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Resulta fascinante observar el propósito por el que Dios instituyó varias fiestas para su pueblo en el período que comprende el Antiguo Testamento. La fiesta llamada de los tabernáculos tenía lugar, más o menos, a finales de septiembre o principios de octubre, de acuerdo a nuestros propios calendarios actuales. Era una de las tres grandes fiestas de Israel. De la misma el gran historiador Flavio Josefo nos dice en sus Antigüedades de los Judíos que era la más santa y la más grande de las festividades hebreas. Así explica esta fiesta el texto de Levítico: “Habla a los hijos de Israel y diles: A los quince días de este mes séptimo será la fiesta solemne de los tabernáculos al Señor por siete días. El primer día habrá santa convocación; ningún trabajo de siervos haréis. Siete días ofreceréis ofrenda encendida al Señor; el octavo día tendréis santa convocación, y ofreceréis ofrenda encendida al Señor; es fiesta, ningún trabajo de siervos haréis. Estas son las fiestas solemnes del Señor, a las que convocaréis santas reuniones, para ofrecer ofrenda encendida al Señor, holocausto y ofrenda, sacrificio y libaciones, cada cosa en su tiempo, además de los días de reposo del Señor, de vuestros dones, de todos vuestros votos, y de todas vuestras ofrendas voluntarias que acostumbráis dar al Señor. Pero a los quince días del mes séptimo, cuando hayáis recogido el fruto de la tierra, haréis fiesta al Señor por siete días; el primer día será de reposo, y el octavo día será también día de reposo. Y tomaréis el primer día ramas con fruto de árbol hermoso, ramas de palmeras, ramas de árboles frondosos, y sauces de los arroyos, y os regocijaréis delante del Señor vuestro Dios por siete días. Y le haréis fiesta al Señor por siete días cada año; será estatuto perpetuo por vuestras generaciones; en el mes séptimo la haréis. En tabernáculos habitaréis siete días; todo natural de Israel habitará en tabernáculos, para que sepan vuestros descendientes que en tabernáculos hice yo habitar a los hijos de Israel cuando los saqué de la tierra de Egipto. Yo el Señor vuestro Dios” (Libro de Levítico 23:34-43).

Esta fiesta albergaba muchos significados pero, obviamente, me referiré solo a algunos de ellos. De entrada, la fiesta era un reconocimiento de la bondad divina en la creación, pues tenía lugar después de la recogida del fruto de la tierra. “Del Señor es la tierra y su plenitud”, afirma David en el Salmo 24:1. O como Pablo les recuerda también a los paganos de Listra: “En las edades pasadas Él ha dejado a todas las gentes andar en sus propios caminos; si bien no se dejó a sí mismo sin testimonio, haciendo bien, dándonos lluvias del cielo y tiempos fructíferos, llenando de sustento y de alegría nuestros corazones”, (Libro de los Hechos de los Apóstoles 14:16-17). La fiesta debe llevarnos a dar gracias a Dios por su provisión diaria y abundante, la cual demuestra la liberalidad divina.

Por otro lado, esta fiesta recordaba un acontecimiento histórico fundamental para el pueblo de Dios en el Antiguo Testamento: la salida de Egipto. El éxodo de Egipto no se debió a la habilidad de Israel, pues eran débiles e insignificantes, sino al gran poder del Señor. Dios redimió a su pueblo de la cruel esclavitud de Egipto. Por ello debían regocijarse, celebrando una fiesta. El significado, pues, de la fiesta de los tabernáculos era rememorar las grandes obras del Dios del pacto a favor de los que habían depositado su confianza en el Señor. La liberación de Egipto, a la luz del Nuevo Testamento, es emblema de la emancipación del pecado y de la condenación, obra que llevó a cabo nuestro Señor Jesucristo a favor de su iglesia por medio de su muerte en la cruz.

Pero, al mismo tiempo, las palabras acentuaban que la fiesta debería hacerse morando en tabernáculos, es decir, en tiendas. Este es, posiblemente, el aspecto más enigmático y curioso de esta fiesta. El propósito era recordar, a cada sucesiva generación, cómo habían vivido sus padres después de la salida de Egipto hasta que llegaron a la tierra prometida. En ese sentido, la fiesta manifestaba la realidad de que, para el pueblo de Dios, este mundo es un lugar de paso, de peregrinaje, en el que no se puede ni se debe poner todo el corazón, pues no es permanente. La existencia aquí, en esta tierra, es efímera en comparación con la eternidad. Cómo dirá, posteriormente, el autor de la epístola a los Hebreos, describiendo al pueblo de Dios de todas las épocas, que vive por fe y sigue a Cristo, a pesar de ser vituperados como lo fue el mismo Señor Jesús: “... porque no tenemos aquí ciudad permanente, sino que buscamos la por venir” (Epístola a los Hebreos 13:13-14).

