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Una de las consecuencias que ha tenido en nuestro país el notable éxito de películas como las de la saga de “La Guerra de las Galaxias” o como las de la trilogía de “El Señor de los Anillos”, entre otras, ha sido la aparición de un creciente interés por la mitología de nuestros antiguos pueblos y civilizaciones. Esto no debería sorprendernos. Todo buen relato, como por ejemplo los que están detrás de las películas de la trilogía de “El Señor de los Anillos”, nos impelen a buscar cuentos similares a los que tan profunda huella han dejado ya en nuestras vidas. Y sin duda alguna, el mejor granero para tales leyendas se encuentra en las fuentes casi inagotables de la mitología mundial. Entre esas muchas antiguas y casi olvidadas fábulas, muchos han descubierto que existen numerosos relatos acerca de dioses moribundos. Así por ejemplo, la mitología nórdica nos presenta a un dios llamado Balder. Su madre la diosa Frigg, la esposa de Odín, el rey del panteón nórdico, ha hecho a Balder, aparentemente, invulnerable. Todas las plantas han jurado no herirle. Sin embargo, un dios malvado, llamado Loke, encuentra una planta que no ha participado en ese juramento, el muérdago. Por la siniestra influencia de Loke, Balder es alcanzado por el muérdago y muere. Adonis, dios originario del Oriente Medio, aunque más conocido entre nosotros por su papel en la mitología griega, fue mortalmente herido por un jabalí, enviado por otros dioses celosos de su belleza. Osiris, uno de los dioses egipcios más conocidos, es también objeto de la envidia de los otros dioses. Engañado, es encerrado en un cofre, a modo de ataúd, y muere ahogado al ser sumergido el cofre en el agua de un río. Estos son algunos de los casos que nos presentan las antiguas leyendas de la humanidad sobre dioses moribundos.

Resulta curioso que algunos, leyendo estos relatos mitológicos, hayan pretendido colocar en el mismo plano la muerte de Jesús. Después de todo, nos dicen, Jesús también pretendía ser Dios. Y, al igual que los dioses mitológicos, Jesús también murió. Es evidente, concluyen, que el caso de Jesús no fue tan excepcional en la Antigüedad. Por tanto, no debemos darle mayor importancia a la muerte de Jesús que la que le damos a la de cualquiera de los otros dioses de la mitología. De hecho, afirman, deberíamos asignar al baúl de los recuerdos a Jesús, tanto como nos hemos olvidado ya de Balder, Adonis y Osiris. Los que así se expresan parecen tener razón. Aparentemente, las semejanzas entre los dioses moribundos de otras culturas y Jesús resulta, de entrada, pasmosa. Balder, por ejemplo, era el colmo de la amabilidad y la bondad. También lo era Osiris y en eso, cualquiera que conozca los Evangelios, eso dioses se parecen en algo a Jesús. Todos ellos, además, tuvieron una muerte, cuanto menos trágica y, además, provocada por sus propios enemigos. ¿Tendrá entonces razón el crítico que quiere meter en el mismo saco a Jesús con toda esa colección de dioses antiguos? Tendría razón si no fuera por varios detalles, aparentemente insignificantes.

En primer lugar, tenemos el hecho de que el Credo Apostólico, haciéndose eco de los documentos más antiguos de la cristiandad, es decir, del Nuevo Testamento, incide en el hecho de que Jesús “padeció bajo el poder de Poncio Pilato”. Así, los cuatro Evangelios se hacen eco del papel de ese gobernador romano en la ejecución de Jesús. Los evangelistas destacan el hecho de que de que los dirigentes judíos no pudieron acabar con Jesús sin su concurso (Evangelio de Mateo 27:1-26, Evangelio de Marcos 15:1-15, Evangelio de Lucas 23:1-25 y Evangelio de Juan 18:28-19:22). Las primeras predicaciones cristianas afirman esa muerte de Jesús con la anuencia e implicación del procurador romano (Hechos de los Apóstoles 3:13, 4:27, 13:28). Incluso Pablo lo menciona (1ª Epístola a Timoteo 6:13). Y este detalle, aparentemente insignificante, es el que distingue completamente, la muerte de Jesús de la de los otros supuestos “dioses”. Es decir, a diferencia de lo que le pudo pasar a Balder, Adonis u Osiris, Jesucristo sí que padeció y murió. La diferencia entre Balder y Jesús es que lo que aconteció con nuestro Señor fue un hecho histórico constatable. Es un grave error, o es sencillamente pura ignorancia, pensar que nuestros antepasados eran unos crédulos y que no se dieron cuenta de las similitudes entre la pasión de Cristo y las muertes de antiguos dioses mitológicos. Sí se dieron cuenta, y es por eso por lo que el Credo Apostólico, en medio de afirmaciones teológicas acerca de la fe cristiana, añade esa frase tan específica: “y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato”. De Balder se dice que murió, pero no sabemos cuándo. Tampoco lo sabemos con respecto a Osiris o Adonis. De hecho, el mito de Adonis es originario de Siria y, antes de llegar a Grecia, sufrió modificaciones en Chipre y Egipto. Son leyendas cuyos orígenes son más bien inciertos. Pero Cristo padeció bajo el poder de Poncio Pilato. La muerte de Jesús es un hecho histórico y esa es la gran diferencia con la muerte de los otros “dioses”. La referencia, pues, a Poncio Pilato es muy reveladora. Sitúa la muerte de Jesús en la Historia. Sabemos bastante de Poncio Pilato, tanto por las referencias al mismo en los escritos cristianos del Nuevo Testamento, como por otros escritos de la Antigüedad. Así por ejemplo, Tácito, el gran historiador romano, comentando el incendio de Roma causado por el mismo Nerón, nos dice que este emperador usó a los cristianos como chivo expiatorio. Estas son sus palabras: “Por consiguiente, Nerón, con el propósito de esquivar el rumor, declaró culpables y castigó empleando los mayores refinamientos de crueldad, a una clase de hombres a quienes el populacho denominaba cristianos, y que eran aborrecidos por sus vicios. Cristus, de quien derivaban el apelativo, había sido ejecutado por sentencia del procurador Poncio Pilato cuando Tiberio era emperador”. Las fuentes rabínicas, al igual que Flavio Josefo, el famoso historiador judío, confirman, igualmente, que Jesús fue ejecutado por orden del gobernador romano Poncio Pilato. Poncio Pilato es, por tanto, una figura histórica incontrovertible si examinamos las fuentes históricas de la época. Pero la referencia no es exclusivamente al hecho de “padecer bajo Poncio Pilato” sino al hecho de que sucedió en un determinado y real marco histórico. Esto está completamente alejado de las leyendas acerca de los dioses moribundos de las mitologías paganas. Jesús fue un personaje histórico real y su muerte ocurrió verdaderamente en un lugar y tiempo concreto. Esto sitúa, por tanto, la muerte de Jesús en un plano totalmente diferente al de las muertes de los dioses de la mitología. La de Jesús fue un hecho histórico, las otras son leyendas.

