articulos

El 31 de octubre de 1517, el monje agustino alemán Martín Lutero clavó en las puertas de la iglesia de Wittemberg un documento que iba a cambiar la Historia. Conocido desde entonces como las 95 tesis, era un ataque frontal contra la venta de las indulgencias con las que el Papa financiaba la construcción de la basílica de San Pedro en Roma. En realidad, esta acción representó un desafío al poder del Papa en el nombre de otra autoridad de más antigüedad y con mejores credenciales, la de la Palabra de Dios. Desde entonces, el 31 de octubre permanece como una fecha emblemática para el protestantismo. Por ello, y ya con el nombre de Día de la Reforma, es recordada en muchos lugares del mundo con multitud de actos centrados en anunciar las doctrinas que se redescubrieron en esa época. Esas enseñanzas se resumen en cinco grandes afirmaciones: Solo la Biblia, Solo Cristo, Solo por Fe, Solo por Gracia y finalmente la Gloria solo a Dios. También aquí en España se recuerda la Reforma Protestante del siglo XVI con distintas actividades en varios lugares de nuestra geografía nacional.

Puede que muchos se sorprendan ante esta celebración en España. La Reforma Protestante parece o resulta algo extranjero. Tal fue el protagonismo que adquirieron en la Reforma Lutero, Calvino y otros reformadores europeos que todo parece apuntar a unas vivencias muy alejadas de la realidad española de entonces o de ahora. Pero esto no podría estar más lejos de la realidad. Es un hecho cada día más patente, conforme progresa el conocimiento histórico, que España, al igual que le ocurrió al resto de Europa, también tuvo su propia Reforma y sus propios reformadores. En esto, como en tantas otras cosas, España fue tan europea como Alemania, Francia, Inglaterra o Suiza, por citar algunos países. De hecho, muchos de estos reformadores españoles provenían de la parte central de España que hoy conocemos como Castilla La Mancha. De nuestra región procedían los llamados alumbrados, entre los que se desarrolló una especie de incipiente protestantismo español. La palabra alumbrado designaba, según el profesor de Princeton, José C. Nieto a “personas en estrecha comunión con Dios y, en consecuencia, iluminadas por la relación con Él”. Entre estos alumbrados debemos destacar a Isabel de la Cruz, de la que no se conocen muchos datos biográficos, pero que debía ser natural de Pastrana. Pero también a Pedro Ruiz de Alcaraz. Nacido en Guadalajara hacia 1480 es, junto con Isabel de la Cruz, de la que era discípulo, el representante más famoso de los llamados “dejados”. Estos eran una de las ramas de los alumbrados que se caracterizaban por descansar exclusivamente o dejarse en las manos del amor de Dios para salvación. A su vez Pedro Ruiz de Alcaraz es el padre espiritual de Juan de Valdés (Cuenca, 1509 – Nápoles, 1541) una de las principales figuras de lo que podríamos llamar primer protestantismo español. Las tesis valdesianas son nítidamente evangélicas. Valdés escribe con meridiana claridad acerca de la justificación por la sola fe en Jesucristo. Algunos sostienen que Juan de Valdés pudiera haber leído e incluso citado a Lutero en su primera obra, el Diálogo de Doctrina, fechada en 1529. Pero resulta evidente que el germen de sus enseñanzas ya estaban en Isabel de la Cruz y Pedro Ruiz de Alcaraz. “Hay en Isabel de la Cruz”, nos dice nuevamente Nieto “una clara doctrina de la gracia en oposición a los actos humanos”. Por tanto, no solo existieron reformadores en España sino que, además, fueron originales en sus planteamientos religiosos con tesis protoprotestantes aún bastante antes de 1517. Esto no puede sorprendernos tampoco porque tanto Lutero como Isabel de la Cruz, Pedro Ruiz de Alcaraz y Juan de Valdés bebieron de la misma fuente: las Sagradas Escrituras. Los testimonios inquisitoriales que nos han llegado acerca de los “dejados” demuestran que poseían un maravilloso conocimiento de las Escrituras que admiraba a los mismos inquisidores. Y es que la lectura y el estudio directo de la Escritura siempre lleva a los lectores a las mismas conclusiones. Da igual de donde procedan o la época en la que hayan vivido. Dios, obviamente, ha hecho que su Palabra sea clara y sencilla de entender en aquello que tiene que ver con nuestra salvación. Por ello, es curioso constatar como la Inquisición misma, en el famoso proceso contra Pedro Ruiz de Alcaraz e Isabel de la Cruz reconociera esa identidad espiritual entre reformadores de distintas parte de Europa y de distintas épocas: “Lo segundo que siento es que en ella (en la herejía de los alumbrados) se resuçitan eregias porque aquel ynterior dexamiento aquella suspensión occiosa de pensamiento aquel no hazer más de dexarse a que Dios obre y no ellos herror fue de Joannes hus y de Joannes flirseso por Leuterio seguido que niegan el livre alvedio pa obrar...” (AHN Inquisición de Toledo. Legajo 106, núm 5, ff 376r-376v). Lutero, de hecho, ya había afirmado, con respecto a su identidad espiritual que “en realidad todos somos husitas”. Lutero, como los inquisidores de Toledo, se refería a Juan Huss (1370, Hussenitz, Bohemia del Sur – 6 de julio de 1415, Constanza, Alemania) quemado por sus opiniones reformistas.