Finalmente, la fiesta adquiere su significado más profundo, de entrada, por el hecho de que el apóstol Juan introduce al Señor Jesús en su evangelio con una palabra que, aparentemente, nos induce también a pensar en esa fiesta: “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad”, (Evangelio de Juan 1:14). La palabra “habitó” es, literalmente, “puso su tienda”, o como la traduce la Biblia Textual, “tabernaculizó”. Al mismo tiempo es significativo que Juan resalte la participación de Jesús en la fiesta de los tabernáculos, en el capítulo 7 y versículos 2 y 14 de su evangelio. El alcance de este incidente es subrayado por Juan al decirnos que “en el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado”, (Evangelio de Juan 7:37-39). Estas palabras de Jesús cumplen la profecía de Zacarías cuando dijo: “Acontecerá también en aquel día, que saldrán de Jerusalén aguas vivas”, (Profecía de Zacarías 14:8). Y es que este profeta conecta estas aguas vivas con la celebración de la fiesta de los tabernáculos (véanse los versículos 16, 18 y 19). Por ello, vemos cómo Jesús es consciente de que en su persona encuentra su cumplimiento el mensaje que había detrás de la fiesta de los tabernáculos. Es por la fe en Jesús que recibimos el perdón de los pecados y al Espíritu Santo. Es por eso que en el Nuevo Testamento la fiesta sería, pues, metáfora de la recepción de Cristo por la fe. No hay alegría como la que trae el Espíritu Santo al corazón del creyente. Es más, el fruto del Espíritu Santo es gozo (Epístola a los Gálatas 5:22). Pero también dominio propio o templanza en el uso de las cosas con las que Dios nos provee ampliamente (Epístola a los Gálatas 5:23).

Este es el auténtico valor que tiene para nosotros hoy la fiesta de los tabernáculos. Por un lado, un recuerdo de la generosidad de Dios en la creación, pues todo buen don proviene de su mano. Pero, y al mismo tiempo, una referencia a Jesucristo, a Aquél que vino a vivir en medio nuestro, como en un tabernáculo, es decir, en un cuerpo auténticamente humano, para que así pudiéramos ser salvos por la fe en Él. Él es el único que puede darnos justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo (Epístola a los Romanos 14:17).

Artículo escrito por José Moreno Berrocal y publicado originalmente en el periódico "El Semanal de La Mancha" el viernes 2 de septiembre de 2015. Publicado con permiso con algunos cambios.
 
 

Dioses que fallan

Existen muchas y buenas razones para leer un libro de Timothy Keller. De entrada, sus escritos recogen sus atinadas reflexiones sobre la realidad política, económica y cultural de nuestra sociedad occidental. Esto, de por sí, los hace muy interesantes. Pero, sobre todo, el pastor de Nueva York tiene una rara habilidad para mostrar la relevancia de la Biblia para ese mismo mundo actual y, en particular, la pertinencia del mensaje del evangelio. Supongo que otro de los motivos por los que Keller me gusta tanto es que disfruta con autores que yo también encuentro de mucha ayuda y estímulo; entre ellos se encuentran C.S. Lewis y Jonathan Edwards. Pero en este libro, Keller deja aflorar su admiración por John Newton, el capitán de barco negrero que, transformado por la gracia de Dios, acabó siendo pastor y pieza clave en la conversión de William Wilberforce. En la página 181 se cita una carta de Newton, en la que podemos apreciar su profunda sabiduría pastoral y una muestra clara del porqué a muchos nos encanta leer la abundante correspondencia del autor de Sublime Gracia.

Dioses que fallan, que tiene como subtítulo las promesas vacías del dinero, el sexo y el poder, y la única esperanza verdadera, trata de un tema tan impopular en estos días como es el del pecado. Keller lo enfoca desde uno de los conceptos bíblicos que con mayor amplitud se refieren a la transgresión de la Ley de la Dios, el de la idolatría. Esto no significa que no haya otras perspectivas en las Escrituras para identificar lo que llamamos pecado, pero es la idolatría la que demuestra que el pecado es, esencialmente, oposición y sustitución de Dios. Es fascinante notar como Keller, siguiendo a Martín Lutero, cree que no solo el segundo mandamiento prohíbe la idolatría. El primero también lo hace. Como lo expresaba ya nuestro gran reformador y traductor de la Biblia, Cipriano de Valera: “En el primer mandamiento se prohíbe la idolatría interna y mental, y en el segundo, la externa y visible”. Asimismo, la noción de idolatría es un excelente punto de contacto con nuestra cultura, tan familiarizada con la idea de la adicción, la cual Keller conecta, acertadamente, con la de la idolatría. Pero ¿qué es un ídolo?, se pregunta Keller, y responde así: “es algo que es más importante para usted que Dios, cualquier cosa que cautive su corazón y su imaginación más que Dios, cualquier cosa que espere que le proporcione lo que solamente Dios puede darle”, página 19. La idolatría hunde sus raíces en la caída de la humanidad en Adán, por lo que está presente en la vida de cada ser humano, nos demos cuenta o no. Como ya cantaba Bob Dylan a finales de los años 70 del siglo pasado: “You gonna have to serve somebody” tienes que servir a alguien. Todos servimos a algo o a alguien, nos dice Dylan. Y, además, esos ídolos son muchos más de los que nos imaginamos. Como también enseñaba Juan Calvino: “nuestro corazón es una fábrica de ídolos”. Así, Keller menciona muchos tipos de ídolos, analizando el concepto desde muchos y sorprendentes puntos de vista. Incluso en las páginas 195 y 196 nos trae una lista de lo que Keller llama categorías idolátricas. Para entender bien la idea bíblica de la idolatría es, igualmente, importante subrayar que la idolatría toma cosas que en sí mismo no son malas, pero que, si se convierten en absolutos, se transforman en ídolos. Es decir, un ídolo es aquello que, si lo perdemos, nos lleva a la conclusión de que nuestra vida no tiene sentido. En las palabras de Thomas C. Oden: “… uno tiene un dios cuando adora un valor último, al que considera algo sin lo cual no se puede vivir feliz”, nota 9 en la página 184. Las consecuencias de la idolatría son letales. Los ídolos ciegan a sus seguidores y, finalmente, los esclavizan. El pastor de Manhattan advierte: “Los ídolos no solo distorsionan nuestros pensamientos, sino también nuestros sentimientos”, página 152. La idolatría nos coloca bajo el justo juicio de Dios.

