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Una de las afirmaciones más misteriosas del llamado Credo Apostólico es aquella en la que, después de señalar que Jesucristo “padeció bajo el poder de Poncio Pilato, y fue crucificado, muerto y sepultado”, se nos dice que “descendió a los infiernos”. Algunos han mantenido que esta cláusula del Credo se refiere a un viaje de Cristo al inframundo. Pero esta supuesta excursión de Cristo a la morada de los muertos, como si Jesús fuera otro Heracles o Ulises o un Eneas más, no tiene apoyo en la Biblia. El mismo Jesucristo enseñó que, justamente después de su muerte, su alma subió al Paraíso, mientras su cuerpo yacía en la tumba (Evangelio de Lucas 23:43). Por tanto, estas palabras no pueden ser un testimonio sobre lo que hizo Cristo entre su sepultura y resurrección. Su significado es mucho más profundo. Esta aseveración del Credo es, en realidad, una reflexión sobre la naturaleza de los sufrimientos de Cristo en el Calvario. Indica que la pasión de Jesucristo en la Cruz tiene un carácter singular. Se sabe que dar muerte por medio de la cruz no era una forma de ejecución más. Era más bien una manera muy cruel de torturar hasta matar al condenado. No solo Jesús, sino otros muchos entre los que se encontraba también, parece ser, el famoso Espartaco, experimentaron la crucifixión. Esta frase del Credo pues, enseña que, además de los sufrimientos propios de cualquier otro crucificado, Jesucristo llevó sobre sí unos padecimientos únicos. Y esa aflicción peculiar de Cristo solo puede ser descrita por una declaración tan sorprendente como esta de “descendió a los infiernos”.

En realidad, los sufrimientos de Jesucristo en la cruz son insondables para nosotros. No podemos calibrar completamente lo que debió significar la cruz para aquel que es Dios eterno y hombre perfecto al mismo tiempo. Tan solo podemos atisbar algunas cosas a la luz del testimonio que la Biblia misma nos da de esa pasión de Cristo. Jesucristo fue crucificado en el Gólgota, un lugar con forma de calavera, en aquel entonces a las afueras de Jerusalén. Allí, además de terribles dolores físicos, Jesús sufrió también las burlas y desprecios de sus enemigos, particularmente de parte de los principales sacerdotes y los escribas. Pero el punto álgido de esos padecimientos tuvo lugar entre las doce y las tres de la tarde de ese día en el que el Señor Jesucristo fue crucificado. En medio de las tinieblas que de forma sobrenatural cayeron y envolvieron aquella desoladora escena, se oyó un clamor: “Elí, Elí, ¿lama sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío ¿por qué me has desamparado?” (Evangelio de Mateo 27:46). Era la voz de Jesús en la que, en esa hora de extrema agonía, se dirigía a su Padre. Jesús hacía suyas las palabras del libro de los Salmos 22:1, un salmo del Rey David en el que éste anunciaba proféticamente lo que serían los sufrimientos del Mesías. Jesús apela a Dios con unas palabras que nunca antes habían estado en los labios del Señor con respecto a su Padre: “¿por qué me has desamparado?”. El Padre desampara al Señor. Nunca antes semejante cosa ha tenido lugar. Ese es el gran sufrimiento de Cristo en el Calvario. Este es el momento culminante de sus sufrimientos, el lugar más bajo al que descendió el Señor en su voluntaria humillación, asumida para poder ser nuestro Salvador. Para Jesús, ninguna aflicción puede compararse con el de ser desamparado por su propio Padre. Hemos de preguntarnos sobre las razones por las que el Padre abandonó a su Hijo en ese señalado momento de su vida. Según la Biblia, el Padre lo hace porque Cristo está, en el Gólgota, llevando sobre sí nuestro pecado. Las consecuencias del pecado son terribles. Traen la justa separación de Dios. Y Cristo, el sustituto del pecador, sufre voluntariamente el abandono de su Padre. El Hijo de Dios toma voluntariamente sobre sí esa separación por amor a los que creen en Él. Lo hace conforme a la voluntad de su Padre (Evangelio de Juan 6:38, 10:18 y 17:4). Notemos cuidadosamente que, para el Señor Jesús, su principal agonía en la cruz no la constituía, por tanto, su sufrimiento físico, sino el ser privado de la consoladora presencia de su Padre. La agonía, pues, del Calvario es, indescriptible. Es un tormento del alma pura del Señor, que no admite representación externa ya que, entre otras muchas razones, ninguna puede hacer justicia a tal angustia espiritual…