También resulta evidente que ya avanzado el siglo XVI, esa ideas protestantes prendieron una llama en el corazón de bastantes españoles. Así, el historiador católico Gonzalo de Illescas, refiriéndose a los terribles autos de fe de mediados del siglo XVI, escribía que: “En años anteriores, alguna vez se prendieron en España herejes luteranos en número mayor o menor, y fueron quemados, pero estos eran extranjeros, alemanes, holandeses o ingleses. A continuación se enviaron al patíbulo gentes pobres y de cuna humilde, y les ponían los sambenitos en prisión; pero en los últimos años hemos visto llenas las prisiones, los patíbulos y aún los quemaderos de hombres notables y, lo que es más lamentable, de personas que según el sentido del mundo sobresalían mucho de otros en instrucción y virtud… Y eran tan números que si todavía se hubieran esperado dos o tres meses más en combatir esta plaga, esta peste se hubiera extendido por toda España y nos hubiera traído la desgracia más dura que jamás le habría herido.”

Illescas da testimonio del número de evangélicos que había entonces en España. Pero también menciona que muchos de ellos eran hombres y mujeres de renombre. El historiador escocés Thomas M' Crie, en la conclusión de su Historia de la Reforma en España, dice que “Por los hechos que hemos presentado, el lector habrá podido apreciar la extensión que alcanzó la propagación de la doctrina reformada en España y la respetabilidad, tanto como el número de sus discípulos. Tal vez no hubo nunca en ningún otro país una proporción tan grande de personas ilustres, tanto por su rango, como por sus conocimientos, entre los convertidos a una religión nueva y proscrita”. De hecho en España, por esos mismos años, mediados del siglo XVI, circulaba un curioso dicho al respecto. Es Cipriano de Valera, denominado “El Hereje Español” (Fregenal de la Sierra, Badajoz, 1532 – Londres, 1602), monje jerónimo convertido a la fe evangélica y traductor de la Biblia al castellano, el que nos lo trae: “Común refrán es el día de hoy en España cuando hablan de algún docto decir que es tan docto que está en peligro de ser luterano”. El 23 de septiembre de 2010, el diario ABC publicaba un artículo titulado Castilla-La Mancha, tierra de gramáticos. En el mismo, sus autores, Óscar González Palencia y Antonio Illán, nos recordaban como nuestra tierra castellano-manchega ha sido patria de muchos y excelentes estudiosos de nuestro maravilloso idioma español. Entre los mismos destacan a Juan de Valdés y a Juan Calderón. De Juan de Valdés afirman lo siguiente: “Con el mismo denuedo con que Nebrija se opuso a los gramáticos que le precedieron, Juan de Valdés, autorizado por su condición de humanista y de castellano de nacimiento, escribe en 1535 el Diálogo de la Lengua, con el que arremete contra Nebrija, a quien atribuye errores en su deliberación sobre el castellano, producto de su origen andaluz. Esta es una obra clave por su madurez de perspectiva, por la perspicacia de visionario de su autor y por la brillantez de su estilo, considerado como el paradigma del español clásico. Valdés aborda la práctica totalidad de los enfoques de estudio de la lengua, lo que hoy llamaríamos estructuras”. También es muy elogiosa la referencia a nuestro Juan Calderón: “También puede presumir Castilla-La Mancha de haber dado, en el siglo XIX, uno de los gramáticos más originales y profundos de la centuria, Juan Antonio Hermógenes Calderón Espadero (Villafranca de los Caballeros, Toledo, 1791 – Londres, 1854), artífice de un Análisis Lógica y Gramatical de la Lengua Española (1843), que produce perplejidad por su riguroso formalismo y su profundidad de análisis. Su figura ha suscitado el interés del profesor Ángel Romera Valero, nacido en Úbeda y residente en Ciudad Real”. Como algunos saben, ha sido el Ayuntamiento de Alcázar de San Juan el que estuvo detrás de la reedición crítica por parte de Ángel Romera de dos de las grandes obras de Juan Calderón, su Autobiografía y su Cervantes Vindicado. Tanto Juan de Valdés como Juan Calderón mueren fuera de su querida patria. Esto no fue elección personal. Fueron forzados al exilio por los que creían que la grandeza de España estribaba en el pensamiento único.

Es patente, pues, que España también fue tierra de la Reforma. Aquí hubo, igualmente, seguidores de la misma. Estos procedían de todas las capas de la sociedad. Eran hombres y mujeres, pobres y ricos, nobles y gente del pueblo. Solo la sangre y el fuego impidieron que la fe evangélica pudiera, entonces, arraigar en España como si lo hizo en otros países europeos. Por eso también el Día de la Reforma es una fiesta española. La Reforma Protestante del siglo XVI es también nuestra Reforma.

Artículo escrito por José Moreno Berrocal y publicado originalmente en el periódico "El Semanal de la Mancha" el viernes 29 de octubre de 2010. Publicado con permiso.