En segundo lugar, hemos de notar que la muerte de Jesús “bajo Poncio Pilato” la coloca en un contexto histórico que ya había sido anunciado anteriormente por las Escrituras del Antiguo Testamento. Dios había determinado que la muerte de Jesús ocurriera bajo el Imperio Romano (véase el libro del profeta Daniel, capítulos 2 y 7 en particular). Es decir, la venida de Jesucristo al mundo y el significado de la misma, habían sido cuidadosamente preparadas por las Escrituras de los profetas del Antiguo Testamento. Su muerte no es un accidente, ni el resultado de una mera conspiración, sino el cumplimiento de un plan trazado por Dios, al que tenemos acceso por medio de la lectura del Antiguo Testamento. El Antiguo Testamento, escrito a lo largo de un período de unos 1000 años, y que va desde el 1400 antes de Cristo al 400 antes de Cristo, describe ese plan con todo lujo de detalles. La muerte de Jesús, por tanto, contiene un trasfondo, responde a un plan, el plan de Dios de rescatar a la Humanidad de las consecuencias de sus propios pecados. Las muertes de los otros dioses no tienen en ese sentido “pasado”. Son muertes desprovistas de contexto y, por tanto, carentes de un significado concreto y de un sentido histórico. Se encuentran, en otras palabras, en un vacío. La muerte de Jesús, por el contrario, responde a las profecías del Antiguo Testamento acerca del siervo sufriente del Señor (véase por ejemplo el capítulo 53 del profeta Isaías).

Finalmente, esa muerte diseñada por Dios y acontecida en un determinado lugar, ‘Jerusalén’, y en una determinada fecha, “bajo Poncio Pilato”, tiene una finalidad muy concreta. En ella tenemos al Dios verdadero interviniendo en la Historia del hombre. Tenemos a Dios encarnándose viniendo “desde afuera” para “desde dentro” llevar a cabo nuestra salvación: “Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo” (Epístola a los Hebreos 2:14). En su muerte, Jesús llevó sobre sí el castigo que nosotros justamente debíamos haber recibido. Esa finalidad redentora y salvadora es la que también distingue la muerte de Jesús de la de cualquier otro supuesto dios de la Antigüedad. Es más, las muertes de aquellos dioses no tienen ninguna relación con nosotros hoy. Por el contrario la de Jesús tiene mucho que ver con nosotros. Si acudimos arrepentidos a Cristo ahora y confiamos en Él, entonces el mismo Señor nos garantiza el perdón de nuestros pecados y la vida eterna (Evangelio de Juan 6:47 y Hechos de los Apóstoles 17:30). La muerte de Jesús tuvo, pues, un propósito preciso y tiene mucho que ver con nosotros aquí y ahora. De hecho, nuestra relación con Jesús y su obra en la cruz es la que determinará nuestro destino futuro...

Hubo una vez en la que Jesucristo sí murió verdaderamente por nuestros pecados. Esto es historia, no mito o leyenda. Hubo una vez en la que el justo padeció por los injustos para llevarlos a Dios. Hubo una vez en la que verdaderamente Dios pagó por nuestros pecados. La fe cristiana se basa, pues, en hechos históricos verdaderos. Es por eso por lo que la muerte de Jesús trae consuelo a los cristianos y esto es porque nuestra confianza está puesta en la verdad, la certeza de que, bajo Poncio Pilato, Cristo padeció para salvarnos. Y son estos detalles, tan aparentemente insignificantes, los que no nos permiten, ni por un minuto siquiera, comparar la muerte de Jesús con la de cualquier otro. Y, ¡aunque uno disfrute leyendo los mitos de la Antigüedad...!, el único consuelo es el que proporciona la verdad de la muerte redentora del Dios y hombre, Jesucristo, por nosotros los pecadores.

Artículo escrito por José Moreno Berrocal y publicado originalmente en el periódico "Canfali" el viernes 7 de abril de 2006.
 
 

Juan Aventrot y el Catecismo de Heidelberg

Uno de los personajes más interesantes de la España de finales del siglo XVI y principios del XVII es Juan Bautista Aventrot (1562-1633). Aventrot había nacido en Aeltre, un pueblecito situado entre Gante y Brujas. Imbuido de una profunda fe reformada llegó a ser uno de los primeros misioneros evangélicos en España. En aquellos lamentables momentos históricos predicar a Cristo en nuestra nación podía costarle a uno la vida. Así le sucedió finalmente a Aventrot. Además de comerciante, Aventrot fue prestamista y consejero financiero de la corte española. Incluso actuó como diplomático en 1609. En su juventud residió en las Islas Canarias, concretamente en La Palma, donde se casó con María en 1589, la hija de Pablo Vandala, un mercader de Amberes y Ana de Coquies. Aventrot conocía también el resto de España, sobre todo Sevilla, e incluso visitó algunas de las colonias españolas en América, particularmente Perú. Después de la muerte de su esposa en 1609, se marchó definitivamente de España, pasando por Amberes y fijando su residencia finalmente en Amsterdam, aunque también visitó Inglaterra entre otros lugares. No conocemos la fecha de su conversión al cristianismo evangélico, pero tuvo que ser alrededor de 1610.

De entrada, su fama se debe al hecho de que, con mucha probabilidad, Aventrot es el traductor al español del famoso Catecismo de Heidelberg. Su traducción fue realizada en 1627. El Catecismo de Heidelberg, publicado en 1563, fue redactado por los profesores de la Universidad de Heidelberg, Zacarías Ursino de Breslau y Gaspar Oleviano de Tréveris. Estos teólogos llevaron a cabo esta obra a instancias del Príncipe Elector del Palatinado Federico III el piadoso. Este príncipe protestante era conocido por su intensa fe evangélica. Su lema favorito era la siguiente oración: “Señor, según tu voluntad”. Ursino, por su parte, había estudiado con Felipe Melanchthon en Wittemberg y, a su vez, Gaspar Oleviano lo había hecho con Juan Calvino en Ginebra. Este documento cristiano que conocemos como Catecismo de Heidelberg no es solamente una precisa confesión de fe reformada. Es también un escrito pastoral de primer nivel. Varios ejemplos lo demuestran palpablemente. En primer lugar, las dos preguntas con la que comienza el Catecismo y sus extraordinarias respuestas. Estas nos muestran claramente la única fuente de la verdadera paz a la que hemos sido llamados por Jesucristo:

Pregunta 1: ¿Cuál es tu único consuelo tanto en la vida como en la muerte?

