzo de 2005. Publicado con permiso.
 
   

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