Pero Keller no solo trata de investigar los variados rostros que de la idolatría nos presentan las Escrituras. También se ocupa de la única solución a la idolatría, el evangelio de Jesucristo y éste crucificado. Es por ello por lo que cada capítulo, aparte de un riguroso análisis de la realidad social de nuestro mundo occidental actual y de los ídolos que ha levantado, se centra en algún pasaje bíblico que incida en el tema en cuestión. Así desfilan ante nuestros ojos personajes del Antiguo Testamento como Abraham, Jacob, Zaqueo, Naamán, Nabucodonosor y Jonás. Todos ellos aparecen con el propósito de dirigirnos a Cristo y su salvación. Esto no puede sorprendernos puesto que Keller es discípulo, aventajado, del famoso profesor de Westminster Theological Seminary en Philadelphia (Pennsylvania) Edmund P. Clowney, conocido por enfatizar la importancia de encontrar a Cristo en todas las Escrituras. De hecho, Keller recomienda un libro de Clowney en Dioses que Fallan, uno titulado Christian Meditation. Por ello, el propósito de Keller siempre es que: “… las verdades del evangelio… conformen todo lo que sentimos y hacemos”, página 179. Keller presenta el evangelio de la salvación por la obra de la persona de Jesús en la cruz reiteradamente, de manera inusual a veces, pero siempre exhibiendo la suficiencia de la obra de Cristo. Así, por ejemplo, cuando nos cuenta la historia de Jacob en Peniel, relatada en Génesis 32:24-31, Keller se pregunta: “¿Cómo es que Jacob pudo acercarse tanto a Dios y no morir?”. Su respuesta es esta: “Fue porque Jesús se hizo débil y murió en la cruz para pagar el castigo por nuestro pecado”, páginas 168 y 169. Este enfoque cristocéntrico es un aspecto primordial en los libros de Keller y es lo que hace, en mi opinión, que sus libros sean tan oportunos.

Pero no es solo que Keller se refiera a la obra de Cristo, además, muestra magistralmente nuestra necesidad de ese evangelio, al explorar las motivaciones más oscuras que habitan en lo más profundo de nuestros corazones. “La idolatría”, dice también Keller, “no consiste solamente en no obedecer a Dios: es poner todo el corazón en algo aparte de Dios”, página 176. La solución que trae el evangelio, según el pastor de Manhattan, puede ser perfectamente resumida por una de las frases más impactantes del teólogo escocés Thomas Chalmers: el poder expulsivo de un nuevo afecto. Por medio de esta expresión, uno de los motores detrás de la creación de la Alianza Evangélica y gran amigo de William Wilberforce, enseñaba que solo un afecto más poderoso puede sustituir a otro. La idolatría es tan poderosa que solo Cristo mismo puede derrotarla. Ese es el testimonio de Pablo en Filipenses 3. Lo que explica la conversión de Pablo es que tuvo como pérdida todo lo que antes daba sentido a su vida por causa de “la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús”, versículo 8. Es un afecto nuevo el que libera a Pablo; el amor por Cristo reemplaza ahora a todo lo que había sido antes el centro de su vida. El poder para sustituir a lo que nos esclaviza reside exclusivamente en la cruz del Señor Jesús. Ese poder es nuestro por medio de una experiencia real y transformadora con el Cristo resucitado que nos da su propia justicia, “que es de Dios por la fe”, versículo 9. La conversión trae un cambio radical. Es el comienzo de una nueva vida que busca la semejanza con Cristo. Keller es bíblico y realista, y por ello sabe que ser como Cristo es la labor de toda una vida y que solo en la eternidad seremos perfectos. Por ello, en el último capítulo de su libro nos llama a concebir la vida cristiana como un camino de identificación y sustitución de los ídolos de nuestro corazón por una nueva y creciente relación con Cristo. Esta tiene como norte la adoración de Dios, que es el emblema que identifica al pueblo de Dios. Esa vida en Cristo usa como medios de gracia, entre otros, lo que se conoce como las disciplinas espirituales, “como la adoración privada, la adoración colectiva y la meditación”, pagina 179.

Estamos, pues, ante otra gran obra de Timothy Keller. Dioses que Fallan es un libro que nos examina y que nos revela el gran valor del evangelio de Dios. Sólo Cristo puede salvarnos del pecado y de las manos de los falsos dioses que siempre acabaran fallando. Sólo Jesús trae la única esperanza verdadera.

Artículo escrito por José Moreno Berrocal el domingo 6 de abril de 2014 para la editorial Andamio con motivo de la presentación en español del libro de Tim Keller titulado Dioses que Fallan.
 
 

Recientemente visitaba España Alister McGrath, profesor en Oxford y en el King’s College de Londres. Su propósito era impartir una serie de conferencias bajo el sugerente título Los que piensan que no necesitan a Dios y otros mitos. De origen norirlandés, estudió química en Oxford y tiene tres doctorados, uno de ellos en biofísica molecular. McGrath era ateo; ahora es cristiano. Ha sostenido debates públicos con el conocido científico ateo Richard Dawkins. Me gustaría en este artículo hacerme eco de algunas de las ideas que desarrolló durante su visita, en particular sus reflexiones sobre lo que se conoce ahora como el fenómeno del nuevo ateísmo. Al mismo tiempo, quisiera introducir alguna valoración personal al hilo de sus comentarios. Últimamente también he leído sobre este mismo tema el libro de David H. Glass, Atheism’s new clothes (Las nuevas ropas del ateísmo). Glass es profesor de ordenadores y matemáticas en la Queen’s University de Belfast y tiene dos doctorados, uno en física teórica y otro en filosofía. Por ello me referiré a esta obra igualmente.