Respuesta: Que yo, con cuerpo y alma, tanto en la vida como en la muerte1, no me pertenezco a mí mismo2, sino a mi fiel Salvador Jesucristo3, que me libró de todo el poder del diablo4, satisfaciendo enteramente con su preciosa sangre por todos mis pecados5 y me guarda de tal manera6 que sin la voluntad de mi Padre celestial ni un solo cabello de mi cabeza puede caer7, antes es necesario que todas las cosas sirvan para mi salvación8. Por eso también me asegura, por su Espíritu Santo, la vida eterna9 y me hace pronto y aparejado para vivir en adelante su santa voluntad10.

(1)Ro. 14:8, (2)1 Co. 6:19, (3)1 Co. 3:23, Tit. 2:14 (4)He. 2:14, 1 Jn. 3:8, Jn. 8:34-36 (5)1 P. 1:18-19, 1 Jn. 1:7, 2:2, 12, (6)Jn. 6:39, 10:28, 2 Ts. 3:3, 1 P. 1:5, (7)Mt. 10:30, Lc. 21:18, (8)Ro. 8:28, (9)2 Co. 1:22, 5:5, Ef. 1:14, Ro. 8:16, (10)Ro. 8:14, 1 Jn. 3:3.

Pregunta 2: ¿Cuántas cosas debes saber para que, gozando de esta consolación, puedas vivir y morir santamente?

Respuesta: Tres:1 La primera, cuán grande son mis pecados y mis miserias2. La segunda, de qué manera puedo ser librado de ellos3. La tercera, la gratitud que debo a Dios por esa liberación4.

(1)Mt. 11:28-30, Ef. 5:8, (2)Jn. 9:41, Mt. 9:12, Ro. 3:10, 1 Jn. 1:9-10, (3)Jn. 17:3, Hch. 4:12, 10:43, (4)Ef. 5:10, Sal. 50:14, Mt. 5:16, 1 P. 2:12, Ro. 6:13, 2 Ti. 2:15.

El otro ejemplo del valor pastoral de este Catecismo nos lo proporcionan las preguntas 27 y 28 referidas a la providencia divina:

Pregunta 27: ¿Qué es la providencia de Dios?

Respuesta: Es el poder de Dios, omnipotente y presente en todo lugar1, por el cual, como con su mano, sustenta y gobierna el cielo, la tierra y todas las criaturas de tal manera2 que, todo lo que la tierra produce, la lluvia y la sequía3, la fertilidad y la esterilidad, la comida y la bebida, la salud y la enfermedad4, las riquezas y la pobreza5 y, en fin, todas las cosas, no acontecen sin razón alguna, como por azar, sino por su consejo y por su voluntad paternal6.

(1)Hch. 17:25, 27-28, Jer. 23:23-24, Is. 29:15-16, Ez. 8:12, (2)He. 1:3, (3)Jer. 5:24, Hch. 14:17, (4)Jn. 9:3, (5)Pr. 22:2, (6)Mt. 10:29, Pr. 16:33.

Pregunta 28: ¿Qué utilidad tiene para nosotros este conocimiento de la creación y providencia divinas?

Respuesta: Que en toda adversidad tengamos paciencia1, y en la prosperidad seamos agradecidos2, y tengamos, en el futuro, toda nuestra esperanza puesta en Dios nuestro Padre fidelísimo3, sabiendo con certeza que no hay cosa que nos pueda apartar de su amor4, pues todas las criaturas están sujetas a su poder de tal manera que no pueden hacer nada ni moverse sin su voluntad5.

(1)Ro. 5:3, Stg. 1:3, Sal. 39:9, Job 1:21-22, (2)1 Ts. 5:18, Dt. 8:10, (3)Sal. 55:22, Ro. 5:4, (4)Ro. 8:38-39, (5)Job 1:12, 2:6, Pr. 21:1, Hch. 17:25.

Menos conocido, pero fascinante igualmente, es el hecho de que Aventrot intentó persuadir a los reyes de España Felipe III y Felipe IV acerca de la armonía de la fe cristiana reformada con las enseñanzas de la Biblia y de la imperiosa necesidad de otorgar libertad de conciencia y de culto a sus súbditos. Esta labor evangelística la realizó principalmente por medio de tratados o cartas traducidas a varios idiomas y enviadas a los reyes y a los nobles españoles entre otros. Entre toda su producción literaria conocida está su Epístola al Dux de Venecía (1619) una Christiana Instrvctio sobre los orígenes y la significación trascendental de la guerra que ahora conocemos con el nombre de Guerra de Treinta años (1620) y una Epístola a los Peruleros (1628). Pero sobre todo está su Epístola al Rey de España (1612) que fue su producción más usada y de la que se hicieron al menos 10 ediciones en español, latín, holandés, italiano y francés. Algunos de sus escritos fueron interceptados por la Inquisición y destruidos. Su sobrino Juan Coote, que era portador de algunos de los escritos que dirigió al rey español, fue detenido en Lisboa en 1614 y condenado a galeras. Finalmente, Juan Aventrot decidió venir en persona a España a entrevistarse con el rey Felipe IV. Entregado por éste a la Inquisición, fue torturado aun siendo ya un anciano, pero permaneció firme en su fe cristiana reformada, siendo quemado en la plaza de Zocodover en Toledo el 22 de mayo de 1633. Aventrot, pues, forma parte de ese número de creyentes de los que el mundo no era digno y que sellaron su fe con la corona del martirio (Epístola a los Hebreos 11:37-39, Libro de Apocalipsis 2:10, 6.9-11 y Evangelio de Juan 15:18-16:4).

Poseemos un extracto de una de sus cartas al rey Felipe IV, en el que se puede apreciar perfectamente su gran conocimiento bíblico y su profundo espíritu evangelístico. Reflexionado sobre el hecho de que ya en algunos lugares de Europa, en sus propias palabras, “se predica el Evangelio de la gracia de Christo”, Aventrot aboga para que así ocurra también en España y en todos sus dominios:

“... Dios quiere que en estos postreros tiempos antes de la fin del mundo el Evangelio del Reyno de Christo otra vez se predique a todas las naciones y gentes y V. Magd. con la Inquisición del Rey no impide que en vuestros Reynos en manera ninguna se predique...”

