Jesús, nuestro único tesoro

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Una de las enseñanzas más claras que encontramos en la Biblia es que Cristo es el único Señor y Salvador de la Iglesia. Esa es la voluntad de Dios, que la salvación se encuentre solo en Cristo: “Y en ningún otro hay salvación” dice el apóstol Pedro refiriéndose a Jesús, “porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos de los Apóstoles 4:12). Cristo es el único Señor y Salvador de la Iglesia porque solo Él es Dios y hombre, “porque en Él” dice Pablo escribiendo a los colosenses “habita corporalmente toda la plenitud de la deidad” (Epístola a los Colosenses 2:9). “El Verbo”, es decir, la Palabra que es Jesucristo, “era Dios”, dice también Juan (Evangelio de Juan 1:1). Sobre la verdadera humanidad de Cristo, Pablo dice que “hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1ª Epístola a Timoteo 2:5). Cristo es nuestro único Salvador y Señor porque solo Él murió en la cruz por pecadores como nosotros: “Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Epístola a los Romanos 5:8). Es en virtud de esa muerte de Jesucristo en la cruz del Calvario, que los pecadores podemos ser salvos de la ira venidera. “Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo”, dice el apóstol Pedro, “por los injustos para llevarnos a Dios” (1ª Epístola de Pedro 3:18). Notemos que según nos dice Pedro, la muerte de Cristo es penal (es decir es un castigo) y sustitutoria (es decir es a favor de la Iglesia). Por ello, cualquier persona que ponga su fe en Cristo puede obtener en Él, el perdón de todos sus pecados y la seguridad de la vida eterna. La gloriosa resurrección de Cristo de entre los muertos y su ascensión a los cielos es, entre otras muchas cosas, la evidencia de que su obra de satisfacción a la justicia divina ha sido aceptada. Es decir, que la reconciliación con Dios es un hecho para los que son de Cristo. Es también una demostración de su soberanía y dominio sobre todo y sobre todos, del hecho de que, como dice Juan Él es “Señor de señores y Rey de Reyes” (Libro de Apocalipsis 17:14). Jesús, por tanto, es todo para nosotros, pues solo Él nos salva. La palabra salvación en la Biblia engloba todo los beneficios que tenemos de parte de Dios en Cristo. Por ello, como escribe el apóstol Pablo a la iglesia de los colosenses, todos los creyentes estamos “completos en Él” (Epístola a los Colosenses 2:10). Ser cristiano es descubrir y experimentar esa plenitud de salvación que tenemos exclusivamente en Jesús. Por ello, Jesús es el verdadero y único tesoro de la Iglesia Cristiana. Jesús como nuestro único tesoro es una de las doctrinas fundamentales de la fe evangélica.

Una de las mejores presentaciones de esta doctrina es la que nos ofrece Juan Calvino en su Institución. En esta exposición, Calvino desgrana magistralmente todos los beneficios que tenemos en Cristo. Todas nuestras necesidades espirituales son cubiertas en Cristo precisamente por la plenitud de gracia y de verdad que hay en Él (Evangelio de Juan 1:14-18). Así lo explica el reformador:

“Puesto que vemos que toda nuestra salvación está comprendida en Cristo, guardémonos de atribuir a nadie la mínima parte de la misma. Si buscamos salvación, el nombre solo de Jesús no enseña que en Él está. Si deseamos cualesquiera otros dones del Espíritu, en su unción los hallaremos. Si buscamos fortaleza, en su señorío la hay; si limpieza, en su concepción se da, si dulzura y amor, en su nacimiento se puede encontrar, pues por él se hizo semejante a nosotros en todo, para aprender a condolerse de nosotros; si redención, su pasión nos la da; si absolución su condena; si remisión de la maldición, su cruz, si satisfacción, su sacrificio; si purificación, su sangre; si reconciliación, su descenso a los infiernos; si mortificación de la carne, su sepultura; si vida nueva, su resurrección, en la cual está también la esperanza de la inmortalidad; si la herencia del reino de los cielos, su ascensión; si ayuda, amparo, seguridad y abundancia de todos los bienes, su reino; si tranquila esperanza de su juicio, la tenemos en la autoridad de juzgar que el Padre puso en sus manos”.

Ante esta clara expresión de lo que es Cristo para su Iglesia, solo podemos decir ¡qué gran tesoro tenemos en Cristo! Pero Calvino también añade que esto significa que no podemos hallar beneficio en otros:

“En fin, como quiera que los tesoros de todos los bienes están en Él, de Él se han de sacar hasta saciarse, y de ninguna otra parte. Porque los que no contentos con Él andan vacilantes de acá para allá entre vanas esperanzas, aunque tengan sus ojos puestos en Él principalmente, sin embargo no van por el recto camino, puesto que vuelven hacia otro lado una parte de sus pensamientos. Por lo demás, esta desconfianza no puede penetrar en nuestro entendimiento, una vez que hemos conocido bien la abundancia de sus riquezas”.

Precisamente, la evidencia de que hemos hecho nuestros esos tesoros está en el hecho de que no deseamos ningún otro Salvador o Mediador que Jesucristo. Como dice el salmista Asaf: “¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra” (Libro de los Salmos 73:26). Esa es la misma confesión de David: “Oh alma mía, dijiste al Señor: Tú eres mi Señor; no hay para mí bien fuera de ti” (Libro de los Salmos 16:2).

También interesante, en cuanto a lo que es Cristo para el creyente, es la exposición que hace Constantino Ponce de la Fuente en su Confesión de un Pecador delante de Jesucristo, Redentor y Juez de los hombres:

“Puesto que eres médico, y ¡qué médico!, aquí tienes llagas, y tales que solo tú las puedes sanar. Aquí está toda la destrucción y todos los males que han podido hacer en mí tus enemigos y los míos. Puesto que eres salvador, aquí está tal perdición que si la remedias conocerán tus enemigos y tus amigos bien claramente quien eres. Puesto que eres sabiduría venida del cielo a la tierra aquí puedes, Señor, emplearla donde no hay más saber que saberse perder por apartarse de ti. Puesto que eres redención, aquí está un cautivo en poder de mil tiranos, que le han robado grandes riquezas, y lo tienen en mil tormentos y aún le preparan otros mayores. Puesto que sois santificación y hermosura, aquí está la torpeza y fealdad de las obras del demonio, quítalas, Señor, y se verá quien eres. Puesto que eres misericordia, ¿dónde se puede ella mejor mostrar que donde hay tanta miseria? Puesto que eres juez para juzgar al mundo ¿a quién podrás mejor condenar que al demonio que me persigue, a la acusación que me pone y a las traiciones con que me engaña? Tal soy yo que todo cuanto tu eres es necesario para mí: tal eres tú, Señor, y tanta abundancia tienes de todo, que con sola una gota de cada cosa quedaré libre de todo”.

Jesucristo es, pues, nuestro tesoro. Es todo para nosotros. Incluso es mucho más de lo que podemos entender (Epístola a los Efesios 3:20) Para el creyente, nos dice el apóstol Pablo, “Cristo Jesús, nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención” (1ª Epístola a los Corintios 1:30). Y esto con un objetivo claro según Pablo: “para que, como está escrito: El que se gloría, gloríese en el Señor” (1ª Epístola a los Corintios 1:31).

Artículo escrito por José Moreno Berrocal y publicado originalmente en esta página web el viernes 19 de noviembre de 2010.