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Lincoln

Acaba de estrenarse en nuestros cines Lincoln, la última película de Steven Spielberg sobre la figura del presidente más famoso de los Estados Unidos de América, Abraham Lincoln (1809-1865) Creo que no serán muchos lo que no sepan algo de él. La figura del decimosexto presidente de los Estados Unidos ha adquirido rasgos casi míticos en nuestra civilización occidental. Recuerdo haber oído de Lincoln desde niño. Su figura producía en mí una mezcla de admiración y sorpresa, sobre todo después de leer La Cabaña del Tío Tom, retrato exacto de la crueldad de la esclavitud en el profundo Sur de los Estados Unidos antes de la Guerra Civil Americana. La autora de esta novela, de arraigada fe evangélica, Harriet Beecher Stowe, fue recibida por el carismático presidente en la Casa Blanca el 25 de noviembre de 1862, diez años después de la aparición de su, por entonces ya, famosísima obra. Lincoln es principalmente conocido como el "Gran Emancipador", aquel que dio el golpe de gracia a la esclavitud en el continente americano. Hay por lo menos dos hitos a destacar en su lucha contra la esclavitud: en primer lugar, la Proclama de la Emancipación de los esclavos de 1 de enero de 1863 y, finalmente, la aprobación, por la Cámara de Representantes, el 31 de enero de 1865, de la Decimotercera Enmienda al final de la Guerra Civil Americana, que aseguró legalmente la emancipación de los esclavos. La película de Spielberg se ocupa de los acontecimientos que rodearon la introducción de esta Enmienda a la Constitución.

Lincoln es, en mi opinión, una gran película. Es una muestra de la madurez de un genio de la dirección cinematográfica, como es Spielberg. Calificaría la cinta de intelectual, por los diálogos de altos vuelos que incluye, que incluso requerirían del espectador algún cierto conocimiento de la historia de la Guerra Civil Americana para entenderlos mejor. Lincoln es, durante muchos momentos, una obra de teatro en formato de cine, algo que nos gusta a muchos. También destacaría la fotografía y la ambientación. La caracterización de Daniel Day Lewis como Abraham Lincoln es, sencillamente, impresionante. Merece la pena ir a ver esta película al cine, aunque solo sea para ver a este actor completamente identificado con el personaje. Abraham Lincoln está magistralmente retratado en la película. Su carisma, su amor por la anécdota, aparentemente heredada de su padre, su visión política para captar que, aunque se ganara la guerra, los avances contra la esclavitud podían perderse en un momento, están muy bien destacados. Tampoco se puede pasar por alto la interpretación de actores como el gran Tommy Lee Jones, en el papel del político radical Tadeo Stevens, o la esposa de Lincoln, Mary Todd, magistralmente interpretada por Sally Fields. La película tiene muchas similitudes con Amazing Grace. La cinta de Michael Apted, que se estrenó en 2006, en el aniversario de la abolición de la trata de esclavos en el Imperio Británico, retrata magistralmente la lucha del parlamentario inglés, William Wilberforce, entre otros, contra ese ignominioso comercio. Una lucha que sabemos que resultó decisiva para la posterior abolición de la esclavitud en el Imperio Británico y en el mundo entero. Lincoln conocía bien la obra Wilberforce; “todo el mundo debería conocer a Wilberforce” llegó a afirmar el presidente. De hecho, Wilberforce se perfila como modelo de actuación política de Lincoln. El presidente americano, como Wilberforce, no fue un radical. En el caso de los Estados Unidos, se produjo, finalmente, una espantosa guerra civil por causa de la Unión y por el tema de la esclavitud. Una guerra que Lincoln no quiso, pero que preservó la Unión y, a la postre, sirvió también para acabar con la esclavitud en los Estados Unidos. Su talante político moderado se puso también de manifiesto con su actitud nada vengativa hacia el Sur devastado y derrotado. El asesinato del presidente impidió que su magnanimidad diera frutos de mayor reconciliación y de auténtica igualdad para la población de color del profundo Sur. Como en Amazing Grace, en la película Lincoln se destacan los grandes debates políticos de esos momentos, cruciales para la historia de los Estados Unidos, y lo que es la política misma, incluso su cara más sucia y desagradable. Sin duda Lincoln refleja también las inquietudes de Spielberg sobre la esclavitud, un tema que ha preocupado a Spielberg desde hace tiempo, como indica el hecho de que dirigiera, ya en 1997, Amistad, otra gran película sobre la esclavitud. Amistad se ocupa, igualmente, de un hecho histórico: la involuntaria llegada en 1839, a las costas de los Estados Unidos, de un barco negrero español llamado Amistad. Los españoles exigen al gobierno norteamericano que entregue a los esclavos amotinados, que habían sido capturados en África y eran llevados a Cuba en el Amistad, algo que, finalmente, no consiguen. En la película tenemos a otros dos grandes actores, Morgan Freeman, que hace del abolicionista Theodore Joadson, y Anthony Hopkins, que interpreta al presidente John Quincy Adams. La película se ha interpretado como el equivalente en el tema de la esclavitud a lo que es La Lista de Schindler en cuanto al nazismo. Amistad muestra adecuadamente las incertidumbres de los Estados Unidos, antes de la Guerra Civil, con respecto a esa herida abierta que tenía la nación por la legalidad de la esclavitud en algunos de los Estados de la Unión.