 

Entrando ya en materia, McGrath sostiene que el nuevo ateísmo es, de entrada, más dogmático que el anterior. Para este profesor la agresividad del nuevo ateísmo se debe a su frustración. De hecho, afirmó que, tras una popularidad que fue in crescendo en los años 2005 y 2006, la influencia y presencia de Richard Dawkins y otros impulsores del nuevo ateísmo se ha venido abajo desde entonces. Y es que su pronóstico acerca de la desaparición de la religión en el mundo no se está cumpliendo. El movimiento también destaca por un activo proselitismo de “su fe antiteísta”, dijo el profesor de Oxford. Tiene, incluso, un aspecto religioso de cruzada, hasta el punto de plantear si es correcto que los hijos escuchen planteamientos de fe en lugar de la ciencia, tal y como Dawkins la entiende claro. Esto ha molestado a otros ateos que están disgustados con este enfoque tan militante del ateísmo, tan fundamentalista.

 

El caballo de batalla fundamental del nuevo ateísmo parece residir en su idea de que la ciencia demostraría que Dios no existe. Lo curioso del caso es que no podemos entender la ciencia moderna sin reconocer el impulso crucial que recibió de grandes científicos cristianos. Entre otros muchos, se puede mencionar a Michael Faraday, Lord Kelvin, James Clark Maxwell, o James Simpson. Dawkins y otros argumentan que, en la época en la que se pusieron los cimientos más decisivos de la ciencia moderna, particularmente después de la reforma protestante del siglo XVI, existía un consenso cristiano entre los científicos. Eso explicaría que no vieran la incompatibilidad entre ciencia y cristianismo. En este sentido, leía también recientemente un libro titulado Sociología de la ciencia. En el mismo escriben varios profesores universitarios coordinados por Jesús A. Valero de la universidad de Valladolid. En el ensayo titulado La psicología social de la ciencia y el giro psicosociológico, el profesor Anastasio Ovejero Bernal también de esa misma Universidad afirma que “la ciencia es una actividad humana como otra cualquiera -que no es poco- y, por ello, está influida también, como otra actividad humana cualquiera, por factores psicosociales como las relaciones interpersonales e intergrupales, las relaciones de poder, etc.”. En otras palabras, el método científico puede ser más o menos objetivo, pero la ciencia la realizan hombres de carne y hueso como nosotros con sus ideas preconcebidas. Nuestras creencias afectan a todo lo que hacemos, pero esto es verdad ¡para cristianos y para ateos! Los científicos ateos hoy pueden estar, igualmente, influidos por su ateísmo a la hora de hacernos creer que existe una incompatibilidad entre ciencia y fe. Por ello, no se puede afirmar que la ciencia per se se tiene que poner del lado del ateísmo. ¡El ateísmo es algo que algunos científicos añaden también a su actividad científica! Pero la ciencia, como tal, no puede acomodarse a una idiosincrasia particular. Aun así, es fascinante preguntarse si los avances científicos y tecnológicos de los que disfrutamos hoy podrían haberse desarrollado en base a presupuestos politeístas y panteístas. Según Glass, “muchos sostienen que la ciencia se desarrolló, en particular, por la creencia en la inteligibilidad del mundo natural que surge de la doctrina de la creación”. Por ello, resulta llamativo argumentar que la ciencia se opone a la existencia de Dios. De cualquier manera, hoy en día sigue habiendo científicos cristianos. Así por ejemplo, Francis Collins, líder del proyecto del genoma humano y que fue premio Príncipe de Asturias; John C. Lennox, profesor de matemáticas en Oxford o el profesor Edgar Andrews, al que también he tenido el placer de conocer personalmente y cuyos libros me inspiran un profundo respeto y admiración. Además, a grandes rasgos y con las matizaciones que deban hacerse, la ciencia se ocupa básicamente del cómo de las cosas y no del porqué de las mismas. La ciencia trata de la manera y modo de la realidad y no puede responder tanto a la pregunta de la razón por la que hay algo y no nada. Nos puede decir de qué está compuesta la Tierra, pero no puede decirnos por qué hay una Tierra. La ciencia, además, siempre está en tránsito, es decir, siempre hay cambios constantes de paradigmas. Por eso Maxwell insistía en afirmar que no deberíamos atarnos a ninguna proposición científica particular. “La ciencia es un viaje que no se ha acabado, en el que ninguna estación es el destino final. La ciencia va cambiando de dirección, y así es como debe ser”, dijo también Alister McGrath. La investigación científica no choca, pues, con la fe cristiana.

 

De cualquier manera, Dawkins y otros sostienen que es irracional creer en Dios. Pero nada hay más lejos de la realidad pues, como nos recuerda el profesor John C. Lennox, “la fe es, entre otras cosas, una respuesta a la evidencia”. Hay muchos tipos de evidencias que se pueden esgrimir a favor de la fe cristiana. Y son de muchos tipos. Las hay filosóficas, históricas y experimentales. Las creencias cristianas se asientan en un cúmulo de pruebas. Volviendo al profesor McGrath, la cosmovisión cristiana es “la que mejor encaja con la realidad que hay a nuestro alrededor y con nuestra experiencia humana”, afirmó. Por otro lado, la fe no es irracional pero en algunos de sus prepuestos si va más allá de la razón. Ya decía el célebre matemático francés Blas Pascal que “el corazón tiene razones que la razón no entiende”. En este sentido, la Biblia nos enseña cosas que no podemos descubrir por nosotros mismos. Por ejemplo, es normal pensar que, si hay un Dios, nos salvará porque somos buenos o porque intentamos serlo. Pero el mensaje de la Biblia es que Dios nos salva por gracia, no porque nosotros seamos buenos sino porque Dios es bueno. No porque seamos mejores que otros, sino porque el mejor es el único Salvador, Jesucristo. En este debate de la racionalidad o no de la fe, es obligado mencionar que algunas de las mejores críticas al nuevo ateísmo vienen desde nuestro propio país. Así, Antonio Cruz, doctor en biología y en teología, natural de Jaén, ha subrayado recientemente la debilidad de los presupuestos filosóficos detrás del nuevo ateísmo. Algo que destaca Glass también, añadiendo este autor la escasa preparación teológica de los nuevos ateos.