Vemos como Aventrot está familiarizado de entrada con conceptos fundamentales de la fe cristiana como es la expresión “Evangelio de la gracia de Christo”, que resume admirablemente todo el contenido de la Biblia y el ministerio de Pablo (Hechos de los Apóstoles 20:24 y Epístola a los Colosenses 1:5-6). Incluso habla de “el Evangelio del Reyno de Christo” (Evangelio de Lucas 23:42, Epístola a los Efesios 5:5, Epístola a los Colosenses 1:13, Epístola a los Hebreos 1:8 y 2ª Epístola de Pedro 1:11).También afirma categóricamente la realidad de la predicación y extensión del evangelio por todo el mundo antes del fin del mundo (Evangelio de Mateo 24:14 con 13:31-33, Libro de Apocalipsis 11:15 con Libro de los Salmos 2:8-9). Aventrot, pues, es un suma un modelo a imitar por varias razones. De entrada, por su amor por la libertad de conciencia de la que fue un pionero. Pero también por su anhelo de extender, en sus propias palabras, “el Evangelio verdadero de Christo”, en obediencia a la gran comisión del Señor a su Iglesia (Evangelio de Mateo 28:18-20).

P.S. Agradezco sinceramente a la profesora Frances Luttikhuizen la información que me ha proporcionado para la redacción de este artículo.
Artículo escrito por José Moreno Berrocal y publicado originalmente en esta página web el martes 26 de abril de 2011. 
 
 

La Pascua

No se puede entender adecuadamente la obra de Jesús de Nazaret sin apreciar que esa obra hunde sus raíces en el Antiguo Testamento. Todas las acciones y enseñanzas de Jesús destilan ese trasfondo veterotestamentario sin el cual no pueden ser comprendidas en su justa medida. Y esto resulta particularmente cierto en cuanto a la mayor de las obras de Jesucristo, su propia muerte. Puede resultar paradójico considerar la muerte de Jesucristo como su obra, pero es así como los Evangelios presentan su muerte. No como algo que le ocurrió inesperadamente o accidentalmente, sino como la razón misma por la que vino a este mundo. En palabras del mismo Jesús: “Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo de mi mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar. Este mandamiento recibí del Padre” (Evangelio de Juan 10:17-18).

La muerte de Jesús no fue, por tanto, producto del azar sino que respondía a un plan divino cuyo origen se encuentra en la eternidad. Ese plan incluía la muerte de Jesús durante la celebración de la pascua judía: “sabéis” dijo Jesús a sus discípulos “que dentro de dos días se celebra la pascua, y el Hijo del Hombre será entregado para ser crucificado” (Evangelio de Mateo 26:2). Lo curioso es que los principales sacerdotes, escribas y ancianos de los judíos que habían determinado matarle no querían hacerlo durante la fiesta de la Pascua. Pero a pesar de sus deseos el plan divino prevaleció y Jesús murió en plena celebración de la Pascua.

¿Por qué tenía que morir Jesús durante la celebración de la Pascua? Para poder responder a esta pregunta tenemos que entender en primer lugar qué era la fiesta de la Pascua para los judíos. La Pascua era una de las grandes celebraciones del pueblo de Israel. En ella recordaban uno de los mayores acontecimientos de su historia. En esa fiesta se hacía memoria de la noche en la que Dios pasó por toda la tierra de Egipto, en la que ellos eran esclavos, para herir a todo primogénito de Egipto y juzgar a todos sus dioses. Los hebreos, sin embargo, fueron excluidos del castigo. ¿Por qué no fueron igualmente castigados los hebreos? ¿Por qué pasó Dios por encima de las casas de los hebreos? Dios pasó por encima de sus casas sin herirles porque ellos habían seguido las instrucciones que Dios les había dado. Esa misma noche cada casa hebrea había sacrificado un cordero sin defecto, el cordero pascual. Tomaron de la sangre del animal y la pusieron en los postes y el dintel de sus casas. Dios le había dicho: “yo pasaré aquella noche por la tierra de Egipto... y la sangre os será por señal en las casas donde vosotros estéis; y veré la sangre y pasaré de vosotros, y no habrá en vosotros plaga de mortandad cuando hiera la tierra de Egipto” (Libro de Éxodo 12:12-13). Es decir, la sangre del cordero pascual apartó la ira de Dios de sus propias casas.

Esa sangre y ese cordero eran símbolos que apuntaban a una realidad por venir. Cuando Juan el Bautista vio a Jesús dijo: “He aquí, el cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Evangelio de Juan 1:29). El apóstol Pedro se refiere igualmente a Jesús como “un cordero sin mancha y sin contaminación” (1ª Epístola de Pedro 1:19), y el apóstol Pablo afirma, hablando de los cristianos, que “nuestra pascua es Cristo, que ya fue sacrificada por nosotros” (1ª Epístola a los Corintios 5:7). Cristo es, pues, la Pascua de los cristianos, y Cristo quiso morir durante la celebración de la Pascua para hacer más clara esa identificación entre el cordero pascual y su persona. Es más, esa muerte durante la Pascua nos enseña el significado más esencial y fundamental de la obra de Jesucristo. De la misma manera que la sangre del cordero pascual apartó la ira de Dios de los hebreos, de la misma manera la sangre que Cristo derramó en el Calvario nos libra de la ira venidera. A la luz de la Pascua judía podemos ver que la muerte de Cristo fue la muerte del inocente en lugar de los culpables y que de la misma manera que el cordero fue inmolado en lugar de los hebreos, así Cristo fue sacrificado en lugar de los pecadores. La Pascua enseña que Dios no es indiferente al pecado porque es santo. Pero la Pascua enseña también que Dios es amor y que por amor castigó a su Hijo en lugar de castigar a los que eran culpables. Como dice Isaías hablando de Jesús: “Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Libro de Isaías 53:5).

En estas fechas de Semana Santa es bueno meditar y profundizar sobre la obra que Jesucristo llevó a cabo en el Calvario. Será provechoso hacerlo a la luz del significado de la Pascua. Hay aspectos de la obra de Cristo que no gustan al hombre moderno. Por ejemplo, que la obra de Cristo signifique la remoción de la ira de Dios. Esto no gusta porque hoy en día no se cree en la ira de Dios. Pero tanto el Antiguo Testamento como el Nuevo hablan con claridad de la ira de Dios, (Evangelio de Mateo 3:7 y 1ª Epístola a los Tesalonicenses 1:10) y nos dice que solo Jesucristo puede librarnos de la misma. ¿Cómo? Al igual que los israelitas creyeron a Dios y confiaron en la sangre del cordero pascual, ahora nosotros debemos creer que la sangre de Jesucristo nos limpia de todos nuestros pecados. “El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (Evangelio de Juan 3:36). Cree, pues, en el poder de su sangre para librarte de la ira venidera. Así estarás verdaderamente celebrando la Semana Santa.