 

 
 

A Miguel Delibes, un tributo personal

El pasado 12 de marzo fallecía en su querida Valladolid natal, a los 89 años, el gran escritor español Miguel Delibes. Su dilatada trayectoria literaria comenzó como periodista en El Norte de Castilla, periódico del que llegó a ser director, hasta que dimitió por la presión de la censura franquista en 1963. Su carrera por el mundo de las letras, sin embargo, transcurrió principalmente por los caminos del ensayo y, sobre todo, por los de la novela. Su legado literario es uno de los más ricos e influyentes de toda una época, la de la segunda parte del siglo XX. Excepto el Nobel, Delibes ha recibido todo tipo de premios, desde el Nadal que obtuvo en 1947 por La Sombra del Ciprés es Alargada, hasta el Príncipe de Asturias y el Cervantes, otorgado en 1993. Muchas de sus novelas han sido llevadas al cine con gran éxito. Entre estas destaca para mi gusto, la conmovedora Los Santos Inocentes, de Mario Camus, obra que muestra con toda virulencia las desigualdades sociales que existían en España hasta hace muy poco. Todo un elenco de grandes actores españoles bordan sus personajes, aunque destaca la interpretación de un inolvidable Paco Rabal en el papel de Azarías. También su obra ha sido llevada al teatro, como por ejemplo Cinco horas con Mario, de 1966. Esta novela presenta un audaz retrato de una sociedad replegada sobre sí misma y encarnada magistralmente en los monólogos de Carmen Sotillo, la viuda de Mario. Pero sobre todo, su influencia más sentida es la que ha dejado entre los incontables lectores de sus muchas novelas y libros de ensayo. Y nos solo por las tramas de sus novelas sino también por el uso exquisito y riguroso de nuestro querido idioma.

En mi generación, nuestra introducción a Delibes tuvo lugar en el colegio. La primera obra que leí fue El Camino. A esa edad, y todavía en esa época, difícilmente podíamos muchos dejar de identificarnos con Daniel El Mochuelo y sus amigos. Esta obra resalta la mirada campestre y realista de Delibes, que no está muy lejos, en parte, de la idea del mundo ideal que tenemos también muchos. A esta obra le sucedió la lectura de Un Mundo que Agoniza, un alegato a favor del respeto y la preservación de nuestro planeta, que creo que no me dejó indiferente tampoco. Hoy, hablamos de acciones tendentes a combatir el cambio climático; Delibes es uno de esos insignes pioneros de la lucha por la Tierra y por todos sus habitantes, incluidos los animales, otra de sus grandes pasiones aunque fuera un cazador… Pero, sin duda alguna, es la obra cumbre de Delibes El Hereje la que me ha dejado un poso más definitivo. El mismo Delibes confesaba que era la novela que más había tardado en escribir y que, al mismo tiempo, más satisfecho le había dejado. Por la misma recibió el Premio Nacional de Narrativa en 1999. Por medio de su personaje principal, Cipriano Salcedo, un rico comerciante vallisoletano que se convierte a la fe evangélica, Delibes rinde homenaje a su querida Valladolid. Su novela El Hereje puso de manifiesto la existencia en España, en pleno siglo XVI, de espíritus inquietos que anhelaban también la Reforma de la Iglesia. Al mismo tiempo, El Hereje predicó a los cuatro vientos que los protestantes también tienen sus mártires, que perecieron en nuestro propio suelo peninsular en los siniestros autos de fe que también detalla Delibes en esta obra. Volviendo a la escuela, todavía recuerdo como se nos enseñaba esa parte de nuestra Historia, como esa página heroica en la que España fue “luz de Trento y martillo de Herejes”. Ahora resulta que España no solo fue martillo de herejes sino también yunque de herejes. Los herejes españoles formaban parte de todas las clases sociales, pero sobre todo abundaban entre ellos los nobles. Delibes nos da algunos de esos nombres ilustres. Entre ellos podemos destacar a Carlos de Seso, corregidor de Toro y a la familia Cazalla, entre otros muchos. También profesaron la fe reformada numerosas mujeres como Leonor de Cisneros, Ana Enríquez, hija del marqués de Alcañices, o Doña Catalina de Castilla, religiosos y religiosas e, incluso, conventos al completo, como el de Belén en Valladolid o el de San Isidoro en Sevilla. Pero también había gente llana del pueblo como Julián Hernández, apodado cariñosamente Julianillo, o Juan Sánchez que era un criado. Por otro lado, la fe evangélica no fue algo circunscrito a las grandes ciudades de esa época como lo eran Valladolid o Sevilla. Toda España se llenó de gentes imbuidas de ese deseo de reforma de la Iglesia. Curiosamente nuestro propio pueblo y toda nuestra zona vio casos de fe reformada y también de actuaciones inquisitoriales. Así, en 1563, un maestro de niños en Alcázar, Gaspar de Vega, es penitenciado por ser reformado. En ese mismo año, una vecina de Campo de Criptana, Francisca Gillén Francés, fue procesada tan solo por afirmar que en Castilla había luteranos, lo cual era verdad. También fue penitenciado Juan de Hortego, de Corral de Almaguer, y reconciliado Juan Enríquez de Flandes, de Quintanar de la Orden. En 1572 fue también penitenciado un tal Juan de la Cruz, un tejedor francés asentado en Alcázar de San Juan. Pero sin duda alguna, el proceso más célebre en Alcázar fue el seguido contra Giraldo Faidio, vecino de la villa, de origen francés, en 1619. Este fue torturado por la Inquisición y admitió haber sido luterano. Es más, la Reforma en España tuvo una rama autóctona. Pensadores como el conquense Juan de Valdés, el famoso autor de el Diálogo de la Lengua, tuvieron que huir de España por afirmar que la justificación delante de Dios era por la fe. Esta era la tesis defendida por Martín Lutero y Juan Calvino. Lo extraordinario del caso es que Juan de Valdés llegó a esa conclusión por sí mismo, de manera independiente, reflexionando como los otros reformadores europeos, sobre las Escrituras.

