El Hereje es un homenaje a la tolerancia y a la libertad de conciencia. Se entronca en esa línea continua de protesta contra la injusticia que caracteriza toda la obra de Delibes.

El pasado 12 de marzo fallecía en su querida Valladolid natal, a los 89 años, el gran escritor español Miguel Delibes. Su dilatada trayectoria literaria comenzó como periodista en El Norte de Castilla, periódico del que llegó a ser director, hasta que dimitió por la presión de la censura franquista en 1963. Su carrera por el mundo de las letras, sin embargo, transcurrió principalmente por los caminos del ensayo y, sobre todo, por los de la novela. Su legado literario es uno de los más ricos e influyentes de toda una época, la de la segunda parte del siglo XX. Excepto el Nobel, Delibes ha recibido todo tipo de premios, desde el Nadal que obtuvo en 1947 por La Sombra del Ciprés es Alargada, hasta el Príncipe de Asturias y el Cervantes, otorgado en 1993. Muchas de sus novelas han sido llevadas al cine con gran éxito. Entre estas destaca para mi gusto, la conmovedora Los Santos Inocentes, de Mario Camus, obra que muestra con toda virulencia las desigualdades sociales que existían en España hasta hace muy poco. Todo un elenco de grandes actores españoles bordan sus personajes, aunque destaca la interpretación de un inolvidable Paco Rabal en el papel de Azarías. También su obra ha sido llevada al teatro, como por ejemplo Cinco horas con Mario, de 1966. Esta novela presenta un audaz retrato de una sociedad replegada sobre sí misma y encarnada magistralmente en los monólogos de Carmen Sotillo, la viuda de Mario. Pero sobre todo, su influencia más sentida es la que ha dejado entre los incontables lectores de sus muchas novelas y libros de ensayo. Y nos solo por las tramas de sus novelas sino también por el uso exquisito y riguroso de nuestro querido idioma.

En mi generación, nuestra introducción a Delibes tuvo lugar en el colegio. La primera obra que leí fue El Camino. A esa edad, y todavía en esa época, difícilmente podíamos muchos dejar de identificarnos con Daniel El Mochuelo y sus amigos. Esta obra resalta la mirada campestre y realista de Delibes, que no está muy lejos, en parte, de la idea del mundo ideal que tenemos también muchos. A esta obra le sucedió la lectura de Un Mundo que Agoniza, un alegato a favor del respeto y la preservación de nuestro planeta, que creo que no me dejó indiferente tampoco. Hoy, hablamos de acciones tendentes a combatir el cambio climático; Delibes es uno de esos insignes pioneros de la lucha por la Tierra y por todos sus habitantes, incluidos los animales, otra de sus grandes pasiones aunque fuera un cazador… Pero, sin duda alguna, es la obra cumbre de Delibes El Hereje la que me ha dejado un poso más definitivo. El mismo Delibes confesaba que era la novela que más había tardado en escribir y que, al mismo tiempo, más satisfecho le había dejado. Por la misma recibió el Premio Nacional de Narrativa en 1999. Por medio de su personaje principal, Cipriano Salcedo, un rico comerciante vallisoletano que se convierte a la fe evangélica, Delibes rinde homenaje a su querida Valladolid. Su novela El Hereje puso de manifiesto la existencia en España, en pleno siglo XVI, de espíritus inquietos que anhelaban también la Reforma de la Iglesia. Al mismo tiempo, El Hereje predicó a los cuatro vientos que los protestantes también tienen sus mártires, que perecieron en nuestro propio suelo peninsular en los siniestros autos de fe que también detalla Delibes en esta obra. Volviendo a la escuela, todavía recuerdo como se nos enseñaba esa parte de nuestra Historia, como esa página heroica en la que España fue “luz de Trento y martillo de Herejes”. Ahora resulta que España no solo fue martillo de herejes sino también yunque de herejes. Los herejes españoles formaban parte de todas las clases sociales, pero sobre todo abundaban entre ellos los nobles. Delibes nos da algunos de esos nombres ilustres. Entre ellos podemos destacar a Carlos de Seso, corregidor de Toro y a la familia Cazalla, entre otros muchos. También profesaron la fe reformada numerosas mujeres como Leonor de Cisneros, Ana Enríquez, hija del marqués de Alcañices, o Doña Catalina de Castilla, religiosos y religiosas e, incluso, conventos al completo, como el de Belén en Valladolid o el de San Isidoro en Sevilla. Pero también había gente llana del pueblo como Julián Hernández, apodado cariñosamente Julianillo, o Juan Sánchez que era un criado. Por otro lado, la fe evangélica no fue algo circunscrito a las grandes ciudades de esa época como lo eran Valladolid o Sevilla. Toda España se llenó de gentes imbuidas de ese deseo de reforma de la Iglesia. Curiosamente nuestro propio pueblo y toda nuestra zona vio casos de fe reformada y también de actuaciones inquisitoriales. Así, en 1563, un maestro de niños en Alcázar, Gaspar de Vega, es penitenciado por ser reformado. En ese mismo año, una vecina de Campo de Criptana, Francisca Gillén Francés, fue procesada tan solo por afirmar que en Castilla había luteranos, lo cual era verdad. También fue penitenciado Juan de Hortego, de Corral de Almaguer, y reconciliado Juan Enríquez de Flandes, de Quintanar de la Orden. En 1572 fue también penitenciado un tal Juan de la Cruz, un tejedor francés asentado en Alcázar de San Juan. Pero sin duda alguna, el proceso más célebre en Alcázar fue el seguido contra Giraldo Faidio, vecino de la villa, de origen francés, en 1619. Este fue torturado por la Inquisición y admitió haber sido luterano. Es más, la Reforma en España tuvo una rama autóctona. Pensadores como el conquense Juan de Valdés, el famoso autor de el Diálogo de la Lengua, tuvieron que huir de España por afirmar que la justificación delante de Dios era por la fe. Esta era la tesis defendida por Martín Lutero y Juan Calvino. Lo extraordinario del caso es que Juan de Valdés llegó a esa conclusión por sí mismo, de manera independiente, reflexionando como los otros reformadores europeos, sobre las Escrituras.