Artículo escrito por José Moreno Berrocal y publicado originalmente en el periódico "Canfali" el viernes 11 de abril de 2003.
 
   

El legado de Lloyd-Jones

La primacía de la predicación.

 

El 1 de marzo de 1981 fallecía David Martyn Lloyd-Jones, uno de los más grandes predicadores evangélicos del siglo XX. Nacido en Cardiff en 1899, Martyn Lloyd-Jones estudió medicina y ejerció como doctor hasta 1927. En ese año aceptó el llamamiento para ser pastor de una iglesia en Port Talbot (Gales). Desde 1938, y hasta su jubilación en 1968, fue pastor en Londres, en la iglesia conocida como Westminster Chapel, en pleno corazón de la metrópolis inglesa. Después de su jubilación, y hasta su muerte, se dedicó a predicar y a impartir conferencias, además de adaptar muchos de sus sermones para ser publicados. Su vida y ministerio dejaron una huella indeleble en el movimiento evangélico anglosajón. De entrada, como pastor y predicador en las dos iglesias donde fue ministro del evangelio. Pero su influencia fue también determinante en muchos cristianos, particularmente entre los estudiantes universitarios, otros pastores y varios editores. Treinta años después de su muerte, lejos de desaparecer, su ascendencia, si cabe, ha crecido y se ha extendido por toda la tierra. Esto ha ocurrido principalmente a través de sus escritos, que han sido traducidos ya a varios idiomas, entre ellos el español. Pero también por mensajes en audio e, incluso últimamente, por medio de videos que rescatan antiguas grabaciones suyas para la televisión. La impronta de Lloyd-Jones también continuó y continua hasta nuestros días en el ministerio pastoral de multitud de hombres que lo consideran su mentor espiritual o, por lo menos, un gran estímulo espiritual en su vida y servicio cristianos. Y, por supuesto, en la vida de un número incontable de cristianos que se nutren de sus escritos y mensajes en audio. Al mismo tiempo, el pensamiento de Lloyd-Jones continua vigente también por medio de otros libros y artículos de muchos otros autores que reflexionan sobre su vida, obra y mensaje. Me gustaría destacar tres aspectos del legado de Lloyd-Jones que considero particularmente relevantes en nuestra situación actual.

 

En primer lugar, Lloyd-Jones puso el acento en la primacía de la predicación en la vida de la Iglesia. Esa restauración de la importancia fundamental de la predicación para el pueblo de Dios es una de las notas distintivas por las que Lloyd-Jones será siempre recordado. Lloyd-Jones, con su profundo conocimiento de la historia de la Iglesia, no cesó de recordar al pueblo de Dios el hecho de que sus mejores épocas han coincidido con momentos en los que la predicación era el núcleo central de su actividad. Así lo vemos, por ejemplo, en la Reforma Protestante del siglo XVI o en el llamado Gran Despertar Evangélico del siglo XVIII. Obviamente, la prioridad de la predicación es algo que ya resalta la Escritura con asiduidad (1ª Epístola a los Corintios 1:17, 2ª Epístola a Timoteo 4:1-8, etc.). Para Lloyd-Jones, como enseña la Escritura, la predicación es una declaración de la voluntad de Dios al hombre. No es un debate o un diálogo, sino una proclamación. La idea bíblica del predicador es la de un heraldo (1ª Epístola a los Corintios 1:21-23, 1ª Epístola a Timoteo 2:7, 2ª Epístola a Timoteo 1:11). El predicador, como los heraldos, no trae sus propias ideas o mensajes. El predicador evangélico es también un embajador que transmite lo que Dios dice en su Palabra, la Biblia (2ª Epístola a los Corintios 5:20) y a la que considera, en palabras de un himno “... la infalible voz del Espíritu de Dios”. Un embajador, en tanto en cuanto sea fiel al mensaje recibido, tiene el respaldo y autoridad de aquel que lo ha enviado. Así ocurre con los predicadores que son fieles a Dios en la proclamación de su voluntad.

 