Y ese desamparo divino es la misma esencia de lo que llamamos el infierno. La Biblia así lo describe. Ir al infierno es ser apartados de la presencia de Dios para siempre (Evangelio de Mateo 25:4 y 2ª Epístola de Pablo a los Tesalonicenses 1:9). El infierno es, también, “las tinieblas de afuera” (Evangelio de Mateo 8:12) Todas estas imágenes, por tanto, nos comunican poderosamente esta idea. El infierno es, sencillamente, ser abandonados por Dios. Esto, puede que pienses, no es lo más grave que te puede pasar. Pero, según la Biblia, es lo peor que te puede suceder, lo reconozcas o no. Todo ser humano lleva la imagen de Dios y, por tanto, solo puede encontrar su verdadera identidad en relación con Dios. Sin Dios, por causa de nuestro pecado y rebelión contra Dios, el ser humano es culpable, está perdido y está solo. Solo el Dios eterno puede perdonarnos y colmar el afán de eternidad del ser humano. Ser privados de aquello para lo que fuimos creados, la comunión o relación con Dios, es la mayor de las tragedias… Para muchos, esta doctrina del infierno es una de las más impopulares de toda las Escrituras. No hay enseñanza bíblica más vilipendiada que esta. Y, sin embargo, nadie puede acusar a Dios de no saber lo que es el infierno… El mismo Jesús lo sufrió en el Calvario por amor a los pecadores. Y lo hizo para que, todos aquellos que, arrepentidos de sus pecados acudan a Él, puedan ser perdonados. Ese perdón está garantizado. Y es nuestro exclusivamente por la fe en Jesucristo, por confiar en el como nuestro único Salvador. La base de esa nuestra confianza estriba en el hecho de que, la justicia divina, y la humana a imitación de la divina, no demanda dos veces el pago de una misma deuda. Jesucristo llevó sobre sí en la cruz el castigo que por mis pecados yo merecía recibir. Cristo descendió en el Calvario al infierno en mi lugar, por mí. Y por ello, en su descenso al infierno, hay plena seguridad de que yo no descenderé al infierno después de mi muerte. Cristo fue desamparado para que yo sea amparado por Dios por toda la eternidad. Este es el evangelio: “Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injusto, para llevarnos a Dios” (1ª Epístola de Pedro 3:18). Es inútil negar la realidad del infierno. Pero no tienes por qué ir al infierno. Cristo descendió a los infiernos para que todo aquel que confíe en Él no tenga que descender al infierno. Este es el gran consuelo, pues, que tiene la afirmación del Credo Apostólico acerca del descenso a los infiernos por parte de nuestro Señor Jesucristo. Como también lo explica, y admirablemente, el Catecismo de Heidelberg en su pregunta y respuesta nº 44: Pregunta: ¿Por qué se añade: descendió a los infiernos? Respuesta: Para que en mis extremados dolores y grandísimas tentaciones me asegure y me sostenga con este consuelo, de que mi Señor Jesucristo, por medio de las inexplicables angustias, tormentos, espantos y turbaciones infernales de su alma, en los cuales fue sumido en toda su pasión(a), pero especialmente clavado en la cruz, me ha librado de las ansias y tormentos del infierno (b). (a) Salmo 18:4-5, Salmo 116:3, Mateo 26:38, Mateo 27:46, Hebreos 5:7. (b) Isaías 53:5”. Acude a Cristo ahora y sálvate confiando en aquel que “descendió a los infiernos”.

Artículo escrito por José Moreno Berrocal y publicado originalmente en el periódico "Canfali" el vienes 14 de marzo de 2008. Se publica con algunos cambios en esta página web.
 
 

Recientemente se daba a conocer un impactante tráiler de una película documental que parece que se estrenará pronto y que se titula: It's a girl (Es una Niña, en español. Se puede ver en YouTube el siguiente video: It's a Girl! Documentary Film – Official Trailer (http://www.youtube.com/watch?v=ISme5-9orR0). En el mismo se denuncia la brutal y planificada eliminación de millones de niñas en el mundo por el mero hecho de serlo. Este avance, aunque no es el único ni el primero en denunciar esta horrible práctica, pone de manifiesto como en algunos lugares del mundo, particularmente en partes de la India, en China y otras zonas de Asia, es práctica común de muchas mujeres el interrumpir su embarazo en cuanto saben que el ser humano que llevan dentro es del género femenino. De hecho, parece que en la India han aparecido unas 20.000 clínicas llamadas de “ecografía” con ese letal fin. Incluso se dan casos de infanticidio. Muchas madres, particularmente en la India, proceden a asfixiar o a estrangular a sus niñas recién nacidas. Algunos padres huyen con la esperanza de salvar a sus hijas, pero otros sólo pueden llorar y lamentar a las hijas que les han sido arrebatadas. Y es que aberrantes costumbres culturales ancestrales e, incluso, la presión de algunas inhumanas políticas de control de la natalidad están llevando a muchas familias a situaciones sin aparente salida. Y no solo las familias sufren. Hay estados donde la desproporción en la población entre varones y hembras es tal que, además de grandes desequilibrios demográficos, la sociedad tiene que afrontar como consecuencia del mismo un aumento de la prostitución y del secuestro y tráfico de mujeres entre otros males. Si un genocidio, según se nos dice en este mismo tráiler, es la sistemática y metódica eliminación de un cierto grupo, esta cruel desaparición de niñas bien pudiera denominarse generocidio. Y es que la situación que denuncia It's a Girl es una sistemática y metódica eliminación de un cierto género. Generocidio sería, pues, un asesinato masivo género-selectivo. Parece que esta palabra fue usada por primera vez en 1985 por Mary Anne Warren en su libro Gendercide: The Implications of Sex Selection (Generocidio: Las implicaciones de la selección por sexo). Las Naciones Unidas calculan que habría unas 200 millones de niñas “desaparecidas” en nuestro mundo por causa de este horrible genocidio