 

Otra de las críticas del nuevo ateísmo a la religión reside en lo peligrosas que pueden resultar algunas creencias religiosas. Después del ataque a las torres gemelas en 2001, o del atentado en Madrid del 11 de marzo, o la amenaza del Estado Islámico en Siria e Irak y Boko Haram en Nigeria, algunos señalan el daño que puede causar el fanatismo religioso. Esto es indudable. A esta lista se podría añadir las cruzadas o la Inquisición española. Pero es ignorante poner en el mismo saco, por ejemplo, a los talibanes y a los cuáqueros, que son pacifistas. Cada religión debe responder por sí misma y por lo que hacen o han hecho sus supuestos seguidores en su afán de ser fieles a su propia versión de la misma. Pero es también evidente que el ateísmo es, por lo menos, autor intelectual de numerosos actos de crueldad y salvajismo. Pensemos, por ejemplo, en la Alemania nazi, en la Rusia de Stalin, o en los kemeres rojos de Camboya. Obviamente no estoy diciendo que el ateísmo conduzca necesariamente a realizar matanzas masivas de disidentes, pero si usamos ese mismo razonamiento, no debemos hacer creer a la gente que la religión en general conducirá necesariamente a la violencia como da a entender, aparentemente, Dawkins. Por otro lado, si nos ceñimos al cristianismo, su historia está llena de batallas contra la maldad del mundo. Por ejemplo, fueron cristianos de fe evangélica los que estuvieron detrás de la fundación de La Cruz Roja. Pero para mí, la más especial es la lucha contra el tráfico de esclavos en el Atlántico y la posterior abolición de la esclavitud. Hoy en día, el conflicto del cristianismo y de otros muchos también, continúa contra las llamadas nuevas formas de esclavitud, en particular la explotación infantil y sexual de muchas niñas y mujeres en el mundo.

 

Finalmente, me gustaría aludir a un fenómeno curioso que vengo observando repetidamente. Muchos que dicen creer en Dios, no viven según lo que Dios enseña; son ateos en la práctica. El ateísmo práctico no es una nueva forma de ateísmo, pero está muy extendido. Otro tipo de ateísmo es el que se basa en el desconocimiento. Muchos han rechazado el cristianismo y han engrosado las filas del ateísmo porque quizás solo han conocido el cristianismo de oídas, en versiones de segunda mano o sucedáneas. Para desechar el cristianismo deberíamos primero conocer el artículo original. Éste solo se encuentra en la Biblia. Si no la conoces puede que estés rechazando un mero fantasma o un hombre de paja. Es también indiscutible que, si nos tomamos este tema seriamente, deberíamos analizar la obra de grandes filósofos y científicos cristianos. Solo así podremos manifestar una tangible coherencia intelectual. Por tanto, el nuevo ateísmo no representa un salto cualitativo en cuanto a la controversia entre la ciencia y la fe. Lejos de desacreditar al cristianismo, la Historia ha registrado siempre que, cuando de verdad se ha buscado implementar la auténtica enseñanza de Jesús, esté mundo ha notado la diferencia y siempre para bien. El nuevo ateísmo sólo ha servido para mostrar, aún con mayor precisión si cabe, la fortaleza de la posición cristiana como la explicación intelectual y emocionalmente más rigurosa y satisfactoria de la realidad.

 

Artículo escrito por José Moreno Berrocal y publicado originalmente en la revista del Ateneo de Alcázar de San Juan el viernes 19 de diciembre de 2014. Publicado con permiso.
 
   

Canción de Navidad (A Christmas Carol) es una de las grandes obras del genial escritor británico Charles Dickens. Publicada el 19 de diciembre de 1843, después de seis semanas de intenso trabajo, se convirtió inmediatamente en una de las producciones más populares del autor de David Copperfield o Historia de dos Ciudades, entre otros muchos libros. Posiblemente existan pocas historias navideñas tan conmovedoras como esta. Muchos tienen la costumbre de leerlo todas las navidades, y no es mala idea, pues captura fenomenalmente los elementos centrales del mensaje de la Navidad. Por un lado, el poder transformador de la persona de Cristo y, por otro, la difusión del espíritu navideño que puede perfectamente resumirse en las palabras del Señor Jesús: “más bienaventurado es dar que recibir” (Libro de los Hechos de los Apóstoles 20:35).