Pero la contribución distintiva de Lloyd-Jones a la predicación no es solo un recordatorio de su capital importancia para la Iglesia. Su reflexión va más allá de una mera exhortación a predicar. Para Lloyd-Jones, como para las Escrituras, predicar es una labor que engloba al hombre al completo: al que predica y al que oye la predicación. Usando una división muy querida por el mismo Lloyd-Jones, el mensaje predicado debe tener en cuenta la mente, los sentimientos y la voluntad. El mensaje debe empezar por la mente y dirigirse en primer lugar a la misma. Esto significa que la predicación bíblica, para serlo, debe ser necesariamente una predicación doctrinal. Es decir, debe contener enseñanza. Como dice Pablo a los ancianos de Éfeso en su despedida: “nada que fuese útil he rehuido de anunciaros y enseñaros, públicamente y por las casas, testificando a judíos y a gentiles acerca del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo” (Hechos de los Apóstoles 20:20-21). Dios quiere que su Palabra sea comprendida porque es precisamente por medio del entendimiento de su Palabra que conocemos a Jesucristo y experimentamos su poder para salvarnos (Evangelio de Juan 17:3). Para este fin, el predicador y sus oyentes deben usar la mente concienzudamente. Para alcanzar este propósito Lloyd-Jones enseñó que, fundamentalmente, la predicación debe ser expositiva, es decir, se debe explicar la Biblia. Hay que enseñar todo el consejo de Dios en su contexto y con la importancia y precisión que la misma Biblia otorga a cada uno de los temas tratados en cada uno de sus pasajes y libros. Lo ideal es la predicación consecutiva y sistemática de la Biblia (Evangelio de Lucas 24:27, 44, Hechos de los Apóstoles 13:17-52, 20:26-27, 2ª Epístola a Timoteo 3:14-4:5), es decir, la predicación de los libros que componen la Biblia. Esto, entre otras muchas cosas, nos librará de predicar desequilibradamente, pues no predicaremos solo lo que nos gusta sino que deberemos predicar lo que contenga el texto bíblico. Pero para Lloyd-Jones la labor del predicador no termina con la exposición del texto bíblico. Predicar para Lloyd-Jones era más que hacer un estudio bíblico. El concepto bíblico de la predicación incluye, necesariamente, la aplicación de la Biblia a los oyentes. Predicar es mostrar la relevancia del texto bíblico para todas las épocas, incluida la nuestra. La esencia de la predicación es la aplicación. Los puritanos, también mentores espirituales de Lloyd-Jones, enseñaban que la predicación realmente empezaba con la aplicación. Eso implica, de entrada, darse cuenta de quienes son los oyentes, sus capacidades y trasfondos (Hechos de los Apóstoles 23:6, 1ª Epístola a los Corintios 3:1-3). Predicar significa mostrar la pertinencia de la Palabra expuesta a la situación particular de los oyentes (Hechos de los Apóstoles 24:24-25). Por supuesto que la doctrina debe gobernar toda la aplicación de la Escritura, ya contenga ésta redargución, reprensión o exhortación. Éstas, para ser bíblicas, deben estar ancladas en la doctrina (2ª Epístola a Timoteo 4:2), pero no debe quedarse solo en una exposición doctrinal. Predicar, por otro lado, tampoco es impartir una conferencia académica. Predicar es algo que involucra igualmente a los sentimientos. Como decía uno de los héroes espirituales del mismo Lloyd-Jones, George Whitefield, se debe predicar un Cristo sentido, es decir, un Cristo experimentado (a felt Christ), un Cristo que sentimos vivo. En la imagen anteriormente citada del embajador, vemos como Pablo habla igualmente de rogar (2ª Epístola a los Corintios 5:20). Esa referencia al ruego nos recuerda que predicar no es algo mecánico ni frío, desprovisto de sentimientos. Para ello el predicador debe estar imbuido del mensaje que predica. Resulta curioso notar como Lloyd-Jones daba mucha más importancia al hecho de que el predicador tuviera convicciones firmes que a cualquier otro factor en su preparación. En última instancia, el mensaje debe apelar a la voluntad del oyente. Todo mensaje bíblico debe urgir a la acción y no debería dejar indiferente a predicador y oyente (Hechos de los Apóstoles 20:18-19, 26:19-29). Esto no significa que el mensaje deba buscar una reacción física y externa en el oyente. La idea de Lloyd-Jones es mucho más profunda que eso. Quiere decir que la predicación bíblica, en las manos del Espíritu de Dios y por su sola influencia, nos lleva a obedecer al evangelio y a volvernos a Dios (Hechos de los Apóstoles 5:32, 1ª Epístola a los Tesalonicenses 1:2-10). La voluntad es transformada por Dios y el hombre actúa ahora para la gloria de Dios. Para Lloyd-Jones, la Epístola a los Romanos 6:17 describe magistralmente el gran cambio efectuado en la persona para poder ser considerada cristiana. Pablo dice: “Pero gracias a Dios, que aunque eráis esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados”. En este texto Lloyd-Jones veía como la predicación afecta al hombre en su totalidad, en lo que llamamos la conversión cristiana. Esta es el resultado de una obra de la gracia de Dios que afecta al ser humano integralmente. La mente aparece aquí en este texto en el hecho de que es por la compresión de una forma de doctrina o enseñanza, el evangelio en toda su plenitud, por lo que somos transformados. La voluntad está aquí en el hecho de que los cristianos son descritos como aquellos que obedecen. Y, finalmente, los sentimientos están en el hecho de que esa obediencia, dice Pablo, es de corazón. En el hecho, dice Lloyd-Jones comentando este texto, de que esa es una obediencia gozosa y llena de deleite. Como dice también Pedro, los verdaderos cristianos son aquellos que se alegran en el Señor “con gozo inefable y glorioso” (1ª Epístola de Pedro 1:8). Las expresiones “lógica en fuego” o “teología viniendo a través de un hombre en fuego”, describen perfectamente la idea de Lloyd-Jones sobre la predicación.

 

Finalmente, para Lloyd-Jones predicar significa depender de Dios a la hora de predicar. Esto significa buscar la presencia del Espíritu Santo en la preparación del mensaje y en el mismo momento de entregarlo o predicarlo. Como también enseñaba C.H. Spurgeon, todo predicador debería decirse a sí mismo al subir al púlpito: “creo en el perdón de los pecados y en el Espíritu Santo”. Esta dependencia del Espíritu Santo es otra de las grandes enseñanzas que buscó recuperar Lloyd-Jones para la Iglesia. Su enseñanza sobre la dependencia del Espíritu Santo hunde sus raíces en la robusta teología reformada de Lloyd-Jones. Esta enseñanza hace justicia al hecho de que el Espíritu Santo es soberano en sus operaciones (Evangelio de Juan 3:8, 1ª Epístola a los Corintios 12:7, etc.). Sus obras no son siempre uniformes sino que hay una variación en las mismas que debe ser apreciada. Esto significa que los cristianos deben buscar más de Dios y no asumir su presencia sin más en la predicación de la Palabra o en cualquier otra actividad de la Iglesia. Aun así, Dios es soberano y no está atado a nada pero, como enseñaba igualmente el puritano Mathew Henry, muchas veces, antes de obrar, Dios pone a su pueblo a orar. El lema que debe presidir tanto la preparación como la predicación misma, así como cualquier otra actividad de la Iglesia, deberían ser las palabras del Salmista: “Tu presencia supliqué de todo corazón; ten misericordia de mi según tu palabra” (Libro de los Salmos 119:58).

 

P.S. En su libro La predicación y los predicadores, editado por Editorial Peregrino, David Martyn Lloyd-Jones desarrolla ampliamente su idea de lo que es la predicación. Lo recomiendo encarecidamente. Otros libros excelentes sobre la predicación son La predicación, puente entre dos mundos, de John R.W. Stott, editado por Desafío y Cuando se escucha la voz de Dios, de varios autores, editado por Andamio en su serie de básicos Andamio.

 

Artículo escrito por José Moreno Berrocal y publicado originalmente en esta página web el viernes 18 de marzo de 2011 al cumplirse 30 años de la muerte de David Martyn Lloyd-Jones.
 