Es de justicia destacar que el cristianismo impregnó la acción política de Abraham Lincoln. El cristianismo de Lincoln era de naturaleza protestante. Para él se basaba, fundamentalmente, en la lectura de la Biblia. El protestantismo sigue las instrucciones de Moisés a Josué cuando le dice: “Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito; porque entonces harás prosperar tu camino, y todo te saldrá bien” (Libro de Josué 1:8). Lincoln tenía padres de fe evangélica y, particularmente, su madre y su madrastra le inculcaron ese gran amor por la Biblia que caracterizó su vida. Lincoln tuvo poca educación formal, pero se sabe que sus primeras lecturas incluyeron, además de la Biblia, clásicos evangélicos como El Progreso del Peregrino y novelas como Robinson Crusoe, de Daniel Defoe. También leyó las Fábulas de Esopo y libros de filología inglesa y retórica, además de algunas biografías, como las de George Washington o Benjamín Franklin. Lincoln continuó durante toda su vida siendo un voraz lector. Pero en los abundantes momentos de duda, melancolía o depresión, Lincoln volvía a releer con pasión la Biblia, para hallar en ella fuerzas de parte de Dios. Tal era su manejo de las Escrituras que, aparentemente, las citaba con frecuencia en sus discursos. En el último que aparece en la película se refiere a las palabras del Salmo 19 “los juicios del Señor son verdad, todos justos” (Libro de los Salmos 19:9). Lincoln, igualmente, vivía bajo un cierto sentido de la providencia divina: el hecho de que Dios, el buen Creador, por su infinito poder y sabiduría sostiene, dispone y gobierna todas las cosas, desde las más grandes a las más pequeñas, según su voluntad y para su propia gloria. La película se hace eco de esa creencia de Lincoln. En su caso, se manifestaba al asumir seriamente la responsabilidad que tenía, no ya solo para los esclavos de ese momento, sino pensando incluso en las futuras generaciones. La cinta alude también a ese sentido de compromiso y solidaridad hacia los menos favorecidos que tenía. Lincoln heredó de sus padres su antipatía hacia los horrores de la esclavitud. El antiesclavismo era una de las señas de identidad de las distintas iglesias bautistas a las que pertenecieron sus mayores. Lincoln gustaba de las palabras de Jesús en el Evangelio de Marcos 12:29-31: “El primer mandamiento de todos es: Oye, Israel; el Señor nuestro Dios, el Señor uno es. Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos”.

Abraham Lincoln sigue siendo un referente ético y político actual. Sobre la base de las verdades que ya recogía la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, de 4 de julio de 1776, cuando señalaba, como “verdades evidentes”, que “todos los hombres son creados iguales” y han sido “dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables”, él edificó su actividad política. Ése es el espíritu que recoge la Decimotercera Enmienda. Posteriormente otros políticos americanos, con más o menos acierto o consistencia personal y política, han buscado seguir en los pasos de Lincoln. Así, el gran defensor de los derechos civiles en América, Martin Luther King, también se inspiró en Lincoln en su lucha por la igualdad racial (todavía recuerdo la profunda impresión que me causó ver en Atlanta una colección de objetos de la época de la segregación racial). Así, su famoso discurso conocido como “I have a dream”, “Tengo un sueño”, fue dado en la escalinata del monumento a Lincoln, en Washington, en 1963, recordando así la Proclama de Emancipación de Lincoln en 1863. En su última toma de posesión, Barack Obama juró sobre la Biblias de Lincoln y Luther King. Este hecho demuestra que intenta ser identificado con estos hombres y sus ideas de igualdad y libertad.

Abraham Lincoln debe ser también un acicate para todos nosotros hoy. Su ejemplo debe animarnos a cada uno para que, desde nuestra humilde esfera de influencia, combatamos contra todas las injusticias y las desigualdades que hay en la sociedad actual. Es verdad que son muchas las iniquidades que siguen existiendo en nuestro mundo. Pero considero que uno de los desafíos más notorios es el de la lacra de las nuevas formas de esclavitud modernas, sobre todo el tráfico y la explotación de personas con fines sexuales. La erradicación de este degradante comercio con personas, muchas veces incluso con menores, debe ser el objetivo más concreto de nuestra lucha, a día de hoy, contra las nuevas formas de esclavitud.

Artículo escrito por José Moreno Berrocal y publicado originalmente en el periódico "El Semanal de La Mancha" el viernes 15 de febrero de 2013. Publicado con permiso.
 