Por otro lado, El Hereje es un homenaje a la tolerancia y a la libertad de conciencia. Así por lo menos lo pensó el mismo Delibes. En este sentido, El Hereje se entronca en esa línea continua de protesta contra la injusticia que caracteriza toda la obra de Delibes. Y qué mayor injusticia que la de consignar a la hoguera a los que piensan de un modo diferente. Esa defensa del oprimido por pensar de otra manera ya aparece, de una manera incipiente, en Cinco horas con Mario. En esta obra Delibes muestra palpablemente lo que ya enseñaba nuestro Antonio Machado en Campos de Castilla: “Castilla miserable, ayer dominadora/ envuelta en sus andrajos desprecia cuanto ignora”. Los monólogos de Carmen Sotillo retratan a una sociedad encerrada en sí misma, orgullosa de desconocer, por las molestias que causan los que investigan, y por los quebraderos de cabeza que nos pueda ocasionar saber… “Convéncete de una vez Mario, los intelectuales con sus ideas estrambóticas, son los que lo enredan todo, que están todos medio chiflados, porque creen que saben pero lo único que saben es incordiar, lo único, fíjate bien, y sacar a los pobres de sus casillas que el que no acaba de rojo, acaba de protestante o algo peor”. Esa actitud de miedo al conocimiento hunde sus raíces, en parte, en la obra que la Inquisición llevó a cabo en España en la época de la Reforma. Cipriano de Salcedo dice en El Hereje que “la afición a la lectura ha llegado a ser tan sospechosa que el analfabetismo se hace deseable y honroso. Siendo analfabeto es fácil demostrar que uno está incontaminado y pertenece a la envidiable casta de los cristianos viejos”. Por ello, cualquier cosa es buena, incluso la Inquisición, si mantiene el status quo. Así, nuevamente en Cinco Horas con Mario, Carmen Sotillo le llega incluso a decir a su marido: “¿Es que también era mala la Inquisición, botarate? Con la mano en el corazón, ¿es que crees que una poquita de Inquisición no nos vendría al pelo en las presentes circunstancias? Desengáñate de una vez Mario, el mundo necesita autoridad y mano dura... la Inquisición era bien buena porque nos obligaba a todos a pensar en bueno, o sea en cristiano, ya lo ves en España, todos católicos y católicos a machamartillo que hay que ver qué devoción...”. Pues bien, ese amor por la tolerancia alcanza su punto álgido en El Hereje donde vemos hasta qué punto la ignorancia y el fanatismo pueden conducir a las personas... Hoy, pensamos, ya no existe intolerancia. Hay libertad de conciencia. Pero esto, que pudiera ser verdad en ciertas partes de Europa, no es así en muchos lugares del mundo. Debemos recordar que la tolerancia y la libertad de conciencia son plantas muy delicadas que pronto se marchitan si no las cuidamos concienzudamente. La obra de Delibes, con esa insistente nota de clamor contra la injusticia y que culmina con El Hereje, nos muestra que la lucha contra la ignorancia intolerante no es labor del pasado solamente. Es una labor del presente, y presente continuo, incluso aquí entre nosotros.

Finalmente es de justicia destacar que, en su legítimo afán novelesco, Delibes incurre en algunas inexactitudes históricas en El Hereje. Delibes funde en un solo auto de fe, el de 21 de mayo de 1559 en Valladolid, lo que en realidad fueron dos autos de fe, no uno solo. El segundo tuvo lugar el 8 de octubre de ese mismo año. Y sobre todo, Delibes yerra en el hecho de que, contrariamente a lo que se afirma en la novela, fueron pocos los que se retractaron por miedo al fuego. Pero aun así, Delibes nos proporciona en El Hereje una de las definiciones más bellas de lo que significa ser evangélico. Cuando Cipriano Salcedo reflexiona en su celda sobre sus supuestos crímenes a los ojos de la Inquisición, afirma que su delito consiste en haber creído, sencillamente, que “la pasión y muerte de Jesús era algo tan importante que bastaba para redimir al género humano”. Exagerando podría decir que ¡ni siquiera Lutero o incluso Juan de Valdés habrían llegado a expresar con tanta lucidez el meollo de la cuestión! Esta es la sobria precisión castellana aplicada al Nuevo Testamento y a la obra de Cristo. Solo Delibes podía haber escrito algo así. ¡Gracias Maestro!

Artículo escrito por José Moreno Berrocal y publicado originalmente en el periódico "El Semanal de la Mancha" el viernes 23 de abril de 2010. Publicado con permiso.
 
 

El 11 de septiembre, H.G. Wells y la Navidad

Nuevamente nos acercamos a la Navidad. La Navidad es posiblemente la celebración más entrañable del calendario. La Navidad es un tiempo de reunión con la familia y los amigos. Pero la Navidad debería traer, por encima de cualquier otra cosa, el recuerdo de uno de los grandes acontecimientos de la Historia, el nacimiento de Jesús de Nazaret en Belén. Este no fue un nacimiento cualquiera, pues el que nació de la virgen María, además de ser un hombre perfecto y sin pecado, era al mismo tiempo el Hijo del Altísimo (Evangelio de Lucas 1:32). Es decir, en Jesús de Nazaret tenemos a Dios encarnado (Evangelio de Mateo 1:23). Este gran evento, el nacimiento de Jesucristo, tiene que provocar en nosotros una profunda reflexión. Nos podemos hacer las siguientes preguntas: ¿Por qué se encarnó Dios? ¿Qué llevó a Dios el Padre a enviar a su Hijo, “nacido de mujer y nacido bajo la ley?” (Epístola a los Gálatas 4:4).