Es necesario que nos informemos de la situación y divulguemos este terrible estado de cosas. Se sabe, por ejemplo, que el Gobierno Indio está luchando contra esta bárbara costumbre pero es necesario que sigamos alertando acerca de esta situación que se sigue dando en la India y en otros lugares del mundo. La educación de la sociedad es fundamental a la hora de acabar con estos desmanes que no son desgraciadamente nuevos en la historia de la humanidad. Así, la Biblia misma registra un generocidio, cuando el Faraón de Egipto mandó a las parteras de los hebreos que exterminaran a todos los recién nacidos varones (Libro de Éxodo 1). Al mismo tiempo, es la Biblia la que nos provee de los mejores recursos para hacer frente a esta forma de genocidio. Hay dos textos principales que se deben destacar. De entrada, el Libro de Génesis 1:26-27 dice: “Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó”. Este texto es fundamental pues es la carta fundacional de la humanidad, el hecho de que varones y hembras llevamos, conjuntamente, la imagen de Dios. Esto implica igualdad de varones y hembras y complementariedad. Aspecto esencial de la imagen de Dios es el que lleva tanto el varón como la hembra y el uno para el otro. Toda violencia, vejación o discriminación hacia la mujer es solo fruto de nuestro propio pecado. La degradación de la mujer viola la voluntad de Dios para el ser humano, ya que es Dios mismo el que establece la igualdad del varón con la hembra. Esta revelación del corazón de Dios está a años luz de la visión de la mujer que tenían, por ejemplo, los griegos. Platón daba gracias por no haber nacido esclavo ni mujer. En el Timeo podemos leer la siguiente afirmación: “De los nacidos varones, aquellos que fueron cobardes y pasaron su vida en la injusticia, con toda probabilidad se transforman en mujeres en su segundo nacimiento”. Frente a esta distorsionada imagen de la mujer, Jesús señaló que fue Moisés el que defendió a la mujer contra los abusos de los que querían abandonarlas, promulgando una de las primeras legislaciones que defendían los derechos de la mujer frente a sus maridos (Libro de Deuteronomio 24:1-4 y Evangelio de Mateo 19:1-8). Pero es en la misma persona de Jesús donde encontramos la plena restauración de la dignidad de la mujer. Su comportamiento hacia la mujer está a años luz del de sus contemporáneos. Le vemos hablando con la mujer samaritana, algo que sorprendió, incluso a sus propios discípulos (Evangelio de Juan 4:27). Lo vemos salvando a María Magdalena de la presencia diabólica (Evangelio de Lucas 8:1-2), resucitando a la hijita de Jairo (Evangelio de Lucas 8:40-56) o la hijo de la viuda de Naín (Evangelio de Luca 7:11-17). Vemos a Jesús protegiendo a la mujer adúltera de la hipócrita ira de las turbas (Evangelio de Juan 8:1-11). Desde la cruz, Jesús se preocupó de su madre, encomendándola al cuidado de Juan, su discípulo amado (Evangelio de Juan 19:25-27). Resulta fascinante notar como el Jesús resucitado se aparece, en primer lugar, a mujeres (Evangelio de Mateo 28:1-10, Evangelio de Lucas 24:1-11 y Evangelio de Juan 20:12-18). Es curioso como Jesús determinó aparecerse primero a aquellas cuyo testimonio era tenido en nada en aquellos días. Finalmente es el apóstol Pablo el que nos proporciona la afirmación final sobre la igualdad del hombre y la mujer a los ojos de Dios cuando afirma que: “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Epístola a los Gálatas 3:28). Y aunque esta afirmación nos parezca normal hoy en día en occidente, era revolucionaria entonces en aquella sociedad. Todo avance social en igualdad ha encontrado una buena parte de su base en esta frase.

Es verdad que muchos cristianos han manifestado actitudes machistas a lo largo de la historia pero sus posiciones no se encuentran respaldadas por la Biblia. Al hacerlo se alejaban de la Palabra de Dios y de Jesús, oscureciendo más que otra cosa el testimonio de la Escritura. Pero al mismo tiempo encontramos que, históricamente, donde la fe cristiana bíblica ha tenido peso o una cierta influencia en una sociedad, allí las condiciones de vida de la mujer han mejorado considerablemente. Un ejemplo clásico nos lo proporciona la abolición de la horrible práctica del sati en la India. Como recordarán los lectores de La Vuelta al Mundo en 80 días de Julio Verne, el sati era la pérfida práctica común en la India incluso en el siglo XIX, de quemar a la viuda en la pira funeraria de su difunto marido. Fueron los misioneros evangélicos en la India, como William Carey, los primeros en denunciar la práctica del sati. Su lucha fue enconada y larga, pero finalmente se impusieron, consiguiendo la abolición del sati en 1829. El mismo Gobierno de la India acabó dando las gracias a los misioneros evangélicos que le hicieron ver la necesidad de abolir tan aberrante aspecto de su cultura.

Desde entonces, mucho se ha conseguido en el mundo para alcanzar la igualdad real entre hombres y mujeres. Pero, como pone de manifiesto It's a Girl, la lucha está lejos de haber concluido. La solución a largo plazo es que en esas culturas y países se reconozca la dignidad y valor de la mujer. Esto se puede y de hecho se está haciendo desde muy distintos ángulos y formas de pensar. Todos debemos concienciarnos de esta situación y buscar hacer algo con respecto a la misma. Pero la difusión y la enseñanza de la Biblia, al indicarnos cómo es realmente Dios, un Dios que no hace acepción de personas (Libro de Job 34:19) y que aborrece la discriminación, puede ayudar mucho, como ya lo ha demostrado la historia, en la erradicación de este vil comportamiento hacia las niñas.