Por otro lado, El Hereje es un homenaje a la tolerancia y a la libertad de conciencia. Así por lo menos lo pensó el mismo Delibes. En este sentido, El Hereje se entronca en esa línea continua de protesta contra la injusticia que caracteriza toda la obra de Delibes. Y qué mayor injusticia que la de consignar a la hoguera a los que piensan de un modo diferente. Esa defensa del oprimido por pensar de otra manera ya aparece, de una manera incipiente, en Cinco horas con Mario. En esta obra Delibes muestra palpablemente lo que ya enseñaba nuestro Antonio Machado en Campos de Castilla: “Castilla miserable, ayer dominadora/ envuelta en sus andrajos desprecia cuanto ignora”. Los monólogos de Carmen Sotillo retratan a una sociedad encerrada en sí misma, orgullosa de desconocer, por las molestias que causan los que investigan, y por los quebraderos de cabeza que nos pueda ocasionar saber… “Convéncete de una vez Mario, los intelectuales con sus ideas estrambóticas, son los que lo enredan todo, que están todos medio chiflados, porque creen que saben pero lo único que saben es incordiar, lo único, fíjate bien, y sacar a los pobres de sus casillas que el que no acaba de rojo, acaba de protestante o algo peor”. Esa actitud de miedo al conocimiento hunde sus raíces, en parte, en la obra que la Inquisición llevó a cabo en España en la época de la Reforma. Cipriano de Salcedo dice en El Hereje que “la afición a la lectura ha llegado a ser tan sospechosa que el analfabetismo se hace deseable y honroso. Siendo analfabeto es fácil demostrar que uno está incontaminado y pertenece a la envidiable casta de los cristianos viejos”. Por ello, cualquier cosa es buena, incluso la Inquisición, si mantiene el status quo. Así, nuevamente en Cinco Horas con Mario, Carmen Sotillo le llega incluso a decir a su marido: “¿Es que también era mala la Inquisición, botarate? Con la mano en el corazón, ¿es que crees que una poquita de Inquisición no nos vendría al pelo en las presentes circunstancias? Desengáñate de una vez Mario, el mundo necesita autoridad y mano dura... la Inquisición era bien buena porque nos obligaba a todos a pensar en bueno, o sea en cristiano, ya lo ves en España, todos católicos y católicos a machamartillo que hay que ver qué devoción...”. Pues bien, ese amor por la tolerancia alcanza su punto álgido en El Hereje donde vemos hasta qué punto la ignorancia y el fanatismo pueden conducir a las personas... Hoy, pensamos, ya no existe intolerancia. Hay libertad de conciencia. Pero esto, que pudiera ser verdad en ciertas partes de Europa, no es así en muchos lugares del mundo. Debemos recordar que la tolerancia y la libertad de conciencia son plantas muy delicadas que pronto se marchitan si no las cuidamos concienzudamente. La obra de Delibes, con esa insistente nota de clamor contra la injusticia y que culmina con El Hereje, nos muestra que la lucha contra la ignorancia intolerante no es labor del pasado solamente. Es una labor del presente, y presente continuo, incluso aquí entre nosotros.

Finalmente es de justicia destacar que, en su legítimo afán novelesco, Delibes incurre en algunas inexactitudes históricas en El Hereje. Delibes funde en un solo auto de fe, el de 21 de mayo de 1559 en Valladolid, lo que en realidad fueron dos autos de fe, no uno solo. El segundo tuvo lugar el 8 de octubre de ese mismo año. Y sobre todo, Delibes yerra en el hecho de que, contrariamente a lo que se afirma en la novela, fueron pocos los que se retractaron por miedo al fuego. Pero aun así, Delibes nos proporciona en El Hereje una de las definiciones más bellas de lo que significa ser evangélico. Cuando Cipriano Salcedo reflexiona en su celda sobre sus supuestos crímenes a los ojos de la Inquisición, afirma que su delito consiste en haber creído, sencillamente, que “la pasión y muerte de Jesús era algo tan importante que bastaba para redimir al género humano”. Exagerando podría decir que ¡ni siquiera Lutero o incluso Juan de Valdés habrían llegado a expresar con tanta lucidez el meollo de la cuestión! Esta es la sobria precisión castellana aplicada al Nuevo Testamento y a la obra de Cristo. Solo Delibes podía haber escrito algo así. ¡Gracias Maestro!

Artículo escrito por José Moreno Berrocal y publicado originalmente en el periódico "El Semanal de la Mancha" el viernes 23 de abril de 2010. Publicado con permiso.