 

El Movimiento Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja ha sido galardonado este año con el Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional. Creo que nadie podrá discutir los méritos de este Movimiento Internacional a la hora de recibir este premio. La web del Premio Príncipe de Asturias nos dice que: “El Movimiento Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja está presente en 186 países y es sustentado por más de 100 millones de miembros y voluntarios, está compuesto por el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), la Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja, y 187 Sociedades Nacionales. Cada uno de ellos tiene identidad jurídica, estructura y cometido independientes aunque están unidos por siete principios fundamentales: humanidad, imparcialidad, neutralidad, independencia, voluntariado, unidad y universalidad”. También nos describe la labor que realiza en la actualidad este Movimiento. Ésta se puede resumir en tres aspectos: “acción humanitaria hacia las víctimas de los conflictos bélicos, acción humanitaria hacia las víctimas de desastres naturales y de otro tipo en tiempo de paz, y acción preventiva y en favor del bienestar social y de la calidad de vida”.

Afortunadamente, la obra de la Cruz Roja es bastante conocida y reconocida en España. Merece todo apoyo. Lo que creo que no es tan notorio es el origen de este extraordinario movimiento humanitario. Nuevamente, la misma web del Premio nos da algunos datos básicos acerca de esos comienzos: “El germen de la Cruz Roja se gestó cuando Henry Dunant, tras la batalla de Solferino (Italia) en 1859, organizó a la población para socorrer a más de 40.000 personas que yacían muertas o heridas sin atención alguna. Propuso, entonces, la creación de sociedades nacionales de socorro para ayudar a heridos en combate, señalando así el camino hacia los futuros Convenios de Ginebra… La Cruz Roja nació en 1863 cuando cinco ciudadanos de Ginebra, incluido Dunant, fundaron el Comité Internacional para el Socorro de los Heridos, que más tarde daría lugar al Comité Internacional de la Cruz Roja. Al año siguiente, 12 gobiernos adoptaron el primer Convenio de Ginebra, que garantizaba la ayuda a los heridos en el campo de batalla y definía los servicios médicos como neutrales. La labor de Henry Dunant fue reconocida en 1901 con el primer Premio Nobel de la Paz, junto con Frédéric Passy. Hasta tres veces en esta cita aparece el nombre de Henry Dunant y su íntima relación con el nacimiento de la Cruz Roja. Examinemos brevemente la vida de Henry Dunant.

Henry Dunant nació el 8 de mayo de 1828 en Ginebra, Suiza. Sus padres pertenecían a una familia acomodada dedicada a los negocios. Eran protestantes de fe calvinista. Asistían a la iglesia que pastoreaba el famoso predicador evangélico Luis Gaussen, la famosa iglesia evangélica llamada El Oratorio de Ginebra muy cerca, por cierto, de la casa donde vivió el gran reformador Juan Calvino. Gaussen fue compañero de estudios de otro famoso predicador evangélico, Henri Pyt. Conocemos a este otro evangelista suizo por su participación en la conversión evangélica de nuestro querido cervantista, manchego Juan Calderón Espadero, en Bayona en 1825. A través de esta predicación evangélica de Gaussen, Dunant acudió a Cristo para encontrar el perdón de sus pecados. Dunant se convirtió en un miembro muy activo de la iglesia, abundando en las oraciones y las buenas obras. La iglesia a la que pertenecían los Dunant era fruto del llamado Réveil, o avivamiento evangélico que desde mediados del siglo XVIII sucedió en muchos países europeos. Es curioso observar como el Réveil en el continente comenzó en Ginebra durante los años 1816-1817. El Réveil se caracterizó por un anhelo por un cristianismo más sencillo. Apelaba a la fe primitiva y original de los primeros cristianos. En este sentido, entroncaba con las doctrinas de la Reforma Protestante del siglo XVI. Como complemento y contrapartida a la Ilustración, el Réveil puso el acento en la Biblia, como la única regla de fe y práctica, la perdición del hombre y su pecaminosidad, lo cual hace imposible la salvación por las obras, la divinidad de Cristo, y la salvación por su obra expiatoria en la cruz que se recibe por fe. El Réveil muestra como otra de sus características más sobresalientes una gran preocupación social. Todos los lugares en los que dejó su impronta también experimentaron una mejora en las condiciones de los más desfavorecidos. Así, el Reveil hizo que se multiplicaran las iniciativas a favor de los esclavos, los huérfanos, las prostitutas, los presos, los ciegos, los sordos, los enfermos y los niños de las fábricas entre otras. El nacimiento de la Cruz Roja en este contexto del avivamiento no es, pues, una casualidad, pues refleja las preocupaciones humanitarias de muchos europeos y americanos en esos momentos. De hecho, Dunant reconoce en sus Mémoires que sus padres también le inculcaron su amor por los más desvalidos. Así, el padre de Dunant dedicaba mucho tiempo a visitar las prisiones. Por su parte, su madre, la gran influencia en la vida de Dunant, cuidaba regularmente de enfermos y necesitados. Sus padres vivían la realidad de la parábola del buen samaritano (Evangelio de Lucas 10:30-37). Posteriormente, el ejemplo de Florence Nightingale y del libro de Harriet Beecher-Stowe, La cabaña del Tío Tom, fueron también cruciales en su vida. Se puede afirmar que su trasfondo cristiano explica las inquietudes de Dunant que acabaron fraguando la Cruz Roja. Otra curiosidad sobre los orígenes de la Cruz Roja es precisamente su bandera. La idea, aparentemente, fue del médico Luis Appia, que era miembro de la Sociedad Evangélica de Ginebra. Fue el que parece que sugirió el emblema de la Cruz Roja, una bandera blanca con una cruz roja, que se basa, en la bandera de Suiza pero con un cambio en los colores del fondo de la bandera a la cruz.

