No hay libro como la Biblia

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Una de las doctrinas más distintivas de la fe evangélica es lo que desde la Reforma Protestante del siglo XVI se conoce como Solo la Biblia (Sola Scriptura). Esta expresión significa que la Biblia es la única autoridad infalible con la que cuenta la Iglesia y el mundo. La Biblia no es una autoridad más, sino que es la autoridad suprema y final en los temas que toca. No es la única fuente de verdad en este mundo, pero si es la única que no tiene errores. Cualquier otro libro, tradición, magisterio o enseñanza eclesiástica de cualquier tipo y procedencia contienen inexactitudes y yerros. Por eso precisamente no se pueden poner a la altura de la Biblia ni pueden condicionarla. El reformador alemán Martín Lutero afirmó que: “La Palabra de Dios es incomparablemente superior a la Iglesia, por lo que la Iglesia no puede establecer, ordenar ni hacer nada en la Palabra. Al contrario, como criatura que es, solo puede ser instaurada, ordenada y hecha por la propia Palabra”. Todas las iglesias son falibles, pueden caer, y de hecho caen en la impureza y el error. No le ocurre lo mismo a la Escritura. Esto es así porque solo la Biblia viene de Dios. Es por ello por lo que si deseamos tener una Iglesia fuerte y fiel debe esta basarse en la única autoridad incorruptible, la de la Biblia. De esa manera la Iglesia podrá constantemente corregirse a la luz de la enseñanza de la Escritura (ecclesia reformata semper reformanda). Escribiendo a Timoteo, el apóstol Pablo nos dice que “Toda la Escritura es inspirada por Dios” (2ª Epístola a Timoteo 3:16). Literalmente significa que “toda la Escritura es dada por el aliento de Dios”, o incluso como mayor precisión, “toda la Escritura es el aliento de Dios”. Es decir, la Biblia es el resultado de una obra divina por la que Dios se revela a sí mismo en palabras (Epístola a los Hebreos 1:1-2). La Biblia es la Palabra de Dios. Y precisamente porque Dios habla en las palabras de la Biblia, todo ser humano debe recibir el mensaje que contiene. En este sentido, no hay libro como la Biblia.

Es verdad que la Biblia ha sido escrita por hombres. Sus 66 libros fueron escritos por alrededor de 40 hombres en un período de unos 1.500 años en varios continentes y básicamente en dos idiomas distintos: hebreo los primeros 39 libros que se conocen como el Antiguo Testamento, y griego los 27 libros de lo que conocemos como Nuevo Testamento. Aun así, el apóstol Pedro nos dice que la Biblia “no ha tenido su origen en la voluntad humana, sino que los profetas hablaron de parte de Dios, impulsados por el Espíritu Santo” (2ª Epístola de Pedro 1:21). También se podría traducir así: “los profetas hablaron de parte de Dios, movidos o llevados por el Espíritu Santo”. Esa intervención divina en su composición hace que lo que escribieron los autores de la Biblia sea plenamente divino y, al mismo tiempo, no pierda su carácter plenamente humano. Es decir, cada libro refleja, por ejemplo, el estilo y personalidad de su autor. Aun así, la Biblia carece de falsedades e inexactitudes de cualquier tipo. Es algo prodigioso encontrarnos con un libro que es, al mismo tiempo, Palabra de Dios y palabra de hombre, completamente divina y completamente humana. En este sentido, no hay libro como la Biblia.