Canción de Navidad despliega estos temas troncales de la Navidad por medio de un cuento que narra la vida de un londinense llamado Scrooge. La descripción que hace Dickens de Scrooge nos lo presenta como un hombre egoísta, solitario, de hábitos codiciosos y que desprecia la Navidad. Es un ser endurecido en su pecado y que, como el mismo confesará posteriormente al pedir ayuda, no puede cambiarse a sí mismo. La conversión de Scrooge es precisamente el meollo de esta historia que, desde entonces y hasta nuestros días, no ha dejado de conmover a los lectores. En este cuento la transformación de Scrooge es producida por la intervención, de lo que Dickens llama, los espíritus de las navidades pasadas, presentes y futuras. Estos son, a su vez, una original plasmación de lo que nosotros conocemos como el espíritu navideño. Es decir, el mensaje de la Navidad que, en palabras del apóstol Pablo, consiste en el hecho de que: “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores” (1ª Epístola a Timoteo 1:15). El cambio es posible por lo que aconteció en Belén hace unos dos mil años: el nacimiento de Jesús, el único Salvador. Nada ni nadie puede salvar a los pecadores, sólo el poder que hay en Cristo podrá hacerlo. El apóstol Juan lo expresa así: Aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció. A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios. Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad” (Evangelio de Juan 1:9-14).

Coincidiendo con el segundo centenario del nacimiento de Charles Dickens (nació el 7 de febrero de 1812), acaba de publicarse en castellano de la pluma de la escritora londinense, de padre francés y madre inglesa y graduada de Cambridge, Claire Tomalin, la que posiblemente sea la mejor biografía hasta la fecha de este escritor inglés. Sobre Canción de Navidad, Tomalin dice que: “El libro caló muy hondo en el corazón del público y allí sigue desde entonces, con su mezcla de terror, desesperación, esperanza y afecto, además del mensaje -un mensaje cristiano- de que hasta el pecador más vil puede arrepentirse y transformarse en un buen hombre”. La transformación de Scrooge que narra Dickens es notable. Ha pedido perdón, da gracias por la Navidad y alaba al cielo por la misma. Su comportamiento se asemeja ahora al de las huestes celestiales que, después del nacimiento de Jesús, alababan a Dios diciendo: “Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres” (Evangelio de Lucas 2:14). Ahora Scrooge se vuelca hacia los demás y muestra compasión por los más pobres y necesitados, en particular por los niños, representados en Canción de Navidad por Tiny Tim. Dickens, por su propia experiencia e inclinación, siempre tuvo una especial consideración por los más pequeños, algo que conocen todos los que hayan leído sus obras. Por ello, no es sorprendente que Canción de Navidad aludiese también a Aquel que mostró una gran ternura hacia los niños, a Jesús. De hecho, cita el texto del Evangelio de Marcos 9:36 en el que se dice que Jesús “tomó a un niño, y lo puso en medio de ellos”. Por medio de esta acción, Jesús buscaba inculcar en sus discípulos una actitud de cariño y amor por los niños, incluso hasta el punto de afirmar que ese comportamiento lo tomaría Él como dirigido a sí mismo y a su Padre: “El que reciba en mi nombre a un niño como este, me recibe a mí; y el que a mí me recibe, no me recibe a mí sino al que me envió” (Evangelio de Marcos 9:37).

Hay otro detalle que hace de Canción de Navidad un libro ideal para estas fechas. La Navidad debe ser un tiempo de júbilo, de compartir, de generosidad y de hospitalidad. Y esto porque Dios mismo en Cristo así lo hizo: “Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos” (2ª Epístola a los Corintios 8:9). El contexto de esta cita de Pablo es su exhortación a los cristianos en Corinto a mostrarse caritativos con sus hermanos más pobres. Y el mejor ejemplo de un amor que se da es el del mismo Señor Jesús que, por gracia, se entrega por pecadores como nosotros. No porque lo merezcamos o porque seamos mejores que otros, sino porque Él mismo está lleno de misericordia. Comentando también esta parte de Canción de Navidad, Tomalin añade: “Al mismo tiempo, el autor (Dickens) insiste en que compartir alegrías, comida, bebida, obsequios y hasta bailes no es un mero placer frívolo, sino una expresión básica de amor y apoyo mutuo entre los seres humanos”. Posteriormente otro gran autor británico, C.S. Lewis, hará también que los habitantes de Narnia celebren la venida de Aslan por medio de un suntuoso banquete en El León, la Bruja y el Armario, cuento en el que curiosamente Lewis introduce también la idea de la Navidad, algo que, por cierto, Tolkien pensó que no funcionaría, pero que sí resultó un gran éxito. Y es que el espíritu alegre y festivo de las familias de los Cratchit o del sobrino de Scrooge, Fred, a pesar de sus estrecheces económicas, demostraban, según Dickens, que entendían qué era lo importante de la Navidad. Y nosotros, ¿cómo no celebrar que, aunque estábamos perdidos, Dios ha venido a salvarnos en Cristo? Y para ello no hay vehículo más adecuado que las canciones navideñas o villancicos. Así Dickens, en Canción de Navidad, alude a una villancico muy popular en la Inglaterra de su época titulado: “God rest ye merry, gentlemen, que en castellano se traduce como: “Dios muy alegre albergó con gran felicidad”. Publicado por William B. Sandys in 1833, es hasta hoy uno de los villancicos más populares. La versión en dibujos animados del clásico de Charles Dickens por Richard Williams, que en su día mereció un Oscar en 1971, comienza con el clásico villancico. Una versión de la primera estrofa en nuestro idioma sería esta: 

“Dios muy alegre albergó,

con gran felicidad

recuerda que el Señor Jesús

nació en Navidad.

Él nos salvó de Satanás

que nos hizo perder,

noticias alegres de gozo

junto al Señor,

noticias alegres de amor”

 

Por tanto, la venida de Cristo Jesús al mundo es la única esperanza que podemos albergar en nuestros corazones para ser distintos. Sólo el evangelio puede cambiarnos pues, como nos recuerda también Pablo, es “el poder de Dios para salvación a todo aquel que cree” (Epístola a los Romanos 1:16). El diablo y el mal son enemigos demasiado fuertes para nosotros; sólo Cristo es invencible. La victoria de Cristo sobre el pecado, la muerte y Satanás se efectuó en la cruz del Calvario y se manifestó en su resurrección. Y si somos salvos por la fe en Cristo, vivamos gozosamente, dándonos y compartiendo, de acuerdo al espíritu de la Navidad. 