Artículo escrito por José Moreno Berrocal y publicado originalmente en el periódico "El Semanal de La Mancha" el viernes 9 de marzo de 2012. Publicado con permiso.
 
 

Un rey, unos magos y el Rey

Los evangelistas que narran la historia del nacimiento de nuestro Señor Jesucristo destacan una serie de agudos contrastes que merecen nuestra detallada consideración. Es el primero de los evangelistas, Mateo, el que exhibe con gran precisión la contraposición que aparece con el nacimiento del Señor Jesús. De entrada, Mateo nos señala la abismal diferencia entre la actitud de los magos de oriente hacia Jesús y la del rey Herodes. Los magos vinieron para adorar a Jesús. Emprendieron un largo viaje en su búsqueda. Fueron guiados por la estrella y por la Palabra de Dios en sus pesquisas y, finalmente, cuando hallaron al niño, le ofrecieron lo mejor de sí mismos; regalos dignos de un Rey: oro, incienso y mirra. Por el contrario, Herodes indagó acerca de Jesús con un solo objetivo: acabar con la vida de su supuesto rival. Este es el primer contraste. Diversidad de actitudes en su nacimiento, pero que ilustran a la perfección la realidad de lo que será el ministerio de Jesús. De hecho, Jesús siempre ha producido y producirá reacciones opuestas. Como ya le dijo Simeón a su madre María con respecto a su hijo: “He aquí, este está puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel y para señal que será contradicha”, (Evangelio de Lucas 2:34). También esto ha sido verdad, tantas veces, en la historia de la Iglesia de Cristo. Como ya dijo Cristo: “Si a mí me han perseguido, a vosotros os perseguirán” (Evangelio de Juan 15:20). Los circos romanos, las hogueras de la Inquisición o los campos de concentración nazis y comunistas, entre otros, así como algunas yihads contra los cristianos lo demuestran palpablemente. Aun así, no hay contraste, quizás más sobresaliente o digno de mención, que el que Mateo traza entre dos reyes: Herodes y Jesús.

Mateo nos dice que “Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes” (Evangelio de Mateo 2:1). También nos cuenta que en aquellos días vinieron del oriente a Jerusalén unos magos diciendo: “¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido?” (Evangelio de Mateo 2:2). Estamos, pues, ante dos reyes: Herodes y Jesús. Herodes, el idumeo, ha pasado a la historia como “Herodes el Grande”. El rey de Judea en tiempos del nacimiento de Jesús estaba muy bien relacionado con el poder de Roma. Por ello, cuando nació Jesús ya había estado en el trono de Judá durante muchos años. También se le conoce como “el gran edificador”. El viajero en Israel todavía puede contemplar hoy, admirado, los restos de su afán constructor. Las ruinas de la ciudad de Cesarea, el gran puerto que allí construyó, o su soberbio palacio en Masada, así lo revelan. Pero es sobre todo el muro occidental, lo que queda de su fabulosa extensión del templo, lo que concita mayor aprecio. Comenzado en el 19 antes de Cristo, los enormes bloques de piedra que todavía hoy se pueden contemplar en los túneles del muro de Jerusalén, testifican también de la grandeza que tuvo el templo judío entonces. En su suntuoso palacio en Jerusalén, Herodes oye hablar por primera vez de otro Rey; uno que, verdaderamente, “ha nacido Rey de los judíos”. Uno que nació en una cueva en Belén y que dio testimonio que “no tenía donde reposar su cabeza” (Evangelio de Mateo 8:20). ¡Qué contraste con Herodes que tenía palacios por todas partes! En segundo lugar, notemos que Herodes estrictamente no tenía derecho a ocupar el trono, aunque fuera devaluado, de Judá. No era descendiente del rey David y ni siquiera era completamente judío. Por el contrario, Jesús si era descendiente del rey David. Era el gran “hijo de David”. Aunque humilde en su nacimiento y vida, solo Jesús era el verdadero Rey de los judíos. En tercer lugar, nuestro Señor Jesús fue ya anunciado como el “Príncipe de Paz” por el profeta Isaías. Como Pedro dijo en casa del centurión romano Cornelio en Cesarea: “éste anduvo haciendo bienes” (Hechos de los Apóstoles 10:38). Por el contrario, Herodes tenía las manos manchadas de sangre. Conocida es su furia destructora contra los niños menores de dos años en Belén, en un vano intento de matar al auténtico Rey Jesús. Pero la historia también nos enseña que mató a una de sus esposas, Mariamne, y a sus hijos, Alejandro, Aristóbulo y Antípater, entre otras muchas fechorías. La figura de Herodes es, en sí misma, un brutal y extremo ejemplo de las contradicciones del ser humano que vive sin Dios y sin esperanza en este mundo. Visionario y gran arquitecto de su reino, con un fino sentido de la estética, es también un dictador despiadado. Nos recuerda a los jerarcas nazis, capaces de apreciar la sublime música de Richard Wagner y de masacrar, al mismo tiempo, a millones de judíos en los campos de exterminio. Esta es la gran tragedia del ser humano, capaz de lo más exquisito, pero también de lo más vil. Finalmente notemos que, poco después de la matanza en Belén, Herodes murió. Su reino, bajo la exigente tutela de los romanos, se acabó extinguiendo. Por el contrario, el Reino de nuestro Señor Jesucristo, como le dijo el ángel a María en Nazaret, “no tendrá fin” (Evangelio de Lucas 1:33). Ahora bien, como dejó claro Jesús ante Pilato, su reino sería distinto a cualquier otro reino de este mundo. No sería de naturaleza política sino espiritual. El reino de Cristo tiene que ver con el reino de Dios en nosotros, en lo más profundo de nuestro ser. Y ese Reino en nosotros se manifiesta en una entrega completa a Jesús como Señor. En palabras de Pablo consiste, concretamente, en arrepentimiento para con Dios y fe en Jesucristo (Hechos de los Apóstoles 20:21). Eso no quiere decir que los que viven de acuerdo a las enseñanzas de Jesús no tengan relevancia social o política. Es indudable que sí la han tenido y la tienen pero, aun así, el reino de Cristo es diferente a los de este mundo. No se extiende o defiende por las armas ni es una entidad externa. Hoy en día podemos decir confiadamente que no ha habido persona más influyente en la historia que la del Maestro de Nazaret. El Galileo ha dejado su impronta en este mundo como ningún otro hombre lo haya hecho jamás. Su ascendiente tiene mucho que ver con su realeza. Esto no nos puede sorprender, y ya los primeros que escucharon predicar a los discípulos de Jesús acertaron al afirmar que lo que los cristianos predicaban era, sencillamente, que “hay otro Rey, Jesús”, (Hechos de los Apóstoles 17:7). Hoy, millones lo reconocen como su único Señor y Salvador, como su único Rey. Es decir, millones están dispuestos a reconocerle como la única autoridad final para sus vidas. Esa voluntad de Cristo aparece exclusivamente en su Palabra, la Biblia.