Para contestar a estos interrogantes tenemos que recurrir a la Biblia. Es por la Biblia que conocemos el nacimiento de Jesús. Es también por la Biblia que entendemos la razón por la que Dios se encarnó. La Biblia nos enseña que el ser humano es pecador. Ser pecador es no hacer lo que Dios dice (1ª Epístola de Juan 3:4). El ser humano no hace lo que debería hacer. Los mandamientos de Dios para el hombre se pueden resumir en dos: “Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay otro mandamiento mayor que éstos” (Evangelio de Marcos 12:30-31). Pero lamentablemente, el ser humano ni ama a Dios ni respeta a su prójimo.

Esto no solamente lo dice la Biblia, también lo confirma nuestra experiencia. Los terribles acontecimientos del 11 de septiembre son una evidencia más de las espantosas consecuencias del pecado sobre las acciones humanas. Este siglo ha comenzado como terminó el anterior, y como han sido todos los anteriores, con hambre, guerra y destrucción a nuestro alrededor. Lejos de amarse, los seres humanos han estado matándose unos a otros constantemente. Esa es nuestra historia. Por no mencionar otras terribles lacras modernas, y no tan modernas, como el acoso sexual en el trabajo, los maltratos y asesinatos de las mujeres por parte de sus cónyuges, o la pedofilia, entre una larga lista de maldades… Pero de hecho, no es necesario mirar a los terroristas y a otros para constatar la existencia del pecado. Mírate a ti mismo. ¿No tienes rencillas o peleas con otros? ¿Insultas al prójimo? Jesús nos enseña acerca de la profundidad de nuestro pecado en un pasaje como el Evangelio de Mateo 5:21-22. Jesús dijo: “Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; y cualquiera que matare será culpable de juicio. Pero yo os digo que cualquiera que se enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera que diga: Imbécil, a su hermano, será culpable ante el concilio; y cualquiera que le diga: Idiota, quedará expuesto al infierno de fuego”. Lo que Jesús pone de manifiesto es que todos somos pecadores. Y aunque no todos pecamos con la misma intensidad y con las mismas consecuencias, sí que todos hemos roto la Ley de Dios. Desobedecer a Dios lleva también a tratar mal a nuestro prójimo. Ciertamente el ser humano ha perdido el rumbo. Nadie puede negar las abrumadoras pruebas de la realidad del pecado en la vida de los seres humanos.

Por supuesto que este estado de cosas es reconocido por casi todos. Y desde siempre el ser humano ha tratado de buscar soluciones a la maldad del hombre contra el hombre. Una de las recetas que se han propuesto es la de educar a los seres humanos para ser tolerantes y vivir en paz unos con otros. Una de las personas que más trabajó a favor de esta idea fue el novelista, historiador y filósofo británico H. G. Wells (1866-1946) Todos le recuerdan por su obra La guerra de los mundos (1898), cuya versión radiofónica, realizada por Orson Welles en los Estados Unidos en 1938, sembró el pánico entre los oyentes. Wells creía que si educáramos a la gente para apreciar el horror de la guerra y sus devastadoras consecuencias, entonces podríamos evitarlas. Si tan solo les enseñáramos a destruir sus armas y a abrazarse se evitarían todos los conflictos, pensaba Wells. Lamentablemente, la Segunda Guerra Mundial destruyó su optimismo. En su obra final La mente en las últimas, Wells muestra su profundo pesimismo sobre la capacidad del ser humano para traer la paz. Es un hecho que en el siglo donde supuestamente se ha acentuado la educación, el siglo XX, ha sido también el siglo donde han tenido lugar también las guerras más sangrientas y salvajes de toda la historia de la humanidad. Y este nuevo siglo XXI no ha comenzado mejor precisamente. Resulta terrible constatar como varios de los terroristas del 11 de septiembre habían asistido a la Universidad y hablaban varios idiomas. No carecían de educación precisamente. Lo que estos hechos, y otros enseñan, es que la educación no es suficiente. La educación, por descontado, es necesaria. Pero nuestros problemas son más profundos que simplemente nuestra falta de educación. Y esto porque nacen de una rebelión contra Dios que nos lleva a revelarnos contra los demás. Existe en nosotros una fuerza que ni siquiera la educación puede erradicar. Esto es lo que la Biblia llama el pecado. El ser humano está perdido, y el pecado es un poder demasiado titánico para poder ser controlado o dirigido por la raza humana. Esto es lo que descubrió con horror Wells. Nuestra historia enseña palpablemente que el ser humano no puede salvase a sí mismo de esa tiranía a la que está sometida. Este es también el testimonio de la Biblia sobre el ser humano: “No hay justo, ni aún uno” dice Pablo (Epístola a los Romanos 3:10).

Ésta es precisamente la razón por la que Dios se encarnó. En palabras del ángel que anunciaba a José el nombre que debería llevar el Mesías: “Y llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Evangelio de Mateo 1:21), Cristo se encarnó porque nosotros no nos podemos salvar del pecado, de su culpa, de sus consecuencias y finalmente de su castigo. Solo Dios puede destruir lo que nos destruye, es decir al pecado. Por ello, celebrar la Navidad es reconocer nuestra incapacidad para vencer al pecado por nosotros mismos. Es también reconocer que Cristo ha vencido al pecado, pues para eso precisamente se encarnó: “Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Evangelio de Lucas 19:10). La victoria de Cristo sobre el pecado en la cruz del Calvario es nuestra victoria si le recibimos como Señor y Salvador de nuestras vidas. Esa victoria quedó patente en la resurrección de Cristo de entre los muertos. Y es ahora nuestra por la fe en Jesucristo (1ª Epístola de Juan 5:4-5).