Dunant no tuvo una vida fácil. Sus propios negocios fracasaron y se vio reducido a la pobreza y a la depresión. Al final de su vida vivía, olvidado por muchos, en un hogar para ancianos en Heiden, Suiza. Allí le descubrió un periodista, Georg Baumberger. Posteriormente le fue otorgado el primer Premio Nobel de la Paz en 1901. El texto de la felicitación que le envió el Comité Internacional expresa el reconocimiento a su contribución: “No hay hombre alguno que merezca más este honor, pues fue usted, hace cuarenta años, quien puso en marcha la organización internacional para el socorro de los heridos en el campo de batalla. Sin usted, la Cruz Roja, el supremo logro humanitario del siglo XIX, probablemente nunca se hubiera obtenido”. En este sentido, es interesante notar como el día de su cumpleaños, el 8 de mayo, se celebra el Día Mundial de la Cruz Roja y la Media Luna Roja. Típico en Dunant, utilizó el dinero del Premio Nobel para pagar deudas y apoyar a distintas asociaciones caritativas. Dunant murió el 30 de octubre de 1910. Merece la pena leer su libro Un souvenir de Solferino o ver las películas Historia de una idea y Rojo en la cruz. Me gustan mucho algunas de las palabras de su testamento y que resumen admirablemente su vida: “Soy un discípulo de Cristo, como los del siglo I. Nada más”.

Artículo escrito por José Moreno Berrocal y publicado originalmente en el periódico "El Semanal de La Mancha" el viernes 28 de diciembre de 2012. Publicado con permiso.
 
 

 

Entre los emperadores romanos más conocidos está, sin duda alguna, Adriano (76-138 d.C.) De origen hispano, como su antecesor Trajano, había nacido en Itálica, en Santiponce, cerca de Sevilla. Descendía de una de las familias más ilustres de la ciudad. Era enormemente curioso, destacando especialmente por su afición por la arquitectura y las artes en general (como Emperador, contó con los medios para llevar a cabo muchos de sus proyectos arquitectónicos) y por ser un viajero incansable. Su figura ha dado origen a una de las novelas más difundidas y admirables del siglo XX, Memorias de Adriano, de la autora belga Marguerite Yourcenar. He tenido la oportunidad de visitar algunos de los lugares en los que Adriano dejó su impronta. Uno de los más sugerentes es el llamado Muro de Adriano, en Inglaterra. Recuerdo la sorpresa que me produjo la pervivencia de esas semiderruidas murallas y el testimonio que representan de la realidad histórica de la grandeza del Imperio Romano. Otro lugar que recorrió el emperador romano fue Israel. Adriano se propuso romanizar completamente aquellas tierras. Para ello, reedificó Jerusalén según el modelo romano. En Belén, lugar del nacimiento de Jesús, el Cristo, Adriano procedió a plantar un huerto sagrado con su templo, dedicado a Adonis, dios de la vegetación. Lo puso encima de la cueva en la que los cristianos decían que había nacido Jesús. Cuando uno visita hoy Belén se puede conocer, con exactitud, ese lugar del nacimiento ¡precisamente porque la construcción de Adriano lo dejó marcado para siempre! Sin quererlo, su intento de destruir la huella geográfica del nacimiento de Jesús de Nazaret, en una fecha tan temprana como el 135, fue un testimonio de la base histórica de la fe cristiana. Como ha acontecido en tantas ocasiones en la Historia, los enemigos de Cristo, con sus acciones, han contribuido a asentar, más firmemente si cabe, la fe en Cristo.

Y es que la realidad histórica de la fe cristiana es uno de los factores fundamentales para su aceptación. El conocido autor de Las Crónicas de Narnia, C.S. Lewis, recuerda en su fascinante relato autobiográfico Cautivado por la Alegría como un comentario, aparentemente trivial, de un endurecido ateo llamado T.D. Weldon (1896-1958), le colocó en el camino que conduciría a su conversión. Weldon le dijo, quejándose, que la evidencia acerca de la historicidad de los Evangelios era, de hecho, sorprendentemente buena. Esto llevó a Lewis a redescubrir que, a diferencia de las historias de la antigüedad acerca de dioses que nacían, tomaban forma humana y morían, pero sin base histórica o temporal, los Evangelios contenían las palabras de un hombre de carne y hueso y el testimonio de testigos oculares acerca de hechos que habían acontecido en un lugar y tiempo concreto de la Historia. Así, también la acción de Adriano, es una verificación indirecta, desde un punto de vista arqueológico, del relato del nacimiento de Jesús en Belén de Judea. Algo que señalan los evangelistas Lucas y Mateo (este último haciéndose eco de la profecía de Miqueas, dada alrededor del siglo VIII antes de Cristo, de que el Mesías nacería en Belén).