Celebrar la Navidad es, pues, rendirse al Rey Jesús. Es recibirle como Señor y Salvador nuestro. Es reconocer que la obra para la que nació, la de morir en la cruz del Calvario, en lugar de los pecadores y llevando el castigo que nosotros merecíamos recibir, es la que da sentido a nuestras vidas. Y esto porque por la fe en su sacrificio Dios nos concede perdón de pecados y vida eterna. ¿Es Cristo tu Rey? Como aquellos magos, ¿te acercas a su persona guiado por su Palabra para adorarle? La Navidad es adorar a Jesús. Como dice el conocido cántico: “Jesús, celebramos tu bendito nombre/ con himnos solemnes de grato loor;/ por siglos eternos adórate el hombre./ Venid, adoremos a Cristo el Señor”.

Artículo escrito por José Moreno Berrocal y publicado originalmente en el periódico "El Semanal de La Mancha" el viernes 23 de diciembre de 2011.
 
   

El 19 de abril de 1791 nació en Villafranca de los Caballeros (Toledo) Juan Calderón Espadero. Se cumplen 220 años de su nacimiento. Este aniversario es una magnífica ocasión para recordar a uno de los primeros (si no el primero) cervantistas manchegos, amén de brillante teólogo protestante. Tiene también el honor de ser el primer periodista evangélico en lengua española. Es precisamente esa condición de protestante (y por si fuera poco pastor y evangelista de esa confesión) lo que le hizo ser injustamente olvidado en su propia tierra. Muchos no podían perdonarle que, habiendo sido ordenado como sacerdote católico romano en 1815, se convirtiera a la fe evangélica en 1824 en Bayona (Francia). Aun así, un enemigo ideológico del ilustre manchego, Marcelino Menéndez Pelayo, no puede dejar de reconocer que Juan Calderón Espadero está entre los tres heterodoxos españoles más importantes del siglo XIX, junto con José María Blanco White y Luis de Usoz y Río. El cántabro así lo señala “por méritos filológicos y la docta pureza con que manejó la lengua castellana”.

Pero el reconocimiento de la figura de Juan Calderón en nuestros días debe mucho a la labor de investigadores como Juan B. Vilar y Mar Vilar, de la Universidad de Murcia y, sobre todo, a Ángel Romera Valero, incansable investigador y redescubridor de la figura de uno de nuestros manchegos más insignes. Junto a estos investigadores es de justicia reconocer que Alcázar de San Juan, de la mano de su Ayuntamiento y de su Patronato de Cultura, ha contribuido decisivamente a la recuperación de nuestro Juan Calderón Espadero. No en vano su madre era de Alcázar, de los Espaderos, familia de recio abolengo en Alcázar. Además, su padre ejerció de médico titular en Alcázar desde 1806 hasta su muerte acaecida en 1837. Juan Calderón mismo inició sus estudios eclesiásticos en el convento de los franciscanos de Alcázar de San Juan en 1806. Los amplió en Lorca (Murcia). Una vez ordenado sacerdote católico romano, enseñó filosofía en Alcázar. Posteriormente expuso la Constitución de Cádiz, lo cual le creó muchos enemigos y le obligó a exiliarse en Francia, después de que le dispararan a la puerta de su casa. El Ayuntamiento le dedicó una calle a Juan Calderón con una hermosa placa, además de mencionarle en otra placa en la calle donde residían su padres, la actual calle de la Independencia. Pero, además, el Patronato está detrás de la reedición de la obra de Juan Calderón. Hasta el momento han aparecido dos de sus obras. De entrada, su fascinante y conmovedora Autobiografía en la que principalmente se relata cómo llegó a su conversión al Evangelio. También ha aparecido su comentario al Quijote, con el título de Cervantes vindicado en ciento y quince pasajes del texto del Ingenioso Hidalgo D. Quijote de la Mancha, que no han entendido o que han entendido mal algunos de sus comentadores o críticos. En esta curiosa dilucidación del Quijote, el cervantista manchego enmienda la plana al célebre comentarista de la obra de Cervantes, Diego Clemencín. Ambos libros cuentan con soberbias introducciones críticas por parte de Ángel Romera. Además, se organizaron como parte de esa recuperación histórica de la figura del filólogo manchego unas conferencias en 2004 denominadas Juan Calderón en las que intervinieron tanto Ángel Romera como Mar Vilar, entre otros.