Artículo escrito por José Moreno Berrocal y publicado originalmente en el periódico "El Semanal de La Mancha" el viernes 19 de diciembre de 2014. Publicado con permiso.

 
 

El Sargento York

Este año recordamos que hace justamente un siglo comenzaba la I Guerra Mundial. No me he olvidado todavía de la impresión sobrecogedora que me causó el pasar cerca de Verdún, en un viaje que realizaba con mi esposa cruzando Francia en coche de este a oeste. Y es que en esa ciudad se libró una de las batallas más sangrientas de esta contienda bélica. Algunos dicen que perecieron un cuarto de millón de personas. Solo la batalla de Somme se cobró más muertes. La I Guerra Mundial fue una inmensa carnicería, aproximadamente ocho millones murieron (algunos dicen que fueron muchos más, hasta diez millones), causando seis millones de heridos (otros elevan su número hasta veinte millones). Nosotros nos referimos a esta conflagración como la I Guerra Mundial, pero entonces se la conoció como la guerra que iba a acabar con todas las guerras. ¡Qué ironía! Ni fue la última ni la más cruel. Este conflicto militar fue seguido por otros muchos más terribles. En un sentido, el siglo XX comenzó con esa guerra y ha sido, posiblemente, el siglo más violento que ha conocido la Humanidad.

El cine se ha hecho eco de esta contienda. Obviamente no hay tantas películas de estas hostilidades cómo, por ejemplo, de la II Guerra Mundial. Personalmente, destacaría clásicos como Adiós a las Armas, de 1932, que se basa en una novela de Ernest Hemingway de 1929, o Senderos de Gloria, de 1957, con un gran Kirk Douglas. También me gustan películas más recientes como Von Richthofen and Brown, de 1971, por sus escenas aéreas y que en España se presentó como El Barón Rojo. Asimismo Gallipolli, de 1981, Feliz Navidad, de 2005, Flyboys, de 2006, y otra ya titulada El Barón Rojo sobre ese legendario piloto alemán, Von Richthofen, de 2008. Finalmente, es encantadora la superproducción de Spielberg Caballo de Batalla, de 2012. Pero mi película favorita sobre la I Guerra Mundial es, sin duda alguna, El Sargento York. Creo que es una de las mejores que tenemos sobre ese conflicto armado. El Sargento York es una de las primeras que vi siendo muy joven y, desde entonces, no deja de conmoverme cada vez que la veo. Es una película de 1941, que se ocupa de la vida del militar norteamericano Alvin York, uno de los soldados estadounidenses más condecorados en la I Guerra Mundial. La historia fue adaptada para la gran pantalla, entre otros, por John Huston, basándose en el diario que escribió Alvin York. Estamos ante un gran guión que interpreta, con espléndidos efectos cinematográficos, los acontecimientos más sobresalientes de la vida del sargento York. Fue dirigida por Howard Hawks e intepretada por Gary Cooper, que se llevó un Óscar por esta película. Es una gran obra cinematográfica que obtuvo, además, otro Óscar por el montaje. También son memorables las interpretaciones de Walter Brennan, como el pastor de la iglesia, y de Joan Leslie, como la novia y esposa de Alvin York, entre otras destacadas actuaciones. La cinta es costumbrista, contiene grandes dosis de humor y abunda en referencias a la Biblia.

Para mí hay dos momentos intensamente emotivos en la película. Primero, la conversión de Alvin York. Este era un granjero de Tennesse, pendenciero y bebedor, pero que experimenta un cambio completo como consecuencia de la intervención de Dios en su vida. Una de las partes que más disfruto es aquella en la que el pastor se entrevista con Alvin mientras éste ara la tierra de su campo. La religión es la que viene en busca de uno, paulatinamente o de repente, cuando menos lo esperes o lo sospeches, le viene a decir. Es Dios el que sale a nuestro encuentro. La exhortación del pastor me recuerda las palabras del libro del profeta Isaías 65:1 donde Dios dice: “Fui buscado por los que no preguntaban por mí; fui hallado por los que no me buscaban. Dije a gente que no invocaba mi nombre: Heme aquí, heme aquí” y un himno precioso que refleja la experiencia de muchos y la realidad de Dios, de un Dios que está vivo: 

"Yo te busqué, Señor, más descubrí 

que tú impulsabas mi alma en ese afán. 

No era yo quien te buscaba a ti.

Tú me encontraste a mí.

 

Tu mano fuerte se extendió y así,

tomado en ella, sobre el mar crucé,

mas no era tanto que me asiera a ti.

Tú me alcanzaste a mí.

 

Te hallé y seguí, Señor, mi amor te di,

mas sólo fue en respuesta a tanto amor,

pues desde siempre mi alma estaba en ti.

Siempre me amaste así. 

 

En cuanto a la conversión misma de Alvin York, la película la sitúa en medio de una reunión en la que se interpreta, a indicación del pastor, una canción tradicional evangélica titulada La Religión Antigua. La letra de esta canción dice así:

"Dame la religión antigua,

fue buena para el profeta Daniel,

fue buena para Pablo y Silas.

Me hace amar al prójimo, 

y si me hace amar a la gente, es muy buena, 

y por eso es buena para mí.