Por otro lado, en Adriano uno encuentra el paganismo en toda su brillantez y madurez. Todo lo que podía ofrecer al hombre, ¡a un emperador particularmente!, junto con todos sus defectos, pecados y miserias. Ese esplendor pagano está magistralmente recogido en la sagaz reconstrucción que hace Yourcenar de la figura y pensamiento de Adriano. Un verosímil retrato literario, que se basa en la abundante documentación que dejo el emperador mismo, además de la que existe de otras fuentes de la época, acerca de su figura. Pero son las palabras del emperador, al final de su vida, las que revelan aquello que justamente el paganismo no podía dar: la certeza. La falta de esperanza del hombre pagano resalta con triste claridad en el famoso poema que el mismo Adriano compuso en su lecho de muerte:

Animula, vagula, blandula

Hospes comesque corporis

Quae nunc abibis in loca

Pallidula, rigida, nudula,

Nec, ut soles, dabis iocos.

 

Pequeña alma, errante y blanda

Huésped y compañera del cuerpo

¿Dónde morarás ahora?

Pálida, rígida, desnuda

Ya no retozarás con los juegos de antaño.

 

Este precioso epigrama latino muestra la incertidumbre y la desesperanza del mundo pagano. En contraste con Adriano, ya incluso en la revelación del Antiguo Testamento, el libro del pueblo de Israel, al que con tanto odio persiguió Adriano, Dios nos proporciona una realidad de esperanza: “Pero Dios”, afirma el autor del Salmo 49, “me rescatará de las garras del sepulcro y con Él me llevará” (Libro de los Salmos 49:15). Curiosamente será el mensaje de la encarnación del Hijo de Dios, el que Adriano pretendió hacer olvidar, el que puede contestar a los interrogantes e inseguridades que albergaba el pecho del emperador romano antes de morir. La Navidad es recordar, en palabras del apóstol Pablo, la aparición de nuestro Señor Jesucristo en este mundo, “el cual quitó la muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad por el evangelio” (1ª Epístola a Timoteo 1:10). El Hijo de Dios vino en un tiempo y espacio determinados, de tal manera que todo el que crea en Él pueda, con certeza, abrigar esperanza por causa de su obra de salvación en la cruz donde murió. Como lo indica Pablo en la 2ª Epístola a los Corintios 5:1-8: “Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos. Y por esto también gemimos, deseando ser revestidos de aquella nuestra habitación celestial; pues así seremos hallados vestidos, y no desnudos. Porque asimismo los que estamos en este tabernáculo gemimos con angustia; porque no quisiéramos ser desnudados, sino revestidos, para que lo mortal sea absorbido por la vida. Más el que nos hizo para esto mismo es Dios, quien nos ha dado las arras del Espíritu. Así que vivimos confiados siempre, y sabiendo que entre tanto que estamos en el cuerpo, estamos ausentes del Señor (porque por fe andamos, no por vista); pero confiamos, y más quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor”. La fe cristiana afirma que si nuestro cuerpo, que es como una tienda de campaña (con todo lo que implica de fragilidad y temporalidad), se deshiciere con la muerte, Dios proveerá para nosotros una casa eterna en los cielos, en la presencia del Señor. La fe cristiana no es una infundada e incierta pervivencia del alma en el Hades o, en el mejor de los casos, en los Campos Elíseos, sino una certidumbre de estar “con el Señor”. Notemos el lenguaje del apóstol: “sabemos”, afirma.

Por ello, la Navidad es un tiempo de alegría porque nos trae un mensaje que proporciona seguridad y esperanza. Y esto porque se asienta en un hecho histórico, el de la venida del Hijo de Dios al mundo. Es Cristo Jesús mismo el que dice que: “Yo, la luz, he venido al mundo, para que todo aquel que cree en mí no permanezca en tinieblas”, (Evangelio de Juan 12:46). La incertidumbre y desesperanza modernas, igualmente, solo pueden ser disipadas por Cristo, la única Luz del mundo. Su venida es el único Faro de esperanza para la Humanidad. Ahora, por causa de Cristo, es posible dejar este mundo con un ánimo gozoso. Aquel que tomó un cuerpo humano en aquella primera Navidad, garantiza que todos aquellos que pongan su confianza en Él morarán para siempre con Él. Y lo harán con un nuevo cuerpo, radiante, vivo y revestido para siempre con la justicia que el Hijo de Dios concede a los que creen en Él.