Indudablemente muchos son los méritos de Juan Calderón para que le sigamos prestando atención hoy. Un mero artículo no puede abarcar las múltiples facetas de su pensamiento, obra y producción literaria. Hay, sin embargo, dos aspectos que me gustaría señalar y que creo que muestran la relevancia del pensamiento de Juan Calderón en nuestros días. Desde su obligado exilio final en Londres, donde llegó a enseñar en el famoso King’s College, y donde fue ordenado como pastor, Juan Calderón trabajó en el British Museum en la recuperación de la obra de los primeros escritores protestantes españoles del siglo XVI. A partir de 1849, y hasta su muerte acaecida en 1854, Juan Calderón copió para Usoz algunas de los escritos que posteriormente aparecerían en la recopilación de las obras de los Reformistas Antiguos Españoles, editada por Usoz en veinte tomos entre 1847 y 1865. Nuestro Calderón fue un precursor en esa tarea que ha tomado un nuevo impulso en nuestros días gracias a la Editorial MAD de Sevilla, dentro de la serie Colección Eduforma Historia. En la misma no solo se están volviendo a publicar algunos de los volúmenes que ya editó Usoz sino que, además, se están presentando otras obras de autores españoles, entre ellas algunas que solo estaban en latín y que aparecen por primera vez en castellano. Ya entonces Calderón y Usoz, entre otros, vieron que era imprescindible recuperar las composiciones de aquellos primeros reformadores españoles del siglo XVI. Y esto no solo por su excepcional calidad literaria y teológica, sino también por el hecho de que demuestran muy a las claras que España no fue ajena a la Reforma Protestante del siglo XVI. Hubo, pues, Reforma en España con autores españoles de mucha enjundia. Calderón fue un pionero en esta empresa de dar a conocer una parte que se ha querido esconder de nuestra identidad española. El hecho es que la fe evangélica tiene un notorio arraigo en nuestro país con autores autóctonos, algunos de los cuales no llegaron a sus posiciones reformistas por influencia de otros reformadores extranjeros, sino desde su propia reflexión sobre la Biblia. También se acaba de editar una parte de la correspondencia entre el hebraísta Luis Usoz y el hispanista Benjamín Wiffen, en la que aluden con cierta frecuencia a Juan Calderón.

Henri PytEn segundo lugar, creo que sigue siendo muy pertinente en nuestros días reflexionar sobre las consideraciones que hace Juan Calderón en su Autobiografía, a propósito de su conversión a la fe evangélica. En un sentido, Juan Calderón, en su familia y en su propia persona, es un reflejo de la sociedad española de su época, pero, y esto es lo curioso, también de la nuestra. Su madre era muy devota de la fe católica de Roma. Su padre, médico ilustrado, era también un escéptico. Calderón recibe el influjo de sus dos progenitores. Estudia a fondo el catolicismo romano, pero también a los autores ilustrados como Rousseau y Voltaire, y también a Depuis y a Holbach, entre otros; e incluso otros anteriores como Spinoza. Calderón es como su padre, un liberal en política, pero también llega al ateísmo. Su fe católica romana se derrumba del todo alrededor de 1820. El ateísmo parece proveer de una salida intelectual a sus inquietudes y dudas, pero en el momento de mayor angustia de su vida, en 1824, el ateísmo no le libra de la desesperación más absoluta. En Bayona comienza a frecuentar las reuniones evangélicas dirigidas por el pastor suizo Henri Pyt. En las mismas, estudia la Biblia con asiduidad además de las obras de autores evangélicos como Robert Haldane, Tomás Erskine y Tomás Chalmers. Allí descubre la riqueza de la Biblia: “comencé a leer el Evangelio en el mismo texto del Evangelio” afirma Calderón. También la adecuada defensa intelectual que de la veracidad de las Escrituras se puede realizar. Pero, sobre todo, encuentra en el mensaje bíblico de Cristo el descanso para su alma. En palabras del mismo Calderón: “La experiencia que tenía de la inutilidad de mis propios esfuerzos para tranquilizar mi conciencia era una disposición inmediata para recibir la verdad del Evangelio, cuando nos anuncia que por las obras de la ley no será justificada ningún alma viviente (Epístola a los Romanos 3:20, 28, Epístola a los Gálatas 2:16 y Libro de los Salmos 143.2)”. Y añade: “la experiencia hecha de la vanidad de los sistemas de la sabiduría humana para procurar la paz y el consuelo a un alma que se siente angustiada por sus transgresiones, me llevaba como por la mano a recibir la verdad del Evangelio cuando nos anuncia que no hay otro nombre bajo el cielo dado a los hombres en que podamos ser salvos (Hechos de los Apóstoles 4:12)”. Esta es la experiencia espiritual de Juan Calderón con la que muchos nos identificamos también. La sorpresa de descubrir que la Biblia es confiable e intelectualmente satisfactoria. Asimismo, la paz para con Dios que viene de descubrir al Cristo que presentan esas mismas Escrituras. En este sentido, Calderón nos desafía hoy a acudir a la Biblia para contemplar allí al verdadero Cristo. Hay, pues, en Calderón una relevancia poco común pero siempre vigente, también en nuestros días. Solo el Cristo de la Biblia puede darnos consuelo y certeza espirituales. Aunque solo fuera por esto, Juan Calderón Espadero siempre será un referente para muchos de nosotros.