Al mismo tiempo, la Biblia en sus dos partes es un único libro por medio del que Dios nos enseña acerca de la única manera en la que podemos conocerle para su gloria. El Antiguo Testamento anuncia y prepara la venida de Cristo al mundo. El Nuevo Testamento relata esa venida de Cristo al mundo, su significado y el cumplimiento de todo lo que el Antiguo Testamento había afirmado acerca de Cristo. Por ello, Pablo afirma que son las Sagradas Escrituras la que nos puede hacer sabios para la salvación que es por la fe en Cristo Jesús (2ª Epístola a Timoteo 3:15). Pablo parece aludir aquí al Antiguo Testamento, conocido entonces como las Sagradas Escrituras. Inmediatamente después, en el siguiente versículo, usa la expresión “toda la Escritura” que incluye también la segunda parte de la Biblia, el Nuevo Testamento. Es decir, la Biblia revela el único camino de vuelta a Dios y de reconciliación con Él. Un camino que es la Persona del Hijo de Dios, encarnado para morir en la cruz a nuestro favor. Un Señor resucitado y que está a la diestra de Dios. Es también la Biblia la que nos enseña acerca de cómo vivir para Dios como su pueblo. “Toda la Escritura” nos dice Pablo, “es útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2ª Epístola a Timoteo 3:16-17). La Biblia es, pues, absolutamente suficiente para los fines para los que fue dada por Dios. Es nuestra completa autoridad para lo que hemos de creer (credenda) y lo que hemos de practicar (agenda). La suficiencia de la Escritura implica igualmente su claridad (claritas verborum). Es decir, el camino de la salvación que revela, así como la manera de vivir para la gloria de Dios, están lúcida y nítidamente expresados en las Escrituras. Como decía Lutero, la Biblia es precisa, fácil y manifiesta (certissima, facillima, apertissima). La Biblia se interpreta así misma (Scriptura Scripturae interpres). Si comparamos unos textos con otros podremos fácilmente entender su propósito, que no es otro que el mostrarnos al Salvador, nuestro Señor Jesucristo, en toda su excelencia. Es verdad que existen algunos pasajes “difíciles de entender” en las Escrituras. Esto lo afirma la misma Escritura, por ejemplo en la 2ª Epístola de Pedro 3:16. Ahora bien, los pasajes más claros son los que nos guían en cuanto a los más difíciles. Como decía Agustín: “en los pasajes más claros se ha de aprender el modo de entender los oscuros”. En este sentido también, no hay libro como la Biblia.