 

Acaba de estrenarse en nuestros cines la película La Travesía del Viajero del Alba. Es la nueva adaptación cinematográfica de un libro con ese mismo título escrito por el conocido autor C.S. Lewis. El británico C.S. Lewis (Belfast, Irlanda del Norte, 1898 – Oxford, Inglaterra,1963) es uno de los mejores escritores del siglo XX. Su conversión al cristianismo en 1931 le transformó en un activo defensor de la fe cristiana. Lewis mismo relata su viaje al cristianismo protestante en uno de sus libros más fascinantes Cautivado por la Alegría. Este libro es una especie de autobiografía espiritual. En la misma, Lewis describe el asombroso peregrinaje espiritual que le llevó desde el ateísmo al cristianismo, pasando entre medias por el ocultismo, el idealismo, el panteísmo y el teísmo. Por medio de sus escritos y conferencias Lewis impactó a muchas personas en su propia generación y época. Lo curioso es que, lejos de disminuir, su influencia ha seguido creciendo hasta nuestros días, de tal manera que sus escritos hoy continúan tocando las vidas de muchos. Uno de los últimos de los que he leído es Francis S. Collins, el famoso Director del Instituto Nacional para la Investigación del Genoma Humano, premio Príncipe de Asturias 2001. En estos momentos es el director de los Institutos Nacionales de Salud de EE.UU, cargo para el que fue nombrado por el presidente Barack Obama. Collins se convirtió al cristianismo evangélico leyendo el libro más famoso de C.S. Lewis, Mero Cristianismo. El testimonio de Collins así como su posición científica se encuentra en su libro ¿Cómo habla Dios? La evidencia científica de la fe. Pero no son solo los libros de C.S. Lewis los que siguen impactando al público. El cine también participa de esa creciente presencia pública del pensamiento de Lewis en nuestros días. Así, parte de su vida ha sido llevada a las pantallas en la exitosa película de Sir Richard Attenborough Shadowlands (Tierras de Penumbra) donde un genial Anthony Hopkins borda el papel de Lewis en uno de los momentos más dolorosos de su vida, la pérdida de su esposa Joy, excelentemente interpretada también por Debra Winger.

Es precisamente la adaptación al cine de algunas de las obras de ficción de Lewis, lo que ha hecho que su nombre no deje de conocerse por una nueva generación ya en pleno siglo XXI. La Travesía del Viajero del Alba forma parte de una colección de siete libros que, bajo la designación de Las Crónicas de Narnia, Lewis escribió a mitad del siglo pasado. Los libros, o algunos de ellos, han sido adaptados para el teatro, la radio, la televisión y el cine. Las más recientes son las realizadas por Disney, El León, la Bruja y el Armario (2005) y El Príncipe Caspian (2008) La última de ellas, La Travesía del Viajero del Alba, ahora con Fox acaba de estrenarse en nuestros cines. Esta nueva cinta ha sido dirigida por un nuevo director, Michael Apted. Este realizador está detrás de la película Amazing Grace que cuenta la emocionante historia de la abolición de la esclavitud y la participación en la misma del político evangélico William Wilberforce. Quien sí ha seguido envuelto en este proyecto es el hijo adoptivo de C.S. Lewis, un cristiano evangélico llamado Douglas Gresham. En La Travesía del Viajero del Alba, que es la tercera de la serie, se retoman las aventuras en Narnia (un mundo fantástico inventado por Lewis y paralelo al nuestro pero con una escala de tiempo diferente) por parte de dos de los niños Pevensie que habían aparecido en las anteriores entregas, Lucy y Edmund. En La Travesía del Viajero del Alba Lucy, Edmund junto con su primo Eustace vuelven a encontrarse con el Príncipe Caspian y el ratón parlante Reepicheep. Juntos vivirán emocionantes aventuras que les llevaran en un peligroso viaje hasta el fin del mundo el país del león Aslan, la figura central de las Crónicas de Narnia.

La Travesía del Viajero del Alba parece ser, de entrada, un reflejo de los cuentos de hadas que Lewis escuchó en su infancia de labios de su niñera Lizzie Endicott. Estos eran relatos del folclore irlandés entre los que se encontraban, por ejemplo, La Isla de Mell Moy o El viaje de Bran a la Isla de los Bienaventurados. Es, por supuesto, un homenaje a uno de los libros que Lewis estudió con más asiduidad, La Odisea de Homero. De hecho existe una referencia directa a Ulises cuando, por fidelidad a Caspian, sus propios súbditos hablan de atarle como se hizo con Ulises para que no fuera atraído por el canto de las sirenas. También parece responder a lecturas como El Dragón Perezoso, de Kenneth Grahame y Las historias de Dragones, de Edit Nesbit. Aunque ha existido un intenso debate, sobre todo en webs norteamericanas, sobre si la película refleja o no fielmente al libro, lo cierto es que, en mi opinión, no se aparta mucho del mismo en sus rasgos esenciales (siempre será aconsejable leer los libros primero antes de ver las películas en los que estos se basan) si toca los temas fundamentales del mismo. Nunca debemos olvidar, sin embargo, que estos libros son principalmente historias con las que disfrutar. Aun así, y como el mismo Lewis confesaría, estas historias transmiten muy bien la excelencia de la fe cristiana despojándola, usando términos y expresiones de Lewis, del raído ropaje de las velas y el incienso que lo ocultan y desfiguran.

También se ha debatido sobre el tema o los temas que adquieren mayor prominencia en la cinta. Es cierto que el asunto de la tentación está muy presente tanto en la cinta como en el libro. Aun así, en mi opinión, C.S. Lewis, sin olvidar el tema de la tentación, busca poner el acento en el tema de la conversión cristiana y sus evidencias. La conversión aparece por medio de un nuevo personaje que se introduce en esta tercera entrega: un niño llamado Eustace. Que este va a ser uno de los temas centrales de la trama de La Travesía del Viajero del Alba aparece con claridad desde el mismo comienzo del libro: “Había una vez un chico llamado Eustace Clarence Scrubb, y casi se merecía tal nombre. Sus padres lo llamaban Eustace Clarence y los profesores, Scrubb. No puedo decirte como se dirigían a él sus amigos porque no tenía”. Eustace es un primo repelente y malcriado de Lucy y Edmund que acaba también en un barco llamado El Viajero del Alba. En una isla Eustace se convertirá en un dragón, algo que para Lewis refleja perfectamente una forma de vida centrada en uno mismo, lo que lo hace odioso, antipático y avaro. Los dragones, en la literatura popular, son notorios por su avaricia, algo que Eustace, sugiere Lewis, no conocía porque no había leído los libros adecuados. Como dice Lewis: “cuando te duermes sobre el tesoro de un dragón con codiciosos pensamientos draconianos, te acabas convirtiendo en uno de ellos”. Un brazalete, particularmente valioso que se había puesto antes de volverse dragón, le produce un dolor intenso a Eustace ahora que su brazo no es el de un niño. Esto será un recuerdo constante de que el poder y las riquezas no pueden proporcionarnos la verdadera felicidad. Eustace tratará, infructuosamente, de quitarse esa piel de dragón. Al final solo Aslan puede devolverle su apariencia humana, arrancándole su envoltura y, por ende, su alma de dragón. Esta liberación por parte de Aslan, que apunta a Jesucristo, nos conduce a la doctrina fundamental de la fe cristiana: solo Dios puede salvarnos en Cristo y hacernos una nueva criatura en Cristo. Como dice Pedro en Hechos de los Apóstoles 4:12: “Y en ningún otro hay salvación, porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”. Y es que solo Jesús en la cruz, muriendo por nuestros pecados, puede librarnos de la esclavitud del pecado. Como dice Pablo de Cristo en la 2ª Epístola a los Corintios 5:21: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él”. Como dice el mismo Señor Jesús: “De cierto, de cierto os digo que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado… Así que, si el Hijo os libertare, (el mismo Jesús) seréis verdaderamente libres” (Evangelio de Juan 8:34, 36).