Artículo escrito por José Moreno Berrocal y publicado originalmente en el periódico "El Semanal de La Mancha" el viernes 3 de junio de 2011. Publicado con permiso.
 
 

El pasado 19 de noviembre se presentaba en el histórico cine Doré de Madrid el libro “Huellas del Cristianismo en el Arte: El cine”. Uno de los escritores del mismo es Francisco Royo, miembro de la Academia de Cine, y guionista de series como “Médico de familia”, “Periodistas” o “Cuéntame cómo pasó” y de películas como “El Club de los Suicidas”. En la presentación, Curro Royo aludió a una de las afirmaciones más aparentemente sorprendentes que aparecen en el libro, a saber, “la imposibilidad de retratar fielmente a Jesús de Nazaret” en el cine. Y esto, como añade el libro, “es una consecuencia más de la naturaleza dual del Señor, del carácter único e irrepetible de una persona que sigue desafiando, generación a generación, a todos aquellos que se aproximan a él”. Jesús es un hombre perfecto y Dios encarnado, por ello podemos plantearnos abiertamente si será posible (yo creo que no) hacer una película totalmente fiel al Jesús que presenta la Biblia. Por ello, las mejores películas sobre Jesús serían aquellas en las que, lejos de crear un acercamiento a su figura por la imagen misma de Jesús, se nos invitara, cinematográficamente hablando, a considerar los valores que transmite el evangelio de Jesús.

Creo que aquí estaría la razón por la que, cuando la Filmoteca Nacional preguntó a los autores del libro, José de Segovia, Francisco Royo y Daniel Jándula sobre la película que podría ser la más adecuada para proyectarse en esa presentación, la elegida fuera Ordet, (“La Palabra” en danés) del director de esa misma nacionalidad, Carl Theodor Dreyer. Ordet (1955), que curiosamente acaba también de aparecer en DVD, está considerada una obra maestra del cine. Si, como dice el mismo Dreyer “la esencia más íntima del cine es una necesidad de verdad”, entonces estamos ante una de las más logradas manifestaciones cinematográficas de la verdad del evangelio. Este film está basado en una novela de Kaj Munk, un pastor evangélico que fue asesinado por la Gestapo en 1944. Juan Antonio González Fuentes traza un paralelo entre la trama de Ordet y Don Quijote. Al referirse a un personaje de la película que se cree Jesucristo, el poeta cántabro nos dice que: “La sociedad bien pensante le trata como a un loco, se ríen de él. Igual le sucedió a Don Quijote, que sufre las burlas de las clases altas, de las bajas, del médico, del cura, del barbero…, pero él continua en su fe inquebrantable en la caballería, fe en sí mismo que lo convierte, finalmente, en alguien resplandeciente: el payaso se convierte en caballero en la obra de Cervantes; en la de Dreyer el payaso es un santo, el único creyente de verdad, pues es el único que tiene verdadera fe, fe en un Jesús, en un Dios, que es el del amor, el que no va a permitir el sufrimiento del marido, el que va a devolver a la vida a la mujer, el que da esperanzas a los niños. ¡Dejad que los niños se acerquen a mí!, dijo Jesús a sus discípulos. En este sentido, la escena de la conversación del tío-loco con su sobrina-creyente mientras la cámara gira lenta a su alrededor describiendo un círculo perfecto es sin duda una de las más hermosas de toda la historia del cine”.

Como queda apuntado, Ordet refleja, aunque sea sutilmente, algunos aspectos del evangelio. Pero, a mi modo de ver, fundamentalmente nos lleva a una reflexión sobre el hecho de que es solo por la Palabra de Dios que verdaderamente podemos llegar a creer en la resurrección de los muertos. La resurrección de los muertos es una doctrina fundamental de la fe cristiana, establecida sólidamente sobre la base del testimonio de muchos hombres y mujeres que vieron al Cristo resucitado, tal y como lo habían ya anticipado las Escrituras del Antiguo Testamento (1ª Epístola a los Corintios 15:1-9). Su importancia es tal que, como dice no un incrédulo sino un creyente, el Apóstol Pablo, escribiendo a los corintios, “si Cristo no ha resucitado nuestra predicación no sirve para nada, como tampoco vuestra fe” (1ª Epístola a los Corintios 15:14). Ordet es una parábola cinematográfica de la conexión que se establece entre la fe en la Palabra de Dios, que es la Palabra de Cristo, y la resurrección. Sin desvelar el punto álgido de la película, para aquellos que no la hayan visto todavía, Ordet nos insta a la fe en la resurrección exclusivamente por el poder de la Palabra.