El ser humano no puede solucionar el problema del pecado. El hombre puede ahora volar, pero usa esa inusitada capacidad para estrellarse y acabar con la vida de otros seres humanos Nuestra historia como humanidad es un brillante testimonio acerca de nuestros progresos técnicos, pero también un siniestro catálogo de nuestros fracasos morales. Solo Dios en Cristo puede librarnos del poder de nuestros pecados y sus temibles consecuencias, entre ellas la guerra (Epístola a los Romanos 8:2-3). Y si Dios así lo hace, esto necesariamente se verá también en nuestra actitud ante los demás. Los que están perdonados por Dios podrán perdonar a su prójimo (Evangelio de Mateo 6:12, 18:23-35). Los que están reconciliados con Dios por medio del sacrificio de su Hijo pueden reconciliarse con su prójimo. Cuando hacemos las paces con Dios por medio de su Hijo Jesucristo, entonces estamos en condiciones de poder hacer las paces con los otros seres humanos: “Bienaventurados los pacificadores porque ellos serán llamados hijos de Dios” (Evangelio de Mateo 5:9). Ésta es la alternativa cristiana para los males de este mundo, atacarlos en su raíz misma. Es la más realista y certera. Celebrar la Navidad es reconocer que solo la venida de Cristo a este mundo puede librarnos del pecado y sus atroces consecuencias.

Artículo escrito por José Moreno Berrocal y publicado originalmente en el periódico “Canfali” el viernes 21 de diciembre de 2001.

 

 
   

El regalo de la Navidad

Los regalos son, sin duda alguna, uno de los aspectos esenciales de las entrañables fiestas navideñas. Los niños, que son los principales beneficiarios de los regalos, aunque no los únicos, disfrutan especialmente de este festín de presentes en estas fechas. Ya sea el día 6 de enero, o ¡el 5 por la noche para algunos!, o bien el 24 o el 25 de diciembre, o ¡durante todos estos días de fiesta!, regalar, o recibir regalos, es una de las actividades más señaladas de estos días.

Esta costumbre de regalar por Navidad, es decir, por estas mismas fechas de finales de año o principios de otro, está ya presente en algunas de las antiguas culturas y civilizaciones. Pero, entre los cristianos, parece que se origina particularmente al reflexionar sobre la visita que los magos venidos del oriente hicieron al niño Jesús. Es Mateo el que se hizo eco de ese ilustre viaje. El evangelista nos dice que estos magos: “al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra” (Evangelio de Mateo 2:11). El niño Jesús recibió, pues, regalos nada más nacer y, por ello, la costumbre de regalar en el cristianismo, en especial a los niños, por Navidad.

Pero no son solo los magos los que regalaron en aquella primera Navidad. En realidad, ellos agasajaron a Jesús como reconocimiento del más portentoso regalo que jamás haya recibido la humanidad. Ese regalo es Jesucristo mismo. El más precioso don de Dios. Dice el apóstol Juan: “Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, más tenga vida eterna” (Evangelio de Juan 3:16). Jesucristo, pues, es el regalo de Dios a un mundo perdido. Muchos, sin duda alguna, no lo verán así. Pero, de la misma manera que para apreciar un obsequio en todo su valor, debemos examinarlo cuidadosamente, así es nuestro deber examinar a Jesucristo para poder entender porque es el más grande y el más adecuado presente de Dios al ser humano. El regalo de Dios a la humanidad, Jesucristo, es el mejor de todos por las siguientes razones:

En primer lugar, notemos que Jesucristo no es un regalo merecido. En un sentido, un verdadero regalo nunca es merecido. Pero, normalmente, nosotros regalamos a aquellos que son nuestros seres queridos, o nuestros amigos, o a aquellos que nos han hecho un favor. Pero, es que en el caso de la humanidad, ¡Dios agasaja a sus propios enemigos! Por naturaleza nosotros no amamos a Dios. Más bien, somos enemigos de Dios (Epístola a los Romanos 8:9). Es decir, ni nos gustan las leyes divinas, ni respetamos su supremacía. Nuestros pensamientos y acciones demuestran que Dios está lejos de nosotros. Entonces, ¿por qué nos envía Dios a su Hijo? ¿Por qué lo presenta como un regalo? Porque Dios es movido a dar por lo que Él mismo es. Dar surge de la misma naturaleza de Dios, del hecho de que Dios es amor (1ª Epístola de Juan 4:8). Por eso, el mismo apóstol Juan aclara esta realidad y añade, escribiendo: “En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados” (1ª Epístola de Juan 4:10). El amor de Dios no es, en primer lugar, respuesta a la supuesta bondad de la criatura, sino una acción que sale del mismo ser de Dios, del hecho de que Dios es, sencillamente, amor. Amor inmerecido y, por tanto, aún más sorprendente pues su objeto es un rebelde: “Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno. Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Epístola a los Romanos 5:7-8).