Puede que alguno dude de la singularidad de la Biblia, es decir, del hecho de que sea un libro único y sin igual. Existen multitud de argumentos que demuestran que la Biblia no tiene parangón. Un antiguo y excepcional documento cristiano, denominado la Confesión de Westminster y publicado de mediados del siglo XVII, nos indica el camino a seguir para poder apreciar la originalidad de la Biblia: “El testimonio de la Iglesia de Dios puede movernos e inducirnos a tener una alta y reverente estima por las Santas Escrituras, y el carácter celestial del contenido, la eficacia de la doctrina, la majestad del estilo, la armonía de todas las partes, el fin que se propone alcanzar en todo su conjunto (que es el de dar toda la gloria a Dios), la plena revelación que dan del único camino de salvación para el hombre, y muchas otras incomparables excelencias, y plenas perfecciones de las mismas, son argumentos por los cuales dan abundante evidencia de ser la Palabra de Dios. Sin embargo, nuestra plena persuasión y certeza de su verdad infalible y su autoridad divina provienen de la obra interna del Espíritu Santo, quien da testimonio en nuestros corazones por medio de la Palabra y con ella”. Es decir, la Biblia está llena de pruebas que demuestran que estamos ante un libro especial. No hay libro que haya influido como este en toda la Historia de la Humanidad. Ha cambiado vidas sin número y, al mismo tiempo, ha transformado profundamente la manera de pensar y actuar de la sociedad. La Biblia manifiesta una portentosa armonía en el desarrollo de un único tema central: la salvación en Cristo. Un único asunto, Jesucristo, pero tratado de muchas maneras por los distintos autores bíblicos durante las épocas en las que Dios se reveló a sí mismo. Si añadimos a esto su antigüedad, su milagrosa preservación a lo largo de los tiempos, las profecías que contiene, su imparcialidad y la altura espiritual y ética de sus enseñanzas, tendremos que concluir que ningún otro libro de la Humanidad puede compararse con este. Por estas y otras razones tenemos que concluir, en palabras de Agustín de Hipona, que la Biblia “está compuesta de escritos de una excepcional autoridad y en los que, por tanto, podemos poner nuestra confianza con respecto a aquellas cosas que necesitamos saber para nuestro bien, y sin embargo somos incapaces de descubrir por nosotros mismos”. Abundando sobre esta cuestión, uno de los reformadores españoles del siglo XVI, Antonio del Corro, incluyó como uno de sus Artículos de Fe las siguientes afirmaciones acerca de la Biblia. Titulado “De la Palabra escrita de Dios” este ilustre sevillano dice: “Recibo y abrazo todas las Escrituras canónicas, tanto del Viejo como del Nuevo Testamento. Y doy gracias a nuestro Dios que nos encendió aquella luz para que siempre la tuviéramos ante los ojos a fin de no ser arrastrados, ni por engaño humano, ni por asechanzas de los demonios, a errores ni fábulas. Que aquellas son palabras celestiales a través de las cuales Dios nos manifestó su voluntad. Solo en ellas pueden descansar los corazones de los hombres. En ellas se contienen de forma acumulada y plena todas aquellas cosas que son necesarias para nuestra salvación como enseñaron Orígenes, Agustín, Crisóstomo y Cirilo. Ellas son la fuerza y el poder de Dios para salvación. Ellas son los fundamentos de los profetas y de los apóstoles sobre los cuales ha sido edificada la Iglesia de Dios. Ellas son la norma segurísima conforme a la cual se puede reclamar si este vacila o yerra y conforme a la cual se debe dirigir toda la doctrina de la Iglesia. Contra ellas no debe ser oída ninguna ley, ni tradición, ni costumbre. Ni aún siquiera si viniera el propio Pablo en persona o un ángel del cielo y enseñara cosas contrarias”. Alude aquí Del Corro, entre otros pasajes, a la Epístola a los Efesios 2:20, la Epístola a los Romanos 1:16 y la Epístola a los Gálatas 1:6-10. El fervor de Del Corro por la Palabra de Dios recuerda al extraordinario Salmo 119 en el que encontramos al salmista regocijándose en la excelencia de la Palabra de Dios: “¡Cuán dulces son a mi paladar tus palabras! Más que la miel a mi boca”, “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino”, y “maravillosos son tus testimonios, por tanto, los ha guardado mi alma” (Libro de los Salmos 119:103, 105 y 129). En este sentido, no hay libro como la Biblia.

Por ello, el hecho es que tantas veces es el desconocimiento de la Biblia lo que nos impide apreciar su riqueza y valor. Por ello, antes de juzgar a la Biblia debemos leerla con atención. Y esto porque en sus palabras tenemos las mismas palabras de Dios (ipsima verba). Es más, Dios mismo por su Espíritu es el que entra en un contacto directo con nosotros por medio de las palabras de la Biblia. El Espíritu actúa por la Palabra (per verbum) y con la Palabra (cum verbo), pero no aparte de o sin la Palabra (sine verbo). Y esa Palabra, junto con el Espíritu de Dios, nos llevan al fin que tiene la Biblia misma, a saber, que podamos conocer a Jesús verdaderamente: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” (Evangelio de Juan 17:3). No existe otro Jesús que Aquél que presenta la Biblia. Jesucristo es el Verbo (la Palabra) de Dios. Como Pedro, podremos decir “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Evangelio de Juan 6:68). Pero Jesús está vivo y es la Biblia, aplicada por el Espíritu, la que nos lleva a un encuentro transformador con el Señor. Y como Pedro, nosotros también ahora por medio de la Escritura, podemos encontrarnos con Jesucristo mismo en un encuentro tan real como el que él mismo tuvo. Solo por esta Palabra de Dios nos ponemos en la misma presencia de Dios en Cristo para ser salvos. En este sentido, también, podemos concluir entonces que no hay libro como la Biblia.

P.S. Para aquellos que estén interesados en profundizar en este tema recomiendo dos libros: “Tu Palabra es Verdad” de Robert J. Sheehan y “Dios ha Hablado” de Paul Wells.

Artículo escrito por José Moreno Berrocal y publicado originalmente en esta página web el viernes 4 de febrero de 2011.