Artículo escrito por José Moreno Berrocal y publicado originalmente en el periódico "El Semanal de La Mancha" el sábado 22 de diciembre de 2012. Publicado con permiso.
 
   

Neil Armstrong, los astronautas y la fe

El pasado 25 de agosto fallecía Neil Armstrong, el primer hombre en pisar la Luna. Era un 20 de julio de 1969, cuando el Apolo XI se posaba en la superficie de nuestro satélite. Muchos nos sabemos de memoria las primeras palabras del comandante Armstrong al pisar la Luna: “Un pequeño paso para un hombre, un gran paso para la Humanidad”. Para algunos, su muerte nos ha vuelto a nuestra infancia, pues éramos unos niños cuando el primer hombre llegó a la Luna. Y no solo la niñez, también nuestra adolescencia está marcada por la llamada conquista del espacio, algo que vivimos con gran intensidad emocional. Recuerdo, y no era el único, que muchos queríamos ser astronautas de mayores. ¡Hasta soñábamos con construir nuestros propios cohetes! Nuestro mundo era el de la de las naves Apolo, pero también las de las películas y series de ciencia ficción que por entonces estaban en auge. Nos fascinaba el espacio y la exploración del mismo. Éste se consideraba la última frontera. Disfrutábamos insaciablemente de todas las noticias acerca de la carrera espacial; me acuerdo incluso de los libros de astronomía que leía con avidez y, claro, las películas o series de ciencia ficción estaban entre nuestras favoritas. ¡Aún hoy me siguen fascinando! ¡Son tantas! Particularmente recuerdo La Guerra de las Galaxias y a mi madre llevándonos al cine Alcázar a ver lo que ella llamaba “las latas” o posteriormente El Planeta de los Simios o La Odisea del Espacio. A mi me encandiló la serie Espacio 1999, con Martin Landau. Por supuesto, esto lo habíamos encadenado muchos de nosotros a lecturas como Un Viaje a la Luna, del genial Julio Verne.

También me acuerdo mucho de mi primera visita a Houston y mi sorpresa al ver lo pequeño que me pareció el cohete Apolo. Me preguntaba, y me pregunto todavía, acerca de cómo pudo una nave tan diminuta llevar al hombre al espacio. El interés por el espacio, aunque ha disminuido mucho, no ha desaparecido del todo. Me lo pasé bien con Apolo 13, con Tom Hanks representado al astronauta Jim A. Lovell y la mítica frase: “Houston, tenemos un problema”. Recientemente me ha encandilado la trilogía cósmica de C.S. Lewis: Más allá del Planeta Silencioso, Perelandra y Esa Horrible Fortaleza. El punto de vista de Lewis es curioso. Somos nosotros, los humanos, los que exportamos o podemos llevar el mal a otros mundos. No es este el punto de vista más conocido, ejemplificado para siempre por la maravillosa La Guerra de los Mundos, de H.G. Wells.

La prensa se ha echo amplio eco de la muerte de Armstrong. Entre los tributos que se le han rendido aparecen también varias menciones a su fe cristiana. Al mismo tiempo, se ha recordado también que Armstrong no era una excepción. Otros muchos hombres del espacio dieron, igualmente, testimonio de su fe, en particular usando palabras de la Biblia. Así, el compañero de Armstrong en el Apolo XI, y que también pisó la Luna, Buzz Aldrin, anciano de una iglesia presbiteriana en Houston, recordó las palabras de Jesús en el Evangelio de Juan 15:5: “Yo soy la vid y vosotros las ramas; el que permanece en mí, como yo en él, dará mucho fruto; separados de mí no podéis hacer nada”. Además, se nos dice, dio: “... gracias por la inteligencia y el espíritu que había traído a dos jóvenes pilotos al Mar de la Tranquilidad”. Otro astronauta famoso, también de fe protestante, fue John Glenn. Fue el primer hombre que orbitó la Tierra y premio Príncipe de Asturias de Cooperación en 1999. Con motivo de la rueda de prensa que dio en Washington, aludió a la seriedad con la que se tomaba su fe, habiendo enseñado en la escuela dominical de su iglesia y cómo la parábola de Jesús sobre los talentos había determinado su actitud ante la vida. James Irving fue el octavo hombre en pisar la Luna en 1971; de hecho se paseó por la misma en una especie de todoterreno lunar. De fe evangélica habló de “cómo había sentido el poder de Dios como nunca antes”. Al mirar a las montañas lunares recordó las palabras del Salmo 121: “Alzaré mis ojos a los montes; ¿de dónde vendrá mi socorro? Mi socorro viene del Señor, que hizo los cielos y la tierra” (Libro de los Salmos 121:1-2). La primera misión tripulada a la Luna fue la del Apolo VIII. Estando ya en la órbita lunar, el piloto del módulo lunar William Anders anunció que la tribulación de la nave quería enviar un mensaje a la Tierra. El mensaje consistió en la lectura del Libro de Génesis 1:1-10, lectura que fue realizada por los tres tripulantes de la nave, el ya mencionado Anders, el piloto del módulo de mando, Jim A. Lovell, y el comandante de la nave, Frank Borman. El Génesis comienza con estas preciosas palabras: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra”.