Algunas veces, hablando con la gente mayor sentada en los bancos de nuestra Plaza, me ha conmovido notar el escepticismo de algunos frente a la realidad de la resurrección. Uno pensaría que en nuestra nación la creencia en la resurrección sería algo básico. Y sin embargo no es así. Creo que se debe al hecho de que, como apunta Dreyer en su película, existe una conexión entre la fe en la resurrección y la fe en la Palabra de Dios. De tal manera que, sin una exposición vital a la Palabra de Dios y un conocimiento real y en profundidad de la misma, los ritos religiosos no tienen en sí mismos poder para engendrar esa fe en la resurrección. Y es que solo podemos creer por la Palabra y sobre la base de la Palabra. Y es que la resurrección basa su veracidad en la Palabra de Dios, como lo vemos en la conversación de aquél que era La Palabra encarnada, nuestro Señor Jesucristo, con Marta: “Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente” (Evangelio de Juan 11:25-26). Jesús dijo a Marta: “¿Crees esto?”. Esta es la pregunta que Cristo continua haciéndonos a todos hoy. Ser cristiano implica creer en la resurrección corporal. ¿Por qué podemos creer? Precisamente porque es la Palabra de Cristo la que afirma esa resurrección. La Palabra del Dios hecho carne, el Cristo que resucitó a Lázaro, por el mero poder de su Palabra. Jesús es la Palabra que resucitó. “¿Crees esto?”. En nada se pone de manifiesto más a las claras si nuestra profesión de fe cristiana es real o fingida que en la respuesta que demos en nuestro fuero interno a esta pregunta. Si crees, muchos te tendrán por un loco… no lo dudes, pero recuerda que ya a Él le tuvieron por loco. En uno de los pasajes más desconocidos del evangelio encontramos como incluso los propios familiares de Jesús le tuvieron al principio como fuera de sí (Evangelio de Marcos 3:20, 31). Y, sin embargo, Él es la Palabra que resucitó. Su propio hermano Santiago creyó en Jesús como consecuencia de esa resurrección del primer hijo de María (1ª Epístola a los Corintios 15:7).

La resurrección de Jesús fue corporal. Los apóstoles y tantos cientos de testigos no vieron a un espíritu, sino a uno que pudo decirle a Tomás: “acerca tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo sino creyente” (Evangelio de Juan 20:27). Por eso, la predicación del hecho de la tumba vacía de Jesús y de la realidad de un Cristo vivo es el armazón de toda la proclamación apostólica del Evangelio. Si leemos atentamente el libro de los Hechos de los Apóstoles no podemos dejar de notarlo. Por ello, la auténtica fe cristiana no solo postula la pervivencia del alma, eso ya lo creían los griegos y los romanos entre otros. La fe cristiana trae un mensaje más escandaloso todavía, cree en la resurrección del cuerpo. Y esto, por la sencilla razón de que la resurrección de Cristo fue corporal; algo que, cuando Pablo lo anunció en la culta Atenas, provocó la burla de una parte de su audiencia y ¡la conversión de la otra! (Hechos de los Apóstoles 17:30-34). En una de las escenas más conmovedoras de Ordet, el marido desgarrado por el dolor de haber perdido a su esposa en un parto nos dice que también le gustaba su cuerpo. Y es que hay en nosotros un anhelo por lo corporal. El cuerpo y lo material son creación divina también, y también serán redimidos por Dios. La esperanza cristiana no es una existencia etérea, entre rechonchos querubines y nubes de algodón, sino en palabras del apóstol Pedro: “cielos nuevos, y tierra nueva, en los cuales mora la justicia” (2ª Epístola de Pedro 3:15). Cristo habló a los suyos de beber vino con ellos en el reino de su Padre (Evangelio de Mateo 26:29). Celebrar la Semana Santa es, según el testimonio de las mismas Escrituras, creer en la resurrección de los muertos. Creer que esa resurrección garantiza la nuestra, incluida la de nuestros cuerpos. Es creer que la resurrección de Jesús demuestra que todo pecado y ofensa a Dios y al prójimo ha sido cancelado por la fe en esa muerte expiatoria de Cristo en la cruz del Calvario (Epístola a los Romanos 4:25). ¿Crees tú esto? Esto solo es posible por la Palabra, la Palabra por la que creemos. Es exclusivamente por la Palabra de Dios que podemos tener fe, dice el apóstol Pablo (Epístola a los Romanos 10:17). Es por la lectura y la audición de la Palabra de Dios que la fe viene a nosotros. Si queremos creer debemos empaparnos de la Biblia. Los primeros cristianos eran hombres y mujeres de fe. ¿El secreto de su fe? La Palabra de Cristo moraba en abundancia entre ellos (Epístola a los Colosenses 3:16). Es por eso por lo que “creo en la resurrección de los muertos y la vida perdurable. Amen”. ¿Crees esto?

Artículo escrito por José Moreno Berrocal y publicado originalmente en el periódico “El Semanal de La Mancha” el viernes 15 de abril de 2011. Publicado con permiso.
 
   

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