En segundo lugar, debemos notar que este regalo es el mejor de todos los regalos posibles. En la persona de Jesús de Nazaret debemos observar cuidadosamente que estamos ante el mejor de los hombres. El más humano de los humanos, si así se puede decir. Aquél que no hizo pecado ni se halló engaño en su boca, como testificó uno de sus contemporáneos, el apóstol Pedro (1ª Epístola de Pedro 2:22). Jesús es el Hijo del Hombre, el modelo y espejo de la humanidad, lo que todo hombre debiera ser. Pero es que, además de darnos a un humano inocente y perfecto, Dios nos ha regalado, en esa misma persona, a su Hijo Unigénito. Dios no envió a un ángel al mundo para encarnarse, sino a su propio Hijo. Es decir, es Dios mismo el regalo de Dios a la humanidad. No olvidemos que Jesucristo no es simplemente un gran hombre, sino que además de ser el mejor de los hombres, es también Dios hecho carne, la segunda persona de la Trinidad. Ya lo dijo el mismo Jesús cuando afirmó: “Yo y el Padre uno somos” (Evangelio de Juan 10:30). Que los judíos entendieron esas palabras de Jesús como una afirmación de su divinidad, lo prueba el hecho de que le acusaron de blasfemia, e intentaron apedrearle por ello, versículos 31-33. Pero Jesús es Dios y por ello, el apóstol Tomás, al contemplar al Hijo de Dios resucitado, no puede más que exclamar: “Señor mío, y Dios mío” (Evangelio de Juan 20:28). Muchas veces las personas intentan suplir su falta de tiempo para con sus seres queridos por medio de costosísimos regalos, por medio de cosas cuando, en realidad, el mejor regalo que le podemos hacer a la gente, y sobre todo a nuestros seres queridos, es el de nosotros mismos, el de nuestra propia presencia. Dios, es verdad que nos da muchas cosas buenas, “hace salir su sol sobre malos y buenos y hace llover sobre justos e injustos” (Evangelio de Mateo 5:45). Pero además de esto, debemos apreciar que, en su Hijo encarnado, Dios no nos da algo, nos da a Alguien. Y ese Alguien no es un cualquiera, sino aquel al que el profeta Isaías llamo “Admirable Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de Paz” (Libro de Isaías 9:6). ¿Qué mejor regalo que una persona como la de Jesús?

Finalmente, Jesucristo es el único regalo que nos será de eterno beneficio. Muchas veces recibimos regalos que no son de mucha utilidad o tienen una pronta caducidad. Pero el regalo de Dios a la humanidad, nuestro Señor Jesucristo, tiene beneficios para esta vida y para la venidera (1ª Epístola a Timoteo 4:8). Innumerables personas pueden testificar del hecho de que sus vidas han cambiado para mejor desde que son cristianas. Recibir a Jesús como Señor y Salvador personal nos trae incontables beneficios en esta vida. Pero, no olvidemos que todos, tarde o temprano, tenemos que morir. La muerte nos llegará finalmente a todos. Ante esa perspectiva, la Biblia no enseña que la gloria de Jesús consiste también, en parte, en el hecho de nos libra de la condenación final y nos otorga la vida eterna. Esa salvación que nos ofrece Dios en Jesucristo es una realidad por el hecho de que nuestro Señor murió en una cruz romana. Allí “Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo padeció en lugar de los injustos para llevarnos a Dios” (1ª Epístola de Pedro 3:18). Isaías, el profeta evangélico, llama a Jesús “varón de dolores, experimentado en quebrantos” (Libro de Isaías 53:3). Para poder ser un regalo para el ser humano, Jesús tuvo que ser quebrantado por nuestros propios pecados, para de esa manera llegar a ser nuestro Salvador. ¿Encontrarás algún regalo más de más valor que Jesucristo?

Por tanto, celebrar la Navidad no consiste en primer lugar en dar, sino en recibir. Necesitamos humildad para reconocer que más que ricos, cada uno de nosotros es, en palabras del mismo Jesús a la iglesia de Laodicea, un “desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo” (Libro de Apocalipsis 3:17). Celebrar la Navidad es recibir con alegría, de parte de Dios, a su Hijo encarnado. Ese recibimiento de Jesucristo es por la fe en Él. Solo por fe en Jesús podemos verdaderamente celebrar la Navidad. La fe consiste en apreciar y valorar el gran regalo de Dios que nos beneficiará ahora y siempre. Es confiar en ese regalo para afrontar así la eternidad con seguridad. “¡Gracias a Dios por su don inefable!” (2ª Epístola a los Corintios 9:15).

Artículo escrito por José Moreno Berrocal y publicado originalmente en el periódico “Canfali” el viernes 22 de diciembre de 2000.
 
 

Al igual que el año pasado, estas navidades están dominadas por el estreno de dos películas. Por un lado, la segunda entrega de la saga de Harry Potter, “Harry Potter y la cámara secreta”, basada en la novela del mismo nombre de J. K. Rowling. Y por otro lado, la segunda entrega de “El Señor de los Anillos”, titulada “Las Dos Torres”, también la segunda parte de la novela del mismo nombre de J. R. R. Tolkien. Es obvio que son razones comerciales las que hacen coincidir los estrenos de estas películas con la Navidad. La asistencia a los cines es masiva en esta época. Pero esa coincidencia con la Navidad resulta interesante a la hora de resaltar las similitudes y las diferencias entre Harry Potter y el Señor de los Anillos por un lado, y la Navidad por otro.