Al mismo tiempo, Lewis explora en La Travesía del Viajero del Alba el tema de las evidencias de la conversión cristiana. Este tema aparece ilustrado por el cambio experimentado por Eustace y que todos los demás aprecian. En el caso de Eustace, el cambio aparece en el abandono del constante, exclusivo y asfixiante interés en sí mismo (la esencia del infierno según Lewis) por una gradual vuelta hacia los demás. Lo que la Biblia denomina el amor ágape, el amor que da y se entrega y que caracteriza a Dios mismo. El inconcebible amor, por divino, que está detrás de la venida de Jesucristo al mundo (Evangelio de Juan 3:16 y 1ª Epístola de Juan 3:16). De hecho La Travesía del Viajero del Alba concluye igualmente reflexionando sobre el cambio experimentado por Eustace: “la gente no tardó en comentar lo mucho que había mejorado Eustace, y como es increíble que se trate del mismo muchacho, todos lo decían excepto la tía Alberta, que declaró que se había vuelto muy vulgar y pesado, y que sin duda se debía a la influencia de aquellos niños Pevensie”. Pero el resto de los personajes dan también muestras de su conversión cristiana en esta nueva aventura narniana, o lo que es lo mismo, de su conversión a Aslan. Lucy ha sido siempre la más receptiva a Aslan. Así se nos vuelve a presentar en esta ocasión acompañada también por Edmund en sus sentimientos de amor por Aslan. Su aprecio por Narnia es en realidad un aprecio por el Rey de Narnia. Lucy ama a Aslan y aprecia todo lo que representa Narnia en y por Aslan. Por eso, cuando Aslan anuncia que ni Edmund ni Lucy regresarán jamás a Narnia, Lucy lo lamenta, no por Narnia sino por Aslan mismo:

–“No se trata de Narnia, ¿sabes? –sollozó Lucy, –se trata de ti. No te veremos allí. Y ¿cómo podremos vivir sin volver a verte?

–Pero me veréis, querida mía –respondió Aslan.

–¿Estás… estás también allí, Señor? –preguntó Edmund.

–Lo estoy –respondió el león, –pero allí tengo otro nombre. Tenéis que aprender a conocerme por ese nombre. Éste fue el motivo por el que se os trajo a Narnia, para que al conocerme aquí durante un tiempo, me pudierais reconocer mejor allí”.

Esta secuencia refleja el verdadero carácter cristiano que no sigue a Jesús por sus bienes, sino por lo que Él es, pues el verdadero bien, el mejor de todos, es Dios mismo. Como dice un conocido himno cristiano:

Innumerables son

tus bienes y sin par,

que por tu compasión

recibo sin cesar.

En tu mansión yo te veré

y galardón feliz tendré.

 

Tu eres, !oh Señor!

Mi sumo, todo bien;

mil lenguas tu amor

cantando siempre estén.

En tu mansión yo te veré

y galardón feliz tendré.

Al mismo tiempo, Lewis indica palpablemente que por medio de la figura de Aslan se nos está enseñando a buscar a Jesús mismo. Reepicheep muestra un vigoroso anhelo por el país de Aslan. Así, cuando se está hablando de seguir hasta los confines del principio del fin del mundo, Reepicheep dice lo siguiente: “He hecho mis propios planes. Mientras pueda, navegaré al este en el Viajero del Alba. Cuando la nave me falle, remaré al este en mi barquilla. Cuando esta se hunda, nadaré al este con mis patas; y cuando ya no pueda nadar más, si no he llegado al país de Aslan o he sido arrastrado por encima del borde del mundo por una catarata enorme, me hundiré con el hocico dirigido a la salida del sol”. Su amor por el país de Aslan identifica también otra señal de conversión: el anhelo por el otro mundo (Epístola a los Hebreos 11:13-16), un mundo en el que mora la justicia (2ª Epístola de Pedro 3:13). Un anhelo que hace que los que lo poseen sean a su vez los más útiles en este mundo. Los más entregados a los demás en este mundo son los que más piensan en el otro; eternizan o glorifican, si así lo puedo decir, con su comportamiento este mundo nuestro. Así, Reepicheep es el más valiente, osado, audaz y cortés de los súbditos de Aslan. Es también el más fiel y leal servidor. Es el personaje, curiosamente con el que más se identificaba el mismo C.S. Lewis.

Finalmente, las evidencias de poseer la verdadera fe cristiana aparecen en la victoria sobre la tentación. Es verdad que en ocasiones el cristiano cede y cae. Pero también es verdad que existe victoria en Cristo frente a las mismas. Las tentaciones aparecen con asiduidad en esta obra. En el caso de Edmund y Caspian son el afán de poder y dominio. En el caso de Lucy es la seducción de la belleza. El amor a las riquezas es el caso de Eustace. En todos los casos es Aslan el que ayuda a los suyos a vencer las tentaciones que surgen en su camino. Estamos, pues, ante un magnífico libro y una preciosa película. Tenemos aquí todos los ingredientes necesarios para pasar un buen rato. Pero sobre todo, tenemos aquí una de las reflexiones más claras y sinceras de la verdadera fe cristiana: la conversión a Cristo como el eje de toda experiencia espiritual verdadera y vital. Pero también de sus evidencias más claras: amor a Cristo, amor al prójimo, anhelo del cielo y, por ello, utilidad en este mundo y victoria sobre la tentación, y todo sobre la base de la confianza en Cristo.

Artículo escrito por José Moreno Berrocal y publicado originalmente en esta página web el viernes 11 de marzo de 2011.
 
   

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