Volviendo a Armstrong, debemos recordar que fue, además, ingeniero espacial, piloto y profesor universitario. Nuestro querido astronauta Pedro Duque, de la Agencia Europea del Espacio (ESA), que lo conoció a través de John Glenn, también quiso, por medio de un artículo publicado en El País el 28 de agosto, unirse a ese homenaje a Armstrong. En este interesante artículo nuestro astronauta nos recuerda algunas de las peripecias de aquel primer alunizaje y la destacada, aunque muy desconocida, contribución del comandante Armstrong al rotundo éxito de la misión. Incluso nos recuerda como el polvo de la luna que recogió Armstrong de motu propio, contenía el helio 3, un elemento que apenas existe en la tierra pero que, aparentemente, constituye una de las esperanzas de algún día poder generar energía nuclear en la tierra ¡sin residuos! Duque nos recuerda que, según su propia familia, Armstrong era “un héroe reacio”, “pero más héroe que nadie” apostilla Duque. Armstrong realmente, continúa Duque, “no gustaba de la adulación y prefería hacer su labor calladamente”. Pero si hay un testimonio más que nos ha llegado del personaje y que retrata bien su vida y convicciones, fue durante su visita a Jerusalén en 1988. Conducido a los restos de los peldaños del Templo de Herodes que, aparentemente, todavía se conservan, y por las que Jesús tuvo que, necesariamente, haber caminado para entrar en el mismo, Armstrong afirmó que: “Para mí significa más haber pisado estas escaleras que haber pisado la Luna”. Armstrong nos recuerda que las pisadas más importantes de la Humanidad fueron las de Jesús de Nazaret. Su mensaje final es que lo fundamental de nuestra vida es la identificación con el Cristo que, por amor a una Humanidad perdida, pisó nuestra Tierra, no la Luna, para subir a una cruz, no a una nave especial, y dar así su vida en rescate por la nuestra. El paso más trascendental y con consecuencias eternas para cada uno de nosotros es el que damos para seguir a Jesús como nuestro único Mediador, Señor y Salvador.

Artículo escrito por José Moreno Berrocal y publicado originalmente en el periódico "El Semanal de La Mancha" el viernes 26 de octubre de 2012. Publicado con permiso.
 
 

Es natural que en estas fechas de Semana Santa la gente se pregunte sobre la manera en la que la Iglesia Evangélica recuerda los hechos centrales de la muerte y resurrección de Jesucristo. ¿Qué tipo de adoración o devoción rendimos a Dios en estas fechas? De entrada, como muchos ya saben, es necesario recordar que, para los evangélicos, todo lo que creemos o hacemos está exclusivamente basado en la enseñanza de la Palabra de Dios, la Biblia. Y esto por dos hechos incontestables. En primer lugar, porque solo la Biblia es Palabra de Dios (2ª Epístola a Timoteo 3:14-16). En segundo lugar porque es también evidente que la Biblia es la autoridad más antigua y de mayor prestigio en la Cristiandad. Cualquier otra tradición es más “moderna” que la Biblia. Por tanto, lo que hacemos o dejamos de hacer en estas fechas es por causa de la sujeción de nuestra conciencia a la enseñanza de la Biblia.

En este sentido, un pasaje fundamental a la hora de entender la adoración que Dios espera de los suyos en todo momento es aquel en el que Jesús habló con la mujer samaritana. Esta conversación solo se encuentra en el capítulo 4 del Evangelio de Juan. En el curso de la misma, nuestro Señor Jesucristo le mostró a esta mujer la manera en la que Dios debía ser adorado: “Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren” (Evangelio de Juan 4:23-24). De entrada, Jesús, por medio de la expresión “mas la hora viene, y ahora es”, le está diciendo a la samaritana que su venida a este mundo inaugura un nuevo tiempo. Esta mujer había querido entrar en una controversia religiosa con Cristo acerca del lugar donde Dios debía ser adorado. Los judíos decían que en Jerusalén, los samaritanos que era en el Monte Gerizim (véanse los versículos 20-22). Jesús, por el contrario, afirma que su venida introduce una nueva época en la que no importa el lugar de adoración, sino la actitud de la persona delante de Dios. Dios y Cristo están en todo lugar donde dos o tres estén reunidos en su nombre (Evangelio de Mateo 18:20). Notemos también que, según Jesús, la adoración a Dios depende, si así lo puedo expresar, del tipo de ser que Dios es. Dios es, dice Jesús, Espíritu y, por ello, la adoración debida a su nombre, la única adoración que quiere recibir, es espiritual: “Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren” reitera Jesús. Por ello, la adoración al Padre es espiritual e interna. Es en el espíritu y, además, por medio del Espíritu de Dios, el Espíritu Santo, invisible, pero que recibimos, según palabras del mismo Jesús, exclusivamente por medio de la fe en Él (Evangelio de Juan 7:39). Es, además, una adoración y devoción que solo debe rendirse a Dios el Padre. Y esta adoración solo puede darse en la verdad. Es decir, debe estar en armonía con la revelación que Dios ha hecho de sí mismo en su Palabra. Es Jesús mismo el que lo dice: “Tu Palabra es verdad” (Evangelio de Juan 17:17). Y esto implica que solo nos acercamos a Dios por la verdad revelada en las páginas de las Sagradas Escrituras. Una verdad que debe ser entendida. Una verdad que es, igualmente, una Persona, la del Hijo de Dios. Jesús dijo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida, nadie viene al Padre sino por mí” (Evangelio de Juan 14:6).