La religión antigua nos llevará al cielo.

Dame la religión antigua" 

 

Lo que el cántico denomina la religión antigua es, en realidad, la fe que aparece en la Biblia, ya que no hay nada más antiguo que la Biblia, como el cántico no cesa de recordar, aludiendo a varios personajes que encontramos en las páginas de las Sagradas Escrituras. De la misma manera que, si queremos beber agua pura y cristalina, compramos agua mineral que está tomada de un manantial, así también solo conocemos a Dios si acudimos a las fuentes del cristianismo, a la Biblia. Este himno me trae a la memoria el texto del libro del profeta Jeremías 6:16: “Así dijo el Señor: Paraos en los caminos, y mirad, y preguntad por las sendas antiguas, cuál sea el buen camino, y andad por él, y hallaréis descanso para vuestra alma”. Dios afirma aquí que solo la religión antigua puede proporcionarnos auténtico reposo espiritual. Un descanso que sólo se encuentra en Cristo mismo porque esas sendas antiguas son, en realidad, las que trae el Señor Jesús mismo. Como Él mismo enseña en el evangelio de Mateo 11:28-30: “En aquel tiempo, respondiendo Jesús, dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó. Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga”. Estas palabras subrayan lo que asegura la canción, que solo Dios mismo puede otorgarnos ese descanso, que dependemos de Dios para ser salvos; de hecho, la canción finaliza pidiéndosela a Dios mismo: Dame la religión antigua.

En segundo lugar, y en cuanto a la I Guerra Mundial, York tuvo sus reticencias en cuanto a participar en esa guerra. Tenía ideas pacifistas basándose, entre otros textos, en la mandamiento de Dios de Éxodo que dice: “No matarás” (Libro de Éxodo 20:13). Finalmente, estudiando otras porciones bíblicas como el evangelio de Mateo 22:31: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, Alvin York decidió combatir. Este dilema está muy bien tratado en la película. Curiosamente su idea no era la de dar su vida por la patria o la de matar a sus enemigos, sino la de salvar las vidas de sus compañeros. Su actitud es muy diferente a la del general francés en Senderos de Gloria, que arenga a sus tropas preguntándoles si están dispuestos a matar alemanes. Según su propio testimonio, York luchó más bien para que la carnicería de vidas humanas no fuera tan elevada. Durante la batalla del bosque de Argonne, el 8 de octubre de 1918, su unidad sufrió numerosas bajas por el fuego de las ametralladoras alemanas pero, contra cualquier pronóstico, silenció el sólo varios nidos de ametralladora alemanes y capturó 132 prisioneros. La película refleja fenomenalmente esta heroica acción militar que preservó la vida de sus compañeros y, a la postre, la de muchos alemanes. Alvin York dio testimonio en su diario de la protección divina en esta peligrosa situación. Parece increíble que no fuera abatido o herido por el fuego alemán, pero así fue. Su valentía, más allá de su deber, le llevó a recibir varias medallas y es la razón por la que se le recuerda hasta el día de hoy. Asimismo, es interesante notar que Alvin York no se sintió orgulloso de su comportamiento, ya que como dice Gary Cooper en la cinta: “muchos murieron por hacer lo mismo”. Mostró más bien una gran humildad, algo que es asimismo poco común.

Con este hecho se puede concluir la rememoración de un aniversario tan ominoso como el del comienzo de la I Guerra Mundial. Este conflicto es una triste reflexión sobre el infundado optimismo humano acerca de sus propias posibilidades de frenar completamente la maldad humana. Menos aún podrá una guerra acabar con la guerra. Tal cosa no está en las manos de los hombres, tan sólo en las de Dios. Como afirma el libro de los Salmos 46:8-11: 

“Venid, ved las obras del Señor.

Que ha puesto asolamientos en la tierra.

Que hace cesar las guerras hasta los fines de la tierra.

Que quiebra el arco, corta la lanza,

y quema los carros en el fuego.

Estad quietos, y conoced que yo soy Dios;

seré exaltado entre las naciones;

enaltecido seré en la tierra. 

El Señor de los ejércitos está con nosotros;

nuestro refugio es el Dios de Jacob” 

 

Por otro lado, una vida como la de York muestra la realidad de la presencia activa de Dios que, en palabras de otro cántico, “salva, guarda, guía”. Y esa es también nuestra confianza, que Dios preserva a los suyos, aún en medio de las palpables evidencias de encontrarnos en un mundo caído, hasta ese día en el que Dios “juzgará entre las naciones, y reprenderá a muchos pueblos; y volverán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces; no alzará espada nación contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra” (Libro del profeta Isaías 2:4) cuando, en palabras que se citan también en la película, “morará el lobo con el cordero, y el leopardo con el cabrito se acostará; el becerro y el león y la bestia doméstica andarán juntos, y un niño los pastoreará. La vaca y la osa pacerán, sus crías se echarán juntas; y el león como el buey comerá paja. Y el niño de pecho jugará sobre la cueva del áspid, y el recién destetado extenderá su mano sobre la caverna de la víbora. No harán mal ni dañarán en todo mi santo monte; porque la tierra será llena del conocimiento del Señor, como las aguas cubren el mar” (Libro del profeta Isaías 11:6-9). Esta armonía en el mundo solo vendrá de la mano de Jesucristo, ya que solo él es el “Príncipe de Paz” (Libro del profeta Isaías 9:6), una paz que solo viene “mediante la sangre de su cruz” (Epístola a los Colosenses 1:20). 

Artículo escrito por José Moreno Berrocal y publicado originalmente en esta página web el viernes 5 de diciembre de 2014.
 
   

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