En cuanto a las similitudes es fascinante notar que tanto Harry Potter como el Señor de los Anillos nos introducen en mundos de fantasía en los que aparece el constante conflicto entre el bien y el mal. Ya sea Harry Potter contra Lord Voldemort o el hobbit Frodo y su Compañía contra Saurón y su aliado Saruman, tenemos en ambas películas una pugna titánica entre el bien y el mal. El mal es tenebroso, pero es también poderoso, incluso tienta al bueno, aunque finalmente sea siempre derrotado por el bien. Es digno de notar que el ser humano está hecho de tal manera que no podemos, ni siquiera cuando escribimos o disfrutamos de la ficción, escapar de la realidad, la realidad del conflicto entre el bien y el mal.

La Navidad también nos presenta ese cuadro de lucha entre el bien y el mal. La Biblia nos dice que Dios, en la persona de su Hijo, se encarnó para destruir al mal. En palabras del apóstol Juan: “Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo” (1ª Epístola de Juan 3:8). Jesucristo vino para librarnos del mal, que se ha adueñado de nuestras vidas, como se adueñó de la vida de Boromir en el Señor de los Anillos. A ese dominio la Biblia lo llama ser pecadores. Por eso el apóstol Pablo insiste: “Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores” (1ª Epístola a Timoteo 1:15). La venida del Mesías garantiza la victoria final sobre el mal y sobre su autor, Satanás. Estas semejanzas entre Harry Potter, el Señor de los Anillos y la Navidad son ciertamente curiosas, pero ahí están.

Las diferencias son igualmente interesantes. Las películas sobre Harry Potter así como las del Señor de los Anillos están tomadas de sendas novelas. Sus autores J. K. Rowling y J. R. R. Tolkien escribieron ficción. No hay ninguna realidad histórica detrás de ellas, no existe el colegio de Hogwarts ni tampoco la Tierra Media. Por el contrario, la celebración de la Navidad se basa en un hecho histórico, el nacimiento de Jesús de Nazaret. Jesús, a diferencia de Frodo y Harry Potter, sí que es un personaje histórico. Lucas, ese exacto y concienzudo historiador del cristianismo, nos cuenta en su evangelio que Jesús vino al mundo en un lugar y en una época concreta: “Aconteció en aquellos días, que se promulgó un edicto de parte de Augusto César, que todo el mundo fuese empadronado. Este primer censo se hizo siendo Cirenio gobernador de Siria. E iban todos para ser empadronados, cada uno a su ciudad. Y José subió de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por cuanto era de la casa y familia de David; para ser empadronado con María su mujer, desposada con él, la cual estaba encinta. Y aconteció que estando ellos allí, se cumplieron los días de su alumbramiento. Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón” (Evangelio de Lucas 2:1-7). Lucas nos menciona el lugar, Belén, y la época en la que nació Jesús, cuando el emperador en Roma era Augusto César. Mateo, otro de los evangelistas menciona que Jesús nació justo antes de la muerte de Herodes el Grande. Todos estos datos señalan con claridad el momento de la Historia en el que Dios se encarnó. Por ellos, conocemos el lugar y el momento de su nacimiento. Y otras muchas fuentes, cristianas, judías y romanas nos informan acerca de los demás detalles de la vida y obra de Jesús de Nazaret. Por tanto, ninguna persona medianamente informada puede dudar de la historicidad de Jesús.

Además, este nacimiento fue muy singular. Jesús no fue un mero hombre sino que era Dios mismo en forma humana. El ángel que anunció a María que sería la madre de Jesús, le anunció también que el ser que de ella nacería, no iba a ser un ser cualquiera: “Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin. Entonces María dijo al ángel: ¿Cómo será esto? pues no conozco varón. Respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios” (Evangelio de Lucas 1:32-35). Jesús es, en palabras del apóstol Juan, “el Verbo hecho carne” (Evangelio de Juan 1:14). El nacimiento de Jesús fue, por un lado como cualquier otro nacimiento natural. Nació de una madre y como nace cualquier otro niño. Pero, por otro lado el nacimiento de Jesús fue sobrenatural pues, como María dijo al ángel, yo “no conozco varón”. En el nacimiento de Jesús vemos, pues, a Dios mismo entrando en la historia de la humanidad en un momento y en un lugar concreto. Esta histórica intervención divina tenía un propósito definido salvarnos del mal, del pecado. Por eso el nombre del hijo de Dios no podía ser otro que Jesús: “y llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados”, dijo el ángel a José (Evangelio de Mateo 1:21).

Las novelas de J. R. R. Tolkien y de J. K. Rowling, al igual que las películas basadas en las mismas, pueden encandilarnos. Su propósito principal sobre todo en su formato cinematográfico, es hacernos pasar un buen rato. Pero son, en cualquier caso y, al final del día, mera ficción y puro entretenimiento. Por el contrario, la fe cristiana está basada en un hecho histórico incontrovertible, el nacimiento de Jesús. La Navidad nos devuelve a la realidad. La realidad es que somos pecadores y que estamos bajo el juicio de Dios. La realidad es que solo Jesús de Nazaret con su vida y muerte, puede librarnos de la condenación y del pecado. La realidad, se dice  muchas veces, supera a la ficción. Así es en este caso también. La realidad histórica del nacimiento de Jesús nos desafía a todos. El problema del mal solo tiene una solución. La persona histórica de Jesucristo. La Navidad nos invita a acoger a Jesús como el único Salvador de la humanidad. ¿Es él tu Salvador?

Artículo escrito por José Moreno Berrocal y publicado originalmente en el periódico "Canfali" el viernes 20 de diciembre de 2002.
 
   
Más artículos...

Página 8 de 9