Curiosamente esta adoración y devoción a Dios el Padre, en espíritu y en verdad, ya estaba apuntada en el Antiguo Testamento en multitud de pasajes. Su importancia fundamental radica en el hecho de que aparece, nada más y nada menos, que en los Diez Mandamientos. Así, el segundo mandamiento de la Ley de Dios dice así: “No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy el Señor tu Dios, fuerte, celoso…” (Libro de Éxodo 20:4-5). Dios ya demandaba, entonces, una adoración espiritual. Una adoración por medio del Espíritu Santo, en la verdad de la Palabra de Dios, que es traída por ese mismo Espíritu como también enseñan otros pasajes del Antiguo Testamento (Libro de Isaías 59.21 y Libro de Nehemías 9:20). Por ello, encontramos que en el Nuevo Testamento los apóstoles, una y otra vez, llaman a las gentes a esa adoración espiritual. Así Pablo, predicando en Atenas, razona con las gentes de esta manera: “Siendo, pues, linaje de Dios, no debemos pensar que la Divinidad sea semejante a oro, o plata, o piedra, escultura de arte y de imaginación de hombres. Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos” (Hechos de los Apóstoles 17:29-31).

Por ello, la celebración de la muerte y resurrección de Cristo en la Iglesia Evangélica es por medio de la predicación o proclamación de estos hechos históricos acerca del Señor Jesús. Esto es justamente lo que hicieron los apóstoles. Así, Pablo dice esto: “Además os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado, el cual también recibisteis, en el cual también perseveráis; por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos, si no creísteis en vano. Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras; y que apareció a Cefas, y después a los doce. Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven aún, y otros ya duermen. Después apareció a Jacobo; después a todos los apóstoles; y al último de todos, como a un abortivo, me apareció a mí” (1ª Epístola a los Corintios 15:1-8). Notemos como Pablo enlaza los hechos culminantes de la vida, muerte y resurrección de Cristo con la predicación de los mismos, con la enseñanza de su significado y propósito para nosotros. Es decir, que la obra de Cristo al morir, ser sepultado y resucitar, tuvo como propósito que nuestros pecados pudieran ser perdonados. Y que el beneficio de esa obra de Cristo es nuestro, solo por la fe en Él. En este sentido, un pasaje muy curioso es el que encontramos en la Epístola de Pablo a los Gálatas. Allí Pablo, exhortando a los volubles habitantes de Galacia, les dice: “¡Oh gálatas insensatos! ¿quién os fascinó para no obedecer a la verdad, a vosotros ante cuyos ojos Jesucristo fue ya presentado claramente entre vosotros como crucificado? Esto solo quiero saber de vosotros: ¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con fe?” (Epístola a los Gálatas 3:1-2). Pablo dice que Cristo “fue ya presentado claramente entre vosotros como crucificado”. ¿Cómo fue presentado? nos preguntamos nosotros ahora. Es evidente que por medio de palabras, pues Pablo dice que los gálatas recibieron el Espíritu Santo al oír con fe. Cristo viene, pues, a nosotros por oír con fe acerca de Él (Epístola a los Romanos 10:17). Y esto no puede sorprendernos. Cristo, dice Juan, es el Verbo de Dios, es decir, la Palabra de Dios (Evangelio de Juan 1:1). Y la palabra se oye. Y para ser de utilidad debe ser comprendida por nosotros. Por ello, nuestra labor en estos días es explicar el significado de los hechos de Jesús y cómo también nosotros podemos hallar la salvación por medio de la fe en la obra que llevó a cabo en el Calvario. El Evangelio, para ser de utilidad, debe ser entendido por nosotros en toda su sencillez: “Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo” (Hechos de los Apóstoles 16:31); pero también en toda su profundidad: “Que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación. Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios. Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2ª Epístola a los Corintios 5:19-21). Por ello, de acuerdo con la Escritura, solo podemos recordar a Cristo, y adorar al Padre, en espíritu y en verdad. Estos son los adoradores que el Padre busca, también en estas fechas de Semana Santa.

Artículo escrito por José Moreno Berrocal y publicado originalmente en el periódico "El Semanal de La Mancha" el viernes 30 de marzo de 2012. Publicado con permiso